Elian no volvió a dormir.
La noche siguiente cayó sobre la ciudad como una sentencia, y con ella regresaron las imágenes que no quería recordar: el rostro del hombre poseído, los gritos en la escuela, los ojos vacíos antes de que la oscuridad fuera arrancada de ellos. Pero había uno que no se iba. Una mujer.
La había visto apenas unos segundos, atrapada bajo los restos de un local incendiado. Había llegado tarde. Demasiado tarde. Su mente aún ardía cuando la tocó, una mezcla de miedo y resignación que se disolvió justo antes de desaparecer. Elian se llevó las manos al rostro.
—No pude salvarla —murmuró.
Luzbel lo observaba desde la ventana del edificio abandonado. Afuera, la ciudad seguía viva, ajena a la culpa silenciosa que se gestaba en el muchacho.
—No era tu responsabilidad cargar con todos —dijo.
Elian negó con la cabeza.
—Si puedo sentirlos… si puedo hacer algo entonces sí lo es.
El peso de esas palabras cayó entre ambos. Luzbel caminó hasta él y se agachó a su altura.
—Escúchame —dijo con firmeza— La oscuridad quiere exactamente eso: que confundas empatía con condena. Que creas que fallar una vez te define.
Elian levantó la mirada, los ojos celestes empañados.
—¿Y si tiene razón? —preguntó—. ¿Y si soy un error? ¿Si alguien más, alguien mejor, podría hacerlo sin quebrarse?
El aire se tensó. Luzbel sintió la cercanía de Migael, no como presencia física, sino como expectativa. La culpa era una grieta. Y la oscuridad sabía cómo ampliarla.
—Yo también pensé eso —dijo Luzbel en voz baja— Y casi destruyo todo por creerlo.
Elian se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Luzbel cerró los ojos un instante.
—Que la culpa no te hace responsable —continuó— Te hace humano.
Elian respiró hondo, pero el temblor no cesó.
—No quiero acostumbrarme a esto —dijo—. A perder gente.
—No lo harás —respondió Luzbel—. Y eso… es lo que te mantendrá del lado correcto.
El ruido de sirenas cortó el aire. Ambos se giraron al mismo tiempo. No era un disturbio común. Elian lo sintió como un latigazo mental.
—Luc —susurró— Es un chico. Joven. Está poseído… y está a punto de matar a alguien que ama.
Luzbel no dudó. Se movieron. Llegaron a un edificio residencial en cuestión de minutos. Gente reunida abajo, gritando, grabando con teléfonos. En un balcón del tercer piso, un adolescente sostenía un cuchillo con manos temblorosas. Sus ojos estaban completamente negros.
—¡No se acerquen! —gritó alguien.
Elian se congeló.
—Es como yo —dijo—. Lo siento… piensa igual… está asustado.
La voz de Migael susurró en su mente.
¿Ves? Esto pasa cuando no actúas lo suficientemente rápido.
Elian dio un paso adelante y sus piernas fallaron.
—No puedo —susurró—. Si entro ahí… y fallo otra vez…
El demonio dentro del chico rugió. El cuchillo se alzó. Luzbel tomó una decisión. El aire estalló. Por primera vez desde que descendió a la Tierra, Luzbel liberó más luz de la permitida. No fue una explosión celestial, pero el mundo lo sintió. El cielo se oscureció de golpe, las farolas parpadearon, y una ráfaga dorada atravesó el balcón como un relámpago silencioso.
El tiempo se detuvo por un latido. Luzbel apareció frente al joven poseído. Sus ojos dorados ardían con una intensidad imposible de ocultar. Las sombras retrocedieron, gritando, arrancadas de la carne y de la mente.
—Sal —ordenó.
La oscuridad fue expulsada violentamente, disipándose como humo quemado. El chico cayó de rodillas, sollozando. Todo duró segundos. Demasiados. La gente gritó..Las cámaras grabaron. El miedo se transformó en algo más peligroso: asombro..Luzbel retrocedió un paso..Había cruzado una línea. Elian llegó a su lado, temblando.
—Luc —susurró—. ¿Qué hiciste?
Luzbel lo miró, consciente del riesgo.
—Lo que tú no podías hacer esta vez —respondió— Para que no te pierdas intentando salvar a todos.
Sirenas. Helicópteros. Voces. En lo alto de un edificio cercano, Migael sonrió ampliamente.
—Gracias, Lucero —murmuró—. Ahora te están viendo.
Elian miró a Luzbel con una mezcla de admiración y miedo.
—Ya no puedes esconderte —dijo.
Luzbel alzó la vista hacia el cielo urbano, cubierto de luces artificiales.
—Lo sé —respondió—. Y a partir de ahora nada será silencioso.
La ciudad había visto un milagro. Y la oscuridad, una oportunidad..