Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

La guerra de los lazos

Luzbel comprendió algo esencial esa noche, mientras observaba a Elian dormir exhausto en la habitación contigua. Migael no necesitaba ejércitos demoníacos visibles. No necesitaba fuego ni destrucción abierta. Su verdadera fuerza era otra: los vínculos humanos.

El amor, el miedo, la culpa, la necesidad de pertenecer. Todo aquello que unía a las personas entre sí era, al mismo tiempo, una puerta. Y Migael había aprendido a caminar por esas puertas sin ser visto.

—Si corto sus accesos —murmuró Luzbel—, lo obligaré a mostrarse.

El plan no era violento. No podía serlo. La Tierra no soportaría una guerra abierta entre entidades antiguas. El Padre había sido claro: proteger la ciudad sin romperla. Luzbel se movió en silencio.

Durante días, caminó la ciudad oculto, visitando lugares donde Migael había dejado huella: centros comunitarios, iglesias improvisadas, foros clandestinos, transmisiones nocturnas. No hablaba de sí mismo. No se nombraba. Fortalecía vínculos reales.

Personas que se escuchaban entre sí. Grupos que volvían a cuidarse. Pequeñas redes humanas que no dependían de una figura salvadora ni de una voz en la oscuridad. Cada vínculo sano era un hilo que Migael no podía usar. Elian lo sintió.

—Es extraño —dijo—. La presión bajó. Como si algo se estuviera cerrando.

—Se está quedando sin atajos —respondió Luzbel—. Y eso lo enfurecerá.

No tardó. Migael entendió el movimiento con rapidez quirúrgica. Y respondió como solo él sabía hacerlo: con espectáculo. La ciudad despertó una mañana distinta.

Pantallas gigantes interrumpieron su programación habitual. Transmisiones no autorizadas aparecieron en celulares, televisores, anuncios callejeros. No mostraban destrucción, sino orden.

Calles tranquilas. Personas alineadas. Voces firmes.vUn mensaje único, repetido con distintos rostros humanos:

—La ciudad necesita guía.
—La compasión nos volvió débiles.
—La luz duda. Nosotros no.

Elian sintió el golpe como un martillo en el pecho.

—Luc está organizando algo grande.

—Sí —respondió Luzbel, con gravedad—. Está formando una voluntad colectiva.

No era un culto tradicional. Era peor..Migael ofrecía estructura. Claridad. Reglas simples para un mundo complejo. Y muchos humanos, cansados del caos y del miedo, querían creerle.

—Esta noche —dijo Elian—. Todo converge esta noche.

Luzbel lo supo también..El punto elegido fue el centro cívico de la ciudad. Una concentración pacífica, anunciada como un acto de reafirmación. Miles de personas reunidas, conectadas por una emoción común: la necesidad de que alguien decida por ellas.

—Si intervienes —dijo Elian—, te verán.

—Si no lo hago —respondió Luzbel—, él los tendrá.

La multitud comenzó a corear consignas. No violentas. Convencidas..Elian sintió la red mental tensarse como una tela de araña gigantesca. Migael no estaba en un solo lugar. Estaba en todos.

—No puedo romper esto —dijo Elian— Es demasiado grande.

Luzbel respiró hondo.

—No vamos a romperlo —dijo—. Vamos a fragmentarlo.

Se colocó junto a Elian, oculto aún a los ojos humanos.

—Escúchame —continuó—. No intentes silenciar la mente colectiva. Busca las fisuras: la duda individual, el recuerdo personal, la contradicción interna.

Elian cerró los ojos. Por primera vez, no sintió miedo. Sintió responsabilidad..Se adentró en la red mental como quien entra en un río caudaloso, sin oponerse, dejándose llevar hasta encontrar corrientes distintas. Personas que no gritaban con convicción, sino con angustia. Otras que miraban a su alrededor buscando aprobación. Elian susurró, no con palabras, sino con preguntas.

¿Por qué estás aquí?
¿Esto es lo que querías?
¿A quién estás siguiendo realmente?

La marea comenzó a perder ritmo..Algunos dejaron de gritar..Otros bajaron los carteles. Un murmullo inquieto reemplazó la certeza. Migael sintió la fractura. Por primera vez, apareció.. No ante todos. Ante Luzbel..La sombra se condensó a su lado, invisible para la multitud.

—Ingenioso —dijo Migael— Les devuelves la duda. Siempre fue tu estilo.

Luzbel lo miró con calma.

—Y tú siempre subestimaste lo que ocurre cuando los humanos piensan por sí mismos.

Migael sonrió, pero había tensión en su gesto.

—Esto no termina aquí —advirtió—. Cuantos más vínculos sanes, más elegiré romper los que no puedas proteger.

Luzbel sostuvo su mirada.

—Entonces seguiré estando —respondió— No como salvador. Como límite.

La presencia de Migael se retiró lentamente, disolviéndose en la multitud que ahora comenzaba a dispersarse, confusa, desorientada, libre por un instante. Elian abrió los ojos, exhausto, pero en pie.

—Funciono —susurró— No ganamos, pero…

—Le quitamos terreno —completó Luzbel—. Y eso, en esta guerra, es sobrevivir.

La ciudad respiró..No en paz. Pero tampoco sometida..Luzbel supo entonces que el conflicto había entrado en su fase más peligrosa, una donde ninguno podía avanzar sin consecuencias humanas..Y Migael, desde la sombra más lejana, sonrió con una promesa silenciosa. La próxima vez, no atacaría multitudes. Atacaría decisiones.




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