Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

La elección imposible

Migael no anunció su movimiento.

Nunca lo hacía. La noche cayó sin advertencias, y con ella llegó un silencio distinto, cargado de intención. Elian se despertó con un sobresalto, el corazón golpeándole el pecho como si hubiera corrido durante horas.

—Luc… —susurró—. Está aquí.

Luzbel ya estaba de pie. No miraba la habitación, sino algo más allá, como si la ciudad se hubiera convertido en un tablero invisible que solo él podía leer.

—Sí —dijo—. Y esta vez no viene a convencer.

El golpe llegó de inmediato. Dos presencias.
Dos focos de dolor. Dos vidas humanas, abiertas como heridas simultáneas en la mente de Elian. Elian cayó de rodillas.

—No… —jadeó—. No hagas esto.

Las imágenes se impusieron con brutal claridad. En un extremo de la ciudad, una guardería nocturna: un escape de gas provocado, niños dormidos, una cuidadora inconsciente. El tiempo corriendo en contra.

En el otro, una clínica precaria en un barrio olvidado: un generador fallando, pacientes conectados a respiradores, una mujer joven luchando por mantenerse consciente mientras la oscuridad presionaba su voluntad para rendirse.

—Luc —Elian levantó la mirada, desesperado— Los siento a los dos. Si me concentro en uno… el otro…

No terminó la frase. Migael apareció entre ellos como una certeza incómoda, no con cuerpo completo, sino como una presencia perfectamente definida.

—No los mato yo —dijo con calma—. Elijo cuándo decides.

Elian temblaba.

—Esto no es elección —escupió—. Es tortura.

—Para ti —respondió Migael—. Para mí, es pedagogía.

Luzbel avanzó un paso, su presencia tensando el aire.

—Basta —ordenó—. Esto cruza el límite.

Migael inclinó la cabeza, casi respetuoso.

—¿Cuál límite? —preguntó—. ¿El que tú te impones para seguir creyendo que puedes salvarlos a todos?

El silencio se volvió insoportable. Elian gritó.

—¡Dime qué hacer! —le pidió a Luzbel— ¡Dímelo!

Luzbel no respondió de inmediato.nY ese silencio fue lo que rompió algo. Por primera vez desde que descendió a la Tierra, Luzbel no tenía una respuesta clara. No había estrategia. No había contención posible sin costo. El Padre no intervenía. El Cielo callaba. La misión no incluía milagros absolutos.

—Elian —dijo finalmente, con la voz más baja de lo habitual— Debes elegir dónde tu presencia puede marcar la diferencia real.

Elian lo miró, horrorizado.

—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Eso es lo que soy ahora?

Migael sonrió.

—Bienvenido —susurró—. Al mundo adulto.

El tiempo se agotaba. Elian cerró los ojos. No buscó números. No buscó probabilidades. Buscó vínculo. Sintió el miedo crudo de los niños… y la resignación silenciosa de los pacientes. Sintió manos pequeñas aferrándose a una manta y una mujer joven luchando por no apagar la máquina que sostenía a otros.

Eligió.

Cuando abrió los ojos, ya sabía que esa elección lo acompañaría para siempre.

—La guardería —dijo, con la voz rota— Voy ahí.

Luzbel asintió sin discutir.

—Estoy contigo.

Elian se lanzó mentalmente hacia ese punto con una precisión que jamás había alcanzado. Ordenó pensamientos, deshizo pánicos, forzó a una adulta a despertar, a oler el gas, a sacar a los niños uno por uno antes de que el aire se volviera mortal.

Sirenas.
Gritos.
Vida.

Pero en el otro extremo de la ciudad Elian sintió el apagón. Uno. Luego otro. Una presencia humana extinguiéndose sin violencia, sin ruido, en silencio. Elian cayó al suelo cuando todo terminó.

—Murieron… —susurró— Los dejé morir.

Luzbel lo sostuvo antes de que se desplomara por completo.

—No —dijo—. Elegiste salvar donde podías estar.

Pero su voz no era firme. Porque algo en él también se había quebrado. Migael apareció una última vez esa noche, satisfecho.

—¿Lo ves? —dijo—. No hice nada. Y aun así gané terreno.

Elian lloró en silencio.

—No quiero volver a elegir así.

Migael se desvaneció con una risa suave.

—Lo harás —susurró— Porque ahora sabes que incluso la luz falla.

Luzbel permaneció en silencio largo rato, sosteniendo a Elian mientras la ciudad retomaba su pulso habitual, ignorante del precio pagado. Por primera vez, dudó. No de Elian. No de la misión. Sino de sí mismo.

El Padre confiaba en él. Pero ¿y si esa confianza implicaba aceptar pérdidas que jamás debieron existir? Luzbel alzó la mirada al cielo invisible. No hubo respuesta.

Solo la certeza amarga de que la guerra ya no se trataba de vencer a Migael, sino de cuánto estaban dispuestos a perder sin dejar de ser quienes eran. Y esa era la grieta más peligrosa de todas.




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