No fue el miedo lo que se propagó primero.
Fue la esperanza. Apenas unas horas después de la aparición en el hospital, la ciudad comenzó a cambiar de pulso. Las calles cercanas se llenaron de gente que no huía, sino que buscaba. Personas con velas improvisadas, con rosarios enredados entre los dedos, con carteles escritos a mano y ojos enrojecidos por noches sin dormir.
—¡Lucero de la Mañana!
—¡Ayúdanos!
—¡Sana a mi hijo!
—¡Haz justicia!
—¡Mírame!
Elian observaba desde una azotea, con el pecho oprimido.
—No es adoración… —susurró—. Es desesperación.
Luzbel lo sentía como una marea invisible golpeando su esencia una y otra vez. Cada pedido era un hilo que se tensaba, una súplica que quería anclarse a él. Una mujer se arrodilló en medio de la avenida, ignorando los autos detenidos.
—¡Por favor! —gritó—. ¡Mi esposo me dejó! ¡Haz que vuelva!
Un hombre levantó a un niño enfermo entre sus brazos.
—¡Sánalo! ¡Tú puedes!
Otros no pedían milagros imposibles, sino cosas pequeñas, humanas, rotas: dinero para pagar una deuda, paz para dormir, fuerza para no rendirse. Elian sintió un nudo en la garganta.
—Luc si los escuchas —dijo— Si los sientes como yo…
—Los siento —respondió Luzbel, con voz grave— A todos.
Y ese era el problema. Cada petición tiraba de él como un ancla. No por poder, sino por responsabilidad. La fe humana no era luz pura: era una mezcla peligrosa de amor, necesidad y exigencia.
—No entienden —continuó Elian—. Creen que puedes arreglarlo todo.
Luzbel cerró los ojos.
—Y si lo intento los romperé.
Un hombre se acercó demasiado. Tocó el borde de la luz que rodeaba a Luzbel y cayó al suelo, sollozando, abrumado por algo que no podía comprender.
—¿Ves? —dijo Luzbel—. Mi presencia ya altera el equilibrio.
El murmullo se convirtió en coro. Algunos lloraban. Otros gritaban. Algunos comenzaban a discutir entre ellos, reclamando prioridad, milagros más grandes, respuestas más rápidas. La fe se estaba volviendo hambre. Elian dio un paso adelante, temblando.
—Esto no es lo que querías ¿verdad?
Luzbel lo miró. En sus ojos había una tristeza antigua.
—Esto es exactamente lo que temía.
Entonces lo sintió..No un ataque directo. No una posesión. Una decisión forzada. Migael no apareció con violencia. Su presencia se deslizó entre la multitud como una idea incómoda, invisible pero efectiva. La gente comenzó a empujarse. A gritarse. A acusarse.
—¡Él me vio primero!
—¡Mi problema es más importante!
—¡Si no ayuda, es un impostor!
Elian sintió el giro en el ambiente.
—Está usando esto —dijo—. Está dejando que se destruyan solos.
Luzbel apretó los puños.
—Sí. Porque sabe que no puedo salvarlos a todos.
Un disparo resonó a lo lejos. La multitud se dispersó en gritos. Elian se llevó las manos al rostro.
—¡Tenemos que hacer algo!
Luzbel dio un paso adelante y se detuvo. Si intervenía, la fe se volvería dependencia.
Si no lo hacía, la gente se dañaría entre sí. El dilema se cerró sobre él como una trampa perfecta.
—Luc… —dijo Elian, con la voz rota—. Si eliges salvar a uno… condenas a otro. Si no eliges te condenas a ti.
Luzbel miró a los humanos. Tan frágiles. Tan intensos. Tan capaces de amar y de destruir.
—Este mundo no necesita un salvador —dijo finalmente—. Necesita libertad, incluso para equivocarse.
La luz a su alrededor cambió. No se apagó, pero se replegó, volviéndose más íntima, más contenida.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Elian.
—Trazando un límite —respondió—. Si me convierto en su respuesta para todo, Migael habrá ganado sin luchar.
La multitud siguió gritando, pero algo se quebró. Algunos se detuvieron. Otros bajaron la mirada. El milagro no llegó y la realidad volvió a golpear. Migael observaba desde lejos, satisfecho.
—Bien —susurró—. Empiezas a entender el juego.
Luzbel se volvió hacia Elian.
—No salvaré al mundo —dijo—. Protegeré lo que aún puede elegir.
Elian lo miró, comprendiendo por primera vez el peso real de esa decisión.
—Entonces ¿qué somos ahora?
Luzbel contempló la ciudad, dividida entre fe, miedo y rabia.
—Guardianes —respondió—. No dioses.
En algún lugar cercano, una sombra se movió entre la multitud. Migael no había terminado.
Y la humanidad acababa de aprender algo peligroso. Que la luz no siempre concede lo que se le pide y que eso puede ser más aterrador que la oscuridad.