Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

El borde

Luzbel llevaba días sin dormir.

No porque su cuerpo lo necesitara eso había dejado de importarle hacía eones, sino porque su autocontrol se estaba volviendo una jaula. Ocultar la luz, moderar la presencia, contener el impulso de intervenir cada decisión era un acto de violencia contra su propia naturaleza..La ciudad respiraba, sí. Pero respiraba mal.

El aire estaba cargado de irritación. Los rostros tensos. Las palabras, más cortantes. Elian lo sentía como un murmullo constante bajo la piel, como un zumbido que no se apaga nunca.

—Esto no es normal —dijo Elian una noche, caminando junto a él por calles apenas iluminadas— No hay demonios visibles. No hay ataques directos. Y aun así…

—Y aun así la gente se está volviendo más cruel —terminó Luzbel.

Elian asintió.

—Es como si algo los empujara a justificarse todo el tiempo.

Luzbel se detuvo..En la esquina opuesta, un grupo de personas discutía con furia desmedida por algo trivial. No había posesión, no había sombra adherida. Solo decisiones. Decisiones cada vez más duras, más egoístas, más desprovistas de empatía.

—Esto es peor —murmuró Luzbel—. Mucho peor.

Elian lo miró con preocupación.

—Luc estás enojado.

No era una acusación. Era un hecho. Luzbel cerró los puños. Por un instante, el aire vibró. No se iluminó, no se rompió nada, pero la presión fue real, como si el mundo hubiera contenido la respiración.

—Estoy conteniéndome —respondió— Y eso me está desgastando.

Por primera vez desde que descendió, deseó actuar sin medir consecuencias. Deseó imponerse, limpiar, arrasar. El impulso de terminar con todo en un solo gesto lo atravesó como una tentación peligrosa. Se apartó un paso de Elian.

—Si pierdo el control —dijo con honestidad brutal— no quedará nada de esta ciudad que valga la pena salvar.

Elian no retrocedió.

—Entonces no lo pierdas —dijo— No solo por ellos. Por vos.

Las palabras lo golpearon más fuerte que cualquier ataque..Porque eran ciertas. Mientras tanto, Migael no se mostraba. No lo necesitaba. Se había infiltrado donde la violencia no mancha las manos. Salas de reuniones..Despachos elegantes. Plataformas de discurso.

Líderes sociales, comunicadores, referentes barriales, figuras respetadas. Personas convencidas de que pensaban por sí mismas. Migael no los poseía. Los escuchaba.

—La gente está cansada —susurraba en ideas que parecían propias— Necesitan orden. Mano firme. Menos sensibilidad.

No hablaba de odio..Hablaba de realismo.

—No podemos salvar a todos. Hay que priorizar. Endurecerse. Dejar de romantizar el sufrimiento.

Las frases se repetían, con distintas voces, en distintos tonos. Editoriales. Publicaciones. Discursos. La crueldad empezaba a vestirse de responsabilidad. Elian lo sintió una madrugada.

—Luc —dijo, con la voz quebrada— Está en todos lados.

Luzbel cerró los ojos. Por primera vez, no pudo localizarlo. No había un centro. No había un núcleo que destruir. Migael se había convertido en una idea aceptable.

—Está ganando sin atacar —dijo Luzbel, con rabia contenida—. Está enseñándoles a pensar como él.

Elian apretó los dientes.

—¿Y nosotros qué hacemos?

Luzbel abrió los ojos lentamente. En ellos, por un segundo, brilló algo antiguo, peligroso.

—Resistir sin convertirnos en jueces —respondió—. Aunque eso me esté llevando al límite.

Porque sabía algo que Migael estaba apostando a romper: Mientras Luzbel se contuviera, mientras Elian siguiera dudando, mientras la culpa siguiera doliendo. Aún no estaban perdidos. Pero el margen era cada vez más estrecho.

Y Migael lo sabía.




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