Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Las alas que el mundo no ve

Luzbel caminaba entre los humanos con la serenidad de quien sabe exactamente por qué está allí..No era castigo. No era destierro. Era una misión.

El aire de la ciudad, espeso y cargado de ruido, no le resultaba ajeno. Ya lo había respirado antes, en otros tiempos, cuando el Padre le había encomendado custodiar sin intervenir, observar sin juzgar. La Tierra siempre había sido así: imperfecta, contradictoria, hermosa en su fragilidad.

Sus alas seguían ahí. Inmensas. Majestuosas. Ardientes con los colores del arcoíris. Pero invisibles a los ojos humanos, plegadas en otra frecuencia de la realidad. No porque no pudiera mostrarlas.
Sino porque no debía.

Luzbel avanzaba por una calle secundaria junto a Elian, mezclado entre sombras, con el paso medido y la presencia contenida. Nadie se giraba a mirarlo. Nadie sentía el eco antiguo que lo habitaba. Y, aun así, el peso era real.

—La Tierra siempre se siente igual —dijo en voz baja— Densa. Llena de voces que no callan.

Elian lo observó con atención.

—Pero no suenas molesto —comentó—. Suenas concentrado.

Luzbel lo miró, sorprendido por la precisión.

—Porque lo estoy —respondió— Cada vez que el Padre me envía aquí, lo hace con un propósito claro. Esta ciudad —miró los edificios, las luces, la gente— está en peligro real. Y no por ignorancia, sino por elección.

Elian asintió con gravedad.

—Migael.

—Sí —confirmó—. Él entiende algo que muchos subestiman: los humanos no necesitan ser forzados. Solo necesitan que alguien les diga que su oscuridad es válida.

Siguieron caminando en silencio. Luzbel sentía la tensión en cada rincón de la ciudad. No era un grito, sino un murmullo constante, como una cuerda demasiado estirada. Sabía que el Padre confiaba en él para no romperla, incluso cuando todo invitaba a hacerlo.

—He pasado eones aquí —dijo de pronto— Cumpliendo misiones similares. Protegiendo sin imponer. Guiando sin revelarme. Y nunca deja de ser exigente.

Elian se detuvo.

—Pero nunca dudaste de venir —dijo— Eso se nota.

Luzbel sonrió apenas.

—Porque el Padre no envía a quien no está preparado —respondió— Y porque aún creo en ellos.

Llegaron al lugar donde se ocultaban ahora: un departamento sencillo, casi anónimo, elegido precisamente por eso. Un sitio donde la luz no llamaba la atención. Elian dejó su mochila sobre la mesa.

—Bienvenido a la vida humana básica —dijo— No es gloriosa, pero es funcional.

Sacó comida sencilla, encendió una lámpara cálida, improvisó una cena sin ceremonia. Luzbel observaba cada gesto con atención genuina.

—Así aprenden a sostenerse —dijo—. En lo pequeño.

—Exacto —respondió Elian— No todo se salva con grandes actos.

Comieron en silencio. Luego Elian encendió música suave, apenas audible.

—No es celestial —advirtió— Pero ayuda a pensar.

Luzbel cerró los ojos. No había coros. No había perfección. Pero había intención. Y eso también era sagrado.

—El Padre confía en mí —dijo entonces—. No para imponer luz… sino para impedir que la oscuridad convenza a esta ciudad de que merece hundirse.

Elian lo miró con respeto.

—Entonces no estás solo —dijo—. Porque yo también quiero salvarla.

Más tarde, cuando la noche avanzó, Luzbel permaneció junto a la ventana. La ciudad respiraba con dificultad, pero seguía viva. Seguía eligiendo, incluso cuando elegía mal. Sintió el peso de la misión en el pecho. No como carga. Como juramento. Elian se acercó con una manta.

—Aunque no lo necesites —dijo—, hace frío.

Luzbel aceptó el gesto.

—Gracias —respondió— A veces, la misión no es resistir… sino recordar por qué vale la pena hacerlo.

Elian se sentó a su lado.

—Entonces quédate —dijo— Mañana seguimos salvando el mundo. A nuestra manera.

Luzbel observó la ciudad una vez más. Sus alas seguían invisibles. Su luz, contenida. Pero su voluntad era clara.

Mientras Migael caminara entre los humanos, sembrando odio y culpa, él permanecería. No como dios. No como salvador. Sino como guardián. Y esa noche, en la clandestinidad compartida, Luzbel supo que la misión no se trataba solo de vencer a la oscuridad, sino de proteger la capacidad humana de elegir la luz, incluso cuando nadie la ve.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.