Elian llevaba horas sin hablar.
No era silencio de cansancio ni de tristeza abierta. Era un silencio ordenado, casi sereno, como el de alguien que ha encontrado una explicación que por fin encaja..Luzbel lo notó demasiado tarde.
Estaban sentados en la penumbra del lugar donde se ocultaban, con la ciudad respirando del otro lado de las paredes. El murmullo urbano llegaba amortiguado, constante, indiferente. Elian observaba la nada con la mirada fija, como si organizara pensamientos que ya no necesitaban discusión.
—Estuve pensando —dijo al fin.
Luzbel alzó la vista.
—Te escucho.
Elian respiró hondo, pero no con angustia. Con convicción incipiente.
—Tal vez —empezó— tal vez Migael no esté equivocado en todo.
La frase cayó como una grieta seca..Luzbel no reaccionó de inmediato. No se levantó. No lo interrumpió. Solo lo miró, atento, como quien sabe que una palabra mal dicha puede romper algo que aún intenta sostenerse.
—Explicá —pidió.
Elian asintió.
—No hablo de crueldad —se apresuró a aclarar—Ni de violencia gratuita. Hablo de lo otro. De esto que está pasando en la ciudad.
Señaló vagamente hacia afuera.
—La gente está cansada de esperar ayuda. Cansada de creer que alguien va a venir a salvarlos. Yn—tragó saliva— eso los hizo más duros, sí, pero también más responsables de sí mismos.
Luzbel sintió un estremecimiento interno.
—¿Responsables o abandonados? —preguntó con cuidado.
Elian negó lentamente con la cabeza.
—Ambas cosas pueden ser ciertas. Pero escuchame.
Se incorporó un poco, como si necesitara sostener mejor su propio razonamiento.
—Cuando intervenimos, cuando calmamos, cuando amortiguamos… estamos decidiendo por ellos qué dolor es tolerable y cuál no. Y eso también es una forma de poder.
Luzbel se levantó entonces. No con furia. Con precisión contenida.
—Elian —dijo—. Decime algo. ¿Desde cuándo el sufrimiento es un maestro justo?
Elian dudó un segundo.
—No lo es —admitió—. Pero tampoco es siempre un enemigo.
Luzbel cerró los ojos. Esa frase no era de Elian. Era de Migael.
—Te está hablando a través de verdades parciales —dijo— Eso es lo que hace. Toma algo real y lo vuelve absoluto.
Elian se puso de pie también.
—¿Y vos no hacés lo mismo? —preguntó, sin agresión—. ¿No tomás la compasión y la volvés incuestionable?
El aire se tensó. Luzbel abrió los ojos. En ellos no había ira. Había algo peor: decepción silenciosa.
—Nunca obligué a nadie a aceptar mi presencia —respondió—. Nunca convertí la luz en dogma.
—Pero existís como posibilidad —replicó Elian— Y mientras existas así, muchos nunca van a intentar sostenerse solos.
La palabra solos resonó.
—¿Eso es lo que querés? —preguntó Luzbel—. ¿Que se sostengan solos aunque se rompan?
Elian apretó los labios.
—Quiero que elijan. Incluso si eligen mal.
Luzbel dio un paso atrás. No físico. Interior.
—Entonces ya elegiste vos también —dijo.
Elian lo miró, alarmado.
—No. No te estoy rechazando.
—No hace falta —respondió Luzbel—. Me estás volviendo innecesario.
El silencio que siguió fue espeso, definitivo. La ciudad, mientras tanto, avanzaba.
Los discursos se endurecían, pero sin violencia explícita. Se hablaba de mérito, de resistencia, de dejar de “infantilizar” el dolor. Algunos empezaron a rechazar ayuda comunitaria. Otros miraban con desprecio a quienes aún pedían contención..Elian sentía esa corriente y, por primera vez, no la combatía.
—Tal vez esta ciudad no esté perdida —dijo una noche—. Tal vez está mutando.
Luzbel lo observó largo rato.
—Sí —respondió—. Está mutando en algo que no puedo proteger sin destruir.
Elian se giró hacia él, con una mezcla de culpa y súplica.
—Luc no te vayas.
Luzbel negó lentamente.
—No puedo quedarme donde la luz es vista como una ofensa —dijo— No puedo imponerme. Y tampoco puedo fingir que esto no me atraviesa.
—Yo todavía te necesito —dijo Elian, con la voz quebrándose por primera vez.
Luzbel se acercó.
—Eso es lo que más duele —respondió—. Porque yo también te necesito. Pero no a costa de traicionarme.
Elian sintió el vacío abrirse bajo sus pies.
—No quiero perderte.
—No me estás perdiendo —dijo Luzbel—. Estás eligiendo otra lógica. Y yo no puedo caminarla con vos.
La noche en que Luzbel decidió irse no hubo anuncios. Subieron a lo alto de un edificio abandonado. La ciudad se extendía debajo como un organismo vasto, iluminado, indiferente. No había caos. No había fuego. Solo normalidad endurecida. Luzbel respiró hondo. La luz que había contenido tanto tiempo comenzó a responder.
—Luc… —susurró Elian—.Por favor.
Luzbel se volvió hacia él.
—Escuchame con atención —dijo—. Si alguna vez esta ciudad vuelve a pedir ayuda, no milagros, no salvadores, sino compañía volveré.
Elian sintió lágrimas subirle a los ojos.
—¿Y si nunca lo hace?
Luzbel miró el horizonte.
—Entonces habrá elegido su camino.
Dio un paso adelante. La energía se desplegó sin violencia, sin estruendo, como un acto antiguo y solemne. De su espalda surgieron alas inmensas, majestuosas, imposibles de ocultar ya. Cada pluma reflejaba tonos del arcoíris apagados por la noche, como recuerdos de un amanecer que ya no pertenecía a ese lugar.
El viento se agitó..Elian cayó de rodillas, no por reverencia, sino por desesperación.
—¡No te vayas! —gritó—. ¡No así!
Luzbel lo miró una última vez.
—No estoy huyendo —dijo— Estoy respetando una elección. La tuya. Y la de esta ciudad.
Alzó el vuelo. Las alas cortaron el aire con una fuerza serena, definitiva. Luzbel se elevó, alejándose de los edificios, de las luces, de la ciudad que había decidido aprender del dolor en lugar de pedir alivio. Elian lo siguió con la mirada hasta que fue solo una silueta luminosa perdiéndose en el cielo.