La ciudad despertó mal.
No fue una sensación concreta, sino una suma de pequeños errores: semáforos que no cambiaban, sirenas que sonaban demasiado pronto, miradas torcidas en el transporte público. El aire estaba cargado, denso, como antes de una tormenta que nadie había anunciado. Luzbel lo sintió desde el primer latido urbano.
—Ya empezó —dijo.
Elian, de pie junto a él en una terraza baja, miraba el amanecer sucio entre edificios grises. No había dormido. Sus ojos celestes tenían ojeras profundas, pero estaban alerta, demasiado alerta.
—¿Aquí? —preguntó—. ¿Ahora?
La respuesta llegó sola. Un grito..No lejano. No aislado. Múltiples.
Desde la avenida principal, una oleada de ruido subió como una marea: frenazos, cristales rompiéndose, gente corriendo sin saber hacia dónde. Un colectivo se cruzó de carril y se estrelló contra una parada llena de personas. El impacto fue brutal. Elian dio un paso atrás.
—Dios…
—No mires solo con los ojos —dijo Luzbel— Siente.
Elian cerró los ojos sin saber por qué y el mundo explotó en su mente. Vio hilos oscuros conectándose a personas específicas: un hombre con el rostro desencajado empujando a otros hacia el fuego; una mujer riendo mientras prendía un local; un joven con los ojos completamente negros lanzándose contra la multitud.
—Están… adentro —jadeó Elian—. No es rabia normal. Es… otra cosa.
—Posesión —confirmó Luzbel—. Parcial. Todavía pueden salvarse.
—¿Todavía?
Luzbel no respondió. Se lanzó desde la terraza. No cayó. Descendió como una sombra rápida, controlada, aterrizando en medio de la avenida justo cuando un coche fuera de control se dirigía hacia un grupo de personas paralizadas por el miedo. Luzbel levantó la mano. El tiempo titubeó.
No se detuvo por completo, pero se volvió espeso, como si el aire hubiera decidido resistirse al desastre. El coche giró bruscamente, rozando apenas a una mujer que cayó al suelo ilesa. La gente gritó.
—¡Corran! —ordenó Luzbel, su voz atravesando el caos—. ¡Aléjense de aquí!
Elian bajó detrás de él, temblando.
—Luc… yo… yo los siento todos —dijo— Es demasiado.
—Concéntrate —respondió Luzbel—. Busca las grietas. No a los demonios.
Un hombre poseído se abalanzó sobre ellos, con una fuerza antinatural. Sus ojos estaban vidriosos, la boca torcida en una sonrisa ajena.
—¡Quemen todo! —gritó— ¡Que arda!
Elian alzó la mano instintivamente. El aire vibró. El hombre se detuvo en seco, como si una pared invisible le hubiera cerrado el paso. Cayó de rodillas, llevándose las manos a la cabeza, gritando de dolor.
—¡Sácalo! —gritó Elian— ¡Está ahí, en su mente!
Luzbel se acercó y apoyó dos dedos en la frente del hombre.
—Sal —ordenó.
Una sombra salió despedida como humo negro, disolviéndose en el aire con un chillido agudo. El hombre cayó inconsciente.
—Respira —dijo Luzbel— Vivirá.
Elian miró alrededor. No era solo uno. El caos se extendía como un incendio invisible. En una plaza cercana, un grupo de personas poseídas atacaba a transeúntes; más allá, un edificio comenzaba a arder desde adentro.
—No podemos estar en todos lados —dijo Elian, desesperado— ¡Son demasiados!
Luzbel lo miró.
—Entonces elige —dijo—. Siente dónde duele más.
Elian cerró los ojos con fuerza. El ruido se volvió un mapa mental. Gritos, pánico, rabia. En medio de todo, un punto brillaba con intensidad peligrosa: una escuela.
—Ahí —susurró—. Hay niños.
Luzbel no dudó. Se movieron juntos, atravesando calles llenas de humo y sirenas. Un demonio, ya casi completo, se materializó en el cuerpo de un hombre alto, su piel resquebrajándose.
—¡Elian! —gritó Luzbel—. ¡Ahora!
Elian alzó ambas manos. Su poder mental se expandió como una onda clara, ordenando pensamientos, empujando la oscuridad hacia afuera. El demonio chilló, resistiéndose.
Elian cayó de rodillas, sangrándole la nariz.
—¡No… puedo… solo!
Luzbel desplegó una fracción de su luz. Solo una. El demonio fue expulsado con violencia, dejando al hombre inconsciente. Llegaron a la escuela justo cuando el fuego comenzaba a propagarse. Personas atrapadas. Gritos. Caos absoluto.
—¡Sáquenlos por atrás! —ordenó Luzbel a los docentes— ¡Ahora!
Elian se quedó quieto un segundo..El miedo lo atravesó… pero no retrocedió.
—Puedo sostener esto —dijo—. Aunque me queme.
Luzbel lo miró con una mezcla de orgullo y temor.
—No tienes que quemarte para salvar a nadie —respondió—. Yo te sostengo a ti.
La oscuridad retrocedió, no vencida, pero contenida. Sirenas. Ambulancias. Gente llorando. Gente viva. Cuando todo terminó, la ciudad quedó herida pero en pie. Elian se dejó caer contra una pared, exhausto.
—Esto recién empieza ¿verdad?
Luzbel miró el humo elevarse hacia el cielo.
—Sí —dijo—. Y ahora Migael sabe que no estás solo.
Muy lejos, desde lo alto de una torre, la sombra observó la ciudad.
—Interesante —susurró Migael—. Entonces habrá que romperlos juntos.
Elian cerró los ojos. La guerra por la ciudad había comenzado..Y ninguno de los dos podía dar marcha atrás.