La noche cayó como una concesión.
No trajo descanso, sino un murmullo nuevo. En distintos puntos de la ciudad en plazas, en iglesias improvisadas, en transmisiones clandestinas comenzó a circular la misma historia, dicha con distintas palabras pero con idéntico tono de consuelo.
—No todos los ángeles abandonan.
—Hay uno que sí escucha.
—Uno que no juzga.
—Uno que ayuda… sin límites.
Elian lo sintió antes de oírlo. Se despertó sobresaltado, con el pulso acelerado y la mente llena de imágenes que no eran suyas: manos extendidas hacia una sombra luminosa, promesas susurradas como canciones de cuna, un alivio inmediato que sabía a olvido.
—Luc —susurró— Está hablando con ellos.
Luzbel ya estaba despierto. De pie, junto a la ventana, con la ciudad extendiéndose debajo como un organismo inquieto.
—Sí —respondió—. Está ofreciendo lo que yo me negué a dar.
Migael no apareció con estruendo. No necesitaba alas ni fuego. Se manifestó en la palabra, en la idea, en la fe mal dirigida. En un barrio del sur, una mujer contó entre lágrimas que una voz la había calmado y que el dolor de su cuerpo había desaparecido. En otro punto, un hombre juró que una presencia oscura lo había ayudado a poner orden en su casa.
Los resultados eran inmediatos. Y terribles. El alivio venía acompañado de exigencias invisibles: pequeñas crueldades justificadas, decisiones tomadas sin culpa, un endurecimiento del corazón que se celebraba como fortaleza.
—No los posee del todo —dijo Elian, con horror—. Les enseña a ceder.
—Exacto —asintió Luzbel—. Les da permiso.
Las redes estallaron de nuevo, esta vez con un nuevo nombre circulando como promesa:
El Protector. El Verdadero. El Que No Abandona.
Elian apretó los puños.
—Van a elegirlo —dijo—. Porque es más fácil.
—Porque no les pide nada —corrigió Luzbel— Solo obediencia.
La ciudad comenzó a dividirse con mayor claridad. De un lado, quienes esperaban la luz y se frustraban por sus límites. Del otro, quienes celebraban a la sombra porque no hacía preguntas. Migael había entendido a los humanos mejor que nadie..Esa madrugada, Elian sintió un llamado distinto. Más cercano. Más personal.
—Es un grupo —dijo, llevándose la mano al pecho—. Se están reuniendo y hablan de ti.
Luzbel giró lentamente.
—¿Cómo hablan?
Elian tragó saliva.
—Como de un error que hay que corregir.
El atentado no fue sofisticado..Fue humano. Un grupo reducido, armado con armas improvisadas y una convicción fanática, avanzó hacia el edificio donde se ocultaban. Gritaban consignas confusas: milagros negados, castigos merecidos, acusaciones de impostura.
—¡Sal!
—¡Si eres luz, no temas!
—¡Demuéstralo!
Elian sintió el pánico subirle por la garganta.
—Luc son personas. Están convencidas.
—Lo sé —respondió Luzbel—. Y por eso es peligroso.
La primera botella estalló contra la pared, lanzando fuego líquido que lamió el aire sin tocarlo del todo. La multitud creció. Alguien disparó al cielo. Otro gritó el nombre de Migael como si fuera una oración. Elian dio un paso adelante.
—Déjame hablarles.
Luzbel lo sujetó del brazo.
—No —dijo—. Esto ya no es diálogo. Es sacrificio.
—¿Entonces qué hacemos? —gritó Elian— ¡No puedes herirlos!
Luzbel lo miró con una gravedad antigua.
—Y ellos pueden matarnos creyendo que hacen lo correcto.
La tensión estalló cuando una bala rozó el hombro de Elian. El dolor fue breve, pero real. Sangre humana, caliente, corrió por su brazo.
—¡Elian! —rugió Luzbel.
El mundo respondió. La luz brotó de Luzbel con una intensidad contenida pero innegable. No atacó. Se interpuso. Un escudo luminoso se alzó entre los atacantes y Elian, deteniendo fuego y metal sin devolver violencia. La multitud retrocedió, aterrada.
—¡Es real!
—¡Nos va a castigar!
—¡Migael tenía razón!
Elian, herido, levantó la voz con un esfuerzo que le costó lágrimas.
—¡No queremos dañarlos! —gritó—. ¡Esto no es una guerra contra ustedes!
Un silencio frágil se extendió. Entonces, desde la sombra de un callejón, una voz suave se elevó, audible solo para algunos.
—¿Ven? —susurró Migael—. Incluso ahora, él los juzga. Yo no.
La duda volvió a encenderse..Luzbel cerró los ojos un instante..Había cruzado el umbral.
—Basta —dijo.
La luz se replegó, no como rendición, sino como decisión. El escudo cayó. La multitud, confundida, retrocedió sin entender por qué seguían vivos..Elian se sostuvo en pie con dificultad.
—Esto no va a parar —dijo—. Mientras él ofrezca respuestas fáciles.
Luzbel apoyó una mano en su hombro, transmitiéndole calma.
—No —respondió—. Pero ahora sé algo.
—¿Qué?
Luzbel miró la ciudad, herida por su propia fe.
—Que Migael no quiere destruirlos —dijo— Quiere que se destruyan solos y que me culpen por no impedirlo.
A lo lejos, una risa suave se mezcló con el ruido de sirenas. La noche no había terminado. Y la guerra, ahora, se libraba en el lugar más peligroso de todos la voluntad humana.