Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Cuando la ciudad abre los ojos

La verdad no tardó en filtrarse.

No llegó como una revelación clara ni como una confesión ordenada. Llegó fragmentada, distorsionada por cámaras inestables, transmisiones en vivo interrumpidas y testimonios contradictorios. Un destello imposible en una fábrica abandonada. Sombras huyendo. Personas cayendo de rodillas como si algo invisible las hubiera soltado. Las redes estallaron.

¿Vieron eso?
No fue un incendio.
Había alguien… con alas.
No eran alas, era un truco de luz.
Mi hermano estaba ahí. Iba a matar a alguien. Después se desmayó.

Las noticias comenzaron a hablar de histeria colectiva, de drogas sintéticas, de fallas eléctricas. La ciudad necesitaba una explicación que no la obligara a replantearse su lugar en el mundo. Pero había miradas que ya no podían olvidar. Elian observaba la televisión apagada desde un departamento prestado, las manos entrelazadas con fuerza. La noche anterior había dejado una huella que no se borraba con teorías.

—Están buscándonos —dijo.

Luzbel estaba junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad como si leyera un mapa invisible. Cada foco, cada esquina, cada edificio vibraba con una curiosidad nueva… y con miedo.

—No a nosotros —respondió—. A lo que creen haber visto.

—Eso es peor —replicó Elian—. Cuando no saben qué es algo, lo destruyen.

Luzbel no lo negó.

—O lo adoran.

Elian se estremeció.

—Ninguna de las dos cosas es buena.

El silencio entre ellos se volvió denso. Desde lo alto de un edificio cercano, una figura observaba. No intervenía. Medía. Migael había aprendido rápido: no empujar cuando el mundo empuja solo.

— Déjalos mirar, — pensó.— La curiosidad hará el resto.

La ciudad comenzó a cambiar de tono. Donde antes había rutina, ahora había expectativa. Donde antes había indiferencia, ahora había preguntas. Pequeños grupos se reunían en plazas, murmurando sobre “el ángel”, “la luz”, “el protector”. Otros hablaban de castigos.

Elian lo sentía todo.

—Luc… —dijo, llevándose una mano al pecho—.Hay gente que está… llamándote.

Luzbel cerró los ojos.

—Lo sé.

—No como Migael —continuó Elian—. No con odio. Con necesidad.

La necesidad humana era un imán peligroso. Esa noche, la oscuridad eligió el lugar. Un hospital. No por crueldad gratuita, sino por simbolismo. Donde la vida pende de hilos, la fe es maleable.

Elian se dobló de golpe, gimiendo.

—Ahí —jadeó—. Algo… grande.

Luzbel no discutió.

—Quédate detrás de mí —ordenó—. Pase lo que pase.

Llegaron cuando el caos ya había comenzado. Luces de emergencia parpadeando. Gritos. Un médico forcejeando contra una fuerza invisible, sus ojos completamente negros. Un pasillo entero paralizado por el pánico.

—¡No entren! —gritó alguien—. ¡Está poseído!

Migael estaba allí. No completamente visible, pero presente. Su voz resonó en los altavoces del hospital, suave, convincente.

—¿Ven? —decía—. No los abandono. Solo les muestro lo frágiles que son.

Elian dio un paso adelante… y se detuvo.

—No puedo —susurró—. Son demasiados.

Luzbel lo supo entonces. No había margen. La gente estaba mirando. Grabando. Rezando. Y muriendo. Luzbel avanzó. Esta vez, sin ocultarse.

La luz brotó de él como un amanecer violento. Las alas se desplegaron por completo, inmensas, iridiscentes, imposibles de negar. El hospital entero se iluminó con colores que no pertenecían a la Tierra. Los gritos se transformaron en silencio. Los demonios retrocedieron, chillando. Migael apareció frente a él, sólido, furioso.

—Así que este es tu límite —dijo—. La mirada humana.

Luzbel no respondió. Extendió las alas y abrazó el lugar con su presencia. La posesión se rompió como vidrio. Los cuerpos cayeron al suelo, vivos, inconscientes. La gente lloró. Algunos se arrodillaron. Otros huyeron. Otros levantaron sus teléfonos con manos temblorosas. Elian miraba, paralizado.

—Ya no puedes esconderte —dijo, con una mezcla de miedo y asombro.

Luzbel lo miró por encima del hombro.

—No —respondió—. Pero tú tampoco.

Migael sonrió, satisfecho incluso en la retirada.

—Bienvenido al mundo real, Lucero —susurró—. Ahora todos querrán algo de ti.

Desapareció. Las sirenas se acercaban. Las cámaras grababan. La ciudad había visto. Luzbel plegó lentamente las alas, pero el daño o el milagro ya estaba hecho.

—Esto va a cambiarlo todo —dijo Elian.

Luzbel observó a los humanos, tan frágiles, tan peligrosos, tan llenos de posibilidades.

—Sí —respondió—. Y ahora… la guerra será a plena luz del día.

La noche no volvió a ser refugio. Y el mundo acababa de aprender
que no estaba solo.




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