La primera vez que lo insultaron, Luzbel no reaccionó..No porque no lo oyera, sino porque no lo esperaba..Fue una palabra seca, lanzada desde una ventana abierta, sin rabia ni miedo. Una palabra dicha con la misma naturalidad con la que se comenta el clima.
—Charlatán.
Luzbel siguió caminando. Elian, a su lado, se tensó de inmediato.
—¿Escuchaste eso?
—Sí —respondió Luzbel—. Y no fue casual.
La ciudad había cambiado de tono. No de ritmo, no de forma visible, sino de disposición interior. Ya no había súplicas ni miradas elevadas al cielo. Tampoco reproches directos. Lo que había era algo mucho más inquietante: desaprobación tranquila. Como si la presencia de Luzbel fuera una falta de respeto.
Un recordatorio incómodo.
—Antes —dijo Elian—, cuando te veían… se detenían. Ahora…
—Ahora siguen —completó Luzbel—. Y eso es deliberado.
Cruzaron una plaza amplia. En uno de los bancos, un grupo de personas conversaba con tono calmo, casi académico. No discutían. Reflexionaban. Elian sintió de inmediato el peso de esas ideas, densas, ordenadas, coherentes.
—Escuchá —susurró.
Luzbel no necesitó acercarse. Las palabras flotaban.
—La gente confunde ayuda con dependencia.
—Exacto. Siempre esperando que alguien más resuelva.
—La adversidad es necesaria. Quitarla es infantilizar.
No había odio en esas voces. No había rencor. Solo convicción. Elian sintió un escalofrío.
—No suenan poseídos.
—Porque no lo están —respondió Luzbel—. Están convencidos.
Eso era lo nuevo. Migael ya no necesitaba grietas violentas. Había sembrado una idea simple y peligrosa: la luz debilita. Y la ciudad la estaba adoptando con entusiasmo silencioso.
Las señales se multiplicaron..Artículos, charlas, discursos públicos donde la compasión era tratada como una ingenuidad del pasado. Donde la ayuda era presentada como una interferencia antinatural. Donde el sufrimiento era elevado a rito de paso.
Elian observaba todo con creciente angustia.
—Están creando una ética —dijo una noche—. Una ética donde no ayudar es virtud.
Luzbel apoyó la espalda contra la pared, los brazos cruzados.
—Migael entendió algo fundamental —respondió—. Si convierte el dolor en mérito, nadie pedirá que se lo quiten.
—Pero eso —Elian dudó—. Eso destruye a los más frágiles.
—Siempre —asintió Luzbel—. Y siempre ha sido así.
Elian lo miró con sorpresa.
—¿Entonces por qué…?
—Porque ahora —lo interrumpió— lo llaman madurez.
El silencio que siguió fue pesado. No pasó mucho tiempo antes de que el rechazo se volviera explícito..Una tarde, mientras caminaban por una zona concurrida, alguien los reconoció. No por su apariencia Luzbel seguía ocultando su luz, sino por la sensación que provocaba. Algunos humanos aún la percibían, aunque no supieran nombrarla.
—Ahí está —dijo una voz—. El que se cree algo especial.
Varias personas se giraron.
—Siempre aparece cuando hay problemas —añadió otra—. Como si el mundo no pudiera arreglárselas solo.
Elian sintió la presión de inmediato, una oleada de emociones hostiles pero controladas.
—No queremos milagros —dijo un hombre, con calma estudiada— Queremos aprender a resistir.
—La ayuda constante es una forma de dominación —agregó una mujer— ¿Quién te dio autoridad?
Luzbel sintió el impacto como una herida lenta. No porque lo cuestionaran. Sino porque no necesitaban gritar.
—No vengo a dominar —dijo, con voz contenida— Vengo a acompañar.
—Eso decís vos —respondió el hombre— Pero toda luz quiere imponerse.
La frase se clavó en el aire..Elian dio un paso adelante, impulsado por la indignación.
—No sabés de lo que hablás.
—Al contrario —respondió la mujer— Sabemos exactamente de lo que hablamos. Ya no queremos salvadores.
Las miradas se apartaron. La gente siguió su camino. Nadie atacó..Nadie gritó. Pero algo quedó claro. Luzbel no era bienvenido. Esa noche, Elian no pudo contenerse.
—No es justo —dijo, caminando de un lado a otro—. No saben lo que está pasando realmente. No saben quién es Migael.
—No importa —respondió Luzbel—. Porque su discurso no contradice lo que sienten.
Elian se detuvo.
—¿Y qué sienten?
Luzbel tardó en responder.
—Cansancio. Humillación acumulada. La necesidad de creer que el dolor tuvo un sentido.
Elian bajó la mirada.
—Entonces Migael les ofrece una explicación.
—Y una identidad —añadió Luzbel—. “Soy fuerte porque sufrí”. Es una narrativa poderosa.
—Pero es falsa.
—Es incompleta —corrigió Luzbel—. Y eso la hace peligrosa.
Los grupos crecieron. No se llamaban sectas. No tenían líderes visibles. Eran comunidades de pensamiento que se retroalimentaban. Se hablaba de purificación, de endurecer el carácter, de dejar atrás la dependencia emocional.
Algunos empezaron a rechazar ayuda médica. Otros justificaban la violencia doméstica como “prueba de fortaleza”. Elian lo sentía todo, cada vez con más claridad, como si la ciudad entera fuera una mente en tensión.
—Luc —dijo una madrugada— Están convirtiendo el sufrimiento en un dios.
Luzbel cerró los ojos.
—Ese siempre fue el plan de Migael.
—¿Por qué no lo detenemos? —preguntó Elian— No físicamente. Con palabras. Con verdad.
Luzbel abrió los ojos lentamente.
—Porque la verdad, cuando no es deseada, se percibe como agresión.
Elian apretó los puños.
—Entonces estamos atrapados.
—No —respondió Luzbel—. Estamos siendo probados.
La presión empezó a volverse interna.
Luzbel sentía algo que no había sentido ni siquiera en el Abismo: la duda de su función. No de su poder, no de su origen. De su sentido. Caminaba por la ciudad como una presencia incómoda, como un espejo que nadie quería mirar. Su luz, contenida, no sanaba. Exponía.