Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Cuando la luz incomoda

La ciudad ya no pedía ayuda. Ese fue el primer síntoma real.

No hubo gritos colectivos ni escenas espectaculares. No hubo demonios rasgando el cielo ni posesiones visibles. Lo que ocurrió fue más sutil, más devastador: la gente dejó de querer ser salvada. Luzbel lo sintió antes de comprenderlo.

Caminaba junto a Elian por una avenida amplia, de edificios grises y luces blancas, cuando percibió el cambio. No era hostilidad abierta. Era algo peor: desconfianza tranquila. Miradas que se apartaban. Gestos cerrados. Una tensión apenas perceptible en el aire, como una cuerda que se estira sin romperse.

—¿Lo sentís? —preguntó Elian en voz baja.

Luzbel asintió.

—Sí.

—No es miedo —continuó Elian — Es rechazo.

No había mejor palabra. Un anciano discutía con una mujer frente a un comercio. Elian se detuvo, instintivamente, dispuesto a intervenir con una mínima influencia emocional. Luzbel lo observó con atención, esperando la señal. Pero antes de que Elian hiciera nada, la mujer se giró bruscamente hacia ellos.

—¿Qué miran? —espetó— ¿No tienen nada mejor que hacer?

Elian dio un paso atrás, sorprendido.

—No… solo…

—No necesitamos ayuda —continuó ella, con una dureza que no parecía producto de la rabia— Nadie la necesita. Siempre creen saber mejor que uno lo que hay que hacer.

El anciano no dijo nada. Solo asintió, cansado. Luzbel sintió algo extraño: la luz que llevaba contenida no generaba alivio, sino incomodidad. Como si su mera presencia pusiera en evidencia algo que la gente prefería no ver. Siguieron caminando en silencio.

—Antes —dijo Elian tras unos minutos— Antes pedían milagros. Ahora…

—Ahora quieren que los dejen en paz —completó Luzbel.

Eso era nuevo. Y profundamente peligroso. Migael observaba. No desde una torre ni desde un trono infernal, sino desde las ideas.

No hablaba de destrucción. No hablaba de demonios. No hablaba siquiera de oscuridad. Hablaba de resistencia emocional, de realismo, de fortaleza. Las palabras se filtraban como semillas en discursos bien intencionados.

—La ciudad necesita dejar de victimizarse.

—El sufrimiento es parte del crecimiento.

—No todo dolor debe ser evitado; algunos deben ser atravesados.

Nadie sospechaba de esas frases. Nadie las cuestionaba. Porque no eran violentas. No eran crueles de forma explícita. Eran razonables.

Elian lo percibió una tarde, sentado frente a una pantalla, leyendo comentarios, escuchando entrevistas, observando debates.

—Luc —dijo, con un nudo en el estómago— Están convirtiendo el dolor en virtud.

Luzbel cerró los ojos.

—Eso es una fe torcida —respondió—. Mucho más resistente que el miedo.

—La gente empieza a creer que ayudar es debilitar —continuó Elian—. Que intervenir es interferir con un proceso “necesario”.

—Migael siempre prefirió la pedagogía al castigo —murmuró Luzbel— Lo aprendió bien.

Elian lo miró.

—¿De vos?

Luzbel no respondió de inmediato.

—De mí —admitió al fin— Y de otros como yo.

Ese reconocimiento le pesó más de lo que esperaba. Las noches se volvieron más largas.

No porque ocurriera algo extraordinario, sino porque nada parecía requerir intervención directa. No había un punto claro donde actuar sin empeorar las cosas. Cada gesto de ayuda era recibido con sospecha, cada intento de calmar era interpretado como condescendencia. Elian empezó a retraerse.

No dejaba de sentir. Al contrario: sentía demasiado. Pero cada vez dudaba más antes de actuar.

—Si intervengo —dijo una noche—, confirmo lo que dicen: que dependemos de algo externo.
—Y si no intervengo —continuó— los dejo solos frente a esto.

Luzbel lo observó con atención.

—Eso es exactamente donde Migael quiere que estés.

—Entonces, ¿qué hago? —preguntó Elian, agotado.

Luzbel no tuvo respuesta inmediata. Y eso fue nuevo. La duda no era el problema. La irrelevancia sí. Luzbel empezó a sentirla como una presión constante, no sobre su poder, sino sobre su sentido. La luz seguía ahí, contenida, intacta. Pero ya no iluminaba. Molestaba.

—No me necesitan —dijo una madrugada, sin mirar a Elian— Ni me quieren.

Elian se incorporó en la cama improvisada.

—Eso no es verdad.

—Lo es —respondió Luzbel—. Al menos, no como antes.

Se puso de pie y caminó hacia la ventana. Abajo, la ciudad seguía su curso. Gente apresurada. Risas breves. Discusiones sordas. Nadie miraba al cielo.

—He sido muchas cosas —continuó— Portador de luz. Símbolo. Advertencia. Caído. Regresado.

—Pero aquí —su voz se volvió baja—.Aquí soy una anomalía. Algo que no encaja.

Elian se acercó.

—Yo te necesito.

Luzbel lo miró por primera vez en mucho tiempo con algo parecido al dolor desnudo.

—Eso no es suficiente para salvar una ciudad.

Elian tragó saliva.

—Tal vez no se trata de salvarla como imaginás.

Luzbel frunció el ceño.

—¿Y cómo, entonces?

Elian dudó.

—Tal vez no siendo lo que esperan. Ni lo que temen.

Las palabras quedaron suspendidas. Mientras tanto, los grupos crecían. No eran sectas visibles. No había rituales ni símbolos claros. Eran comunidades de pensamiento. Personas que compartían la idea de que la compasión excesiva debilitaba. Que la ayuda constante impedía el crecimiento. Que la dureza era necesaria.

Migael no los lideraba. Los inspiraba. Elian los sintió una tarde en una plaza. Un grupo reunido, hablando con calma. No gritaban. No acusaban. Solo compartían experiencias.

—La gente tiene que aprender a soportar —decía uno— Nadie vino a salvarme cuando lo necesité. Y acá estoy.

—Exacto —respondía otro— Si seguimos amortiguando todo dolor, nunca vamos a ser fuertes.

Elian sintió un escalofrío.

—Luc —susurró— No están equivocados del todo.

Luzbel lo miró, alarmado.

—Elian…




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