Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

La fe torcida

Migael no necesitó mostrarse.. Aprendió rápido que la fe humana no requiere rostro, solo relato.

La ciudad amaneció cubierta de símbolos improvisados: velas negras mezcladas con blancas, cruces invertidas junto a rosarios, murales pintados durante la noche con frases que prometían protección a cambio de obediencia. No había un culto oficial, pero sí una idea compartida: la luz verdadera no juzga, no limita, no niega.

—Está reescribiendo el concepto de salvación —dijo Elian, observando desde la ventana— Está diciendo que sufrir es culpa de quienes dudan.

Luzbel lo sintió con claridad. Migael no pedía adoración abierta. Pedía algo más eficaz: resignación. Convencía a las personas de que el dolor era natural, que la violencia era necesaria, que la empatía era debilidad.

—No está creando monstruos —dijo Luzbel— Está justificándolos.

En un barrio periférico, un grupo comenzó a reunirse cada noche. No rezaban. Afirmaban. Declaraban que la ciudad debía endurecerse, que algunos debían caer para que otros prosperaran. La fe se había vuelto una excusa para el desprecio. Y la ciudad comenzó a romperse desde adentro.

—Si seguimos ocultos —dijo Elian—, él gana.

Luzbel negó con suavidad.

—Si aparezco, también —respondió— Así que haremos otra cosa.

El movimiento

No atacó. Desconectó. Luzbel comenzó a caminar la ciudad de noche, sin alas, sin luz visible, entrando en lugares donde Migael había sembrado influencia: hospitales, comedores, refugios. No sanaba milagrosamente. No predicaba. Escuchaba.

Un médico agotado que había empezado a creer que algunos pacientes no merecían salvarse. Una mujer que justificaba golpear a su hijo por su bien. Un joven convencido de que la crueldad era fortaleza. Luzbel no los corregía con palabras. Solo les devolvía memoria.

Un instante. Un recuerdo olvidado. Una emoción que Migael había cubierto con cinismo. La red de la oscuridad no se rompía pero se debilitaba.

—Eso duele más que un ataque —dijo Elian, sintiéndolo— Les quitas la excusa.

—Exacto —respondió Luzbel— Y Migael lo notará.

Lo notó. La presión volvió con violencia una noche, concentrada, directa.

—Te escondes —susurró la voz de Migael en la mente de Elian— Mientras yo hago el trabajo real.

Elian se dobló, pero esta vez no cayó.

—No —respondió— Tú solo haces ruido.

La sorpresa de Migael fue breve… pero real.

El despertar

El ataque final llegó a través de la multitud.

Una marcha improvisada. Gente convencida de que debía “limpiarse” la ciudad. Elian estaba allí, oculto entre ellos, sintiendo cómo la ira colectiva crecía como una ola imposible de detener.

—Luc —dijo— Van a lastimar a alguien. Ya.

Luzbel lo miró.

—Entonces es tu momento.

Elian tragó saliva.

—Nunca lo hice así.

—Pero siempre pudiste —respondió— No domines. Ordena.

Elian cerró los ojos..Por primera vez, no intentó empujar mentes ni silenciar voces. Buscó el ritmo común detrás del caos. El miedo. La pérdida. La necesidad de pertenecer. Y habló. No en voz alta..Desde adentro.

Una onda mental se expandió como un pulso suave, no invasivo, que desaceleró pensamientos, separó emoción de impulso. Las manos que estaban a punto de golpear se detuvieron. Los gritos se quebraron en confusión. La multitud no cayó de rodillas. Despertó.

—¿Qué… qué estábamos haciendo? —murmuró alguien.

Elian abrió los ojos, exhausto, temblando.

—Lo lograste —dijo Luzbel, con una calma llena de orgullo— No los obligaste. Les devolviste la elección.

Migael rugió en algún punto invisible de la ciudad.

—Interesante —susurró—. Así que este es tu verdadero rol.

Elian miró a Luzbel.

—No puedo hacer esto solo —dijo.

Luzbel apoyó una mano en su hombro.

—No lo estás —respondió—. Y ahora Migael lo sabe.

La ciudad quedó en un silencio extraño, como después de una tormenta que no terminó de caer. Algo había cambiado. La fe ya no era un arma tan fácil. La violencia ya no tenía excusa inmediata. Pero la guerra estaba lejos de terminar. Migael se replegó, herido en su estrategia, no en su poder.

—Muy bien, Lucero —susurró desde la oscuridad— Entonces dejemos de jugar con ideas… y pasemos a los corazones.

Luzbel alzó la mirada..Sabía lo que venía. Y por primera vez desde que pisó la Tierra, comprendió que la misión estaba entrando en su fase más peligrosa. No por la oscuridad. Sino por lo que los humanos podían elegir hacer cuando nadie los empujaba.




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