La ciudad no volvió a ser la misma.
Al amanecer, el humo aún flotaba entre los edificios como una resaca espesa. Vidrios rotos, marcas de fuego, patrulleros cruzando avenidas bloqueadas. En las pantallas gigantes del centro, las noticias repetían imágenes borrosas grabadas por teléfonos temblorosos: personas con los ojos negros, gritos, un colectivo fuera de control, un hombre detenido en el aire por algo invisible.
Nadie decía la palabra correcta..Pero todos la pensaban. Elian observaba desde una azotea baja, con una taza de café frío entre las manos. Sus dedos aún temblaban. No por miedo, sino por eco. Cada vez que cerraba los ojos, sentía las mentes que había tocado, los pensamientos ajenos rozando los suyos como restos de una tormenta.
—No puedo apagarlo —dijo—. El ruido sigue ahí.
Luzbel se apoyó en la baranda, mirando la ciudad con atención constante.
—No se apaga —respondió — Se ordena.
Elian frunció el ceño.
—¿Y si no puedo?
Luzbel giró hacia él.
—Puedes. Pero no solo por fuerza. Por disciplina.
El entrenamientoBajaron a un edificio abandonado, una vieja fábrica de ladrillos húmedos donde el eco se multiplicaba. El lugar estaba vacío, pero no muerto. Luzbel lo había elegido con cuidado: lejos de multitudes, lejos de distracciones.
—Si vas a resistir a Migael —dijo—, debes aprender a cerrar puertas.
Elian respiró hondo.
—¿Cómo?
Luzbel levantó dos dedos y los apoyó en la sien de Elian, sin invadir, solo anclando.
—No intentes empujar pensamientos —explicó— Déjalos pasar sin quedarte con ellos.
Elian cerró los ojos. Al principio fue un caos: imágenes de la ciudad, voces superpuestas, emociones que no eran suyas. El sudor le corrió por la espalda. La presión aumentó.
—Respira —dijo Luzbel—. El centro no es el ruido. Es el silencio detrás.
Algo cedió. Elian sintió, por primera vez, un espacio propio. Pequeño, frágil pero real. Las voces se alejaron como una marea que retrocede.
Abrió los ojos, jadeando.
—Lo sentí —dijo— Un segundo, pero lo sentí.
Luzbel asintió.
—Ese segundo te salvará la vida.
La apariciónLa luz del día ya caía cuando ocurrió. Elian se detuvo en seco. El aire se volvió denso, como aquella noche en el bosque, pero más personal. Un escalofrío le recorrió la nuca.
—Luc —susurró— Está aquí.
La sombra se materializó al otro lado del salón. Esta vez, con forma. Migael emergió del aire como si siempre hubiera estado allí, alto, impecable, vestido de negro absoluto. Su rostro era demasiado sereno para pertenecer a la oscuridad; sus ojos, profundos, atentos, casi curiosos.
—Elian —dijo, sonriendo— Al fin nos conocemos.
Elian dio un paso atrás.
—No le hables —ordenó Luzbel, avanzando.
Migael levantó una mano, tranquilo.
—No vine por ti, Lucero —dijo— Vine por él.
Sus ojos se posaron en Elian.
—Eres extraordinario —continuó—. ¿Lo sabes? Puedes sentir ciudades enteras. Podrías detener guerras o iniciarlas.
Elian apretó los puños.
—No te quiero en mi cabeza.
Migael inclinó la cabeza.
—No quiero poseerte —corrigió— Quiero que elijas.
La presión mental volvió, más sutil, más peligrosa. Promesas envueltas en lógica: control, silencio, sentido.
—Míralos —susurró— Te temerán. Te culparán. Yo puedo darte un lugar.
Elian gritó. No hacia afuera. Hacia adentro..El entrenamiento respondió. El centro. El silencio.
—¡No! —dijo—. No te debo nada.
Luzbel dio un paso al frente. El aire vibró.
—Vete —ordenó.
Migael sonrió, complacido.
—Aún no —respondió—. Pero pronto.
Y desapareció.
Las consecuenciasEsa noche, la ciudad habló. Programas especiales. Teorías. Religión y ciencia chocando en pantalla. La palabra posesión fue pronunciada, negada, ridiculizada. Pero el miedo ya estaba sembrado. Elian se sentó en el suelo de la fábrica, agotado.
—Ahora sabe quién soy —dijo—. Y todos esos… videos…
—La oscuridad prospera en el ruido —respondió Luzbel—. Y también la esperanza.
Elian lo miró.
—¿Por qué yo?
Luzbel tardó en responder.
—Porque puedes escuchar sin romperte —dijo—. Y porque, aun así, eliges no dominar.
Elian apoyó la espalda contra la pared.
—Entonces ¿qué hacemos ahora?
Luzbel miró la ciudad, viva, herida, despierta.
—Ahora —dijo— aprendemos a protegerla. Un alma a la vez.
En algún lugar alto, invisible, Migael observaba las luces encenderse.
—Esto será divertido —susurró— Porque cuando caiga no será solo él.
La noche cerró sobre la ciudad..Y la guerra, ahora pública, ya no podía ocultarse.