La ciudad no colapsó.
Y eso fue lo peor. No hubo incendios ni gritos colectivos, no hubo sangre en las calles ni demonios revelándose entre la multitud. La ciudad siguió funcionando con una eficiencia inquietante, casi admirable. El tránsito fluyó. Los comercios abrieron. Las luces se encendieron a la hora correcta.
Pero algo se había roto de manera irreversible. Elian lo sintió desde el primer amanecer sin Luzbel.
Se levantó con una opresión en el pecho que no era tristeza pura, sino ausencia estructural, como si un pilar invisible hubiera sido retirado y el edificio entero aún no se diera cuenta de que estaba condenado.
Salió a la calle.
La gente caminaba con prisa contenida. Rostros cerrados. Mandíbulas tensas. Nadie se miraba demasiado tiempo. Nadie preguntaba cómo estaba el otro. La ciudad había aprendido una nueva norma: no intervenir, no involucrarse, no cargar con lo ajeno.
Un hombre cayó en la vereda, mareado. Nadie se detuvo. Elian sí. Se agachó junto a él, dudando por primera vez de su propio impulso.
—¿Está bien? —preguntó.
El hombre lo miró con fastidio.
—No necesito ayuda —dijo—. Déjeme.
Elian retrocedió, desconcertado.. Cuando volvió a ponerse de pie, el hombre ya intentaba levantarse solo, tambaleándose, orgulloso de su torpeza. Cayó de nuevo. Se golpeó la cabeza. La gente siguió caminando.
Elian sintió una punzada violenta en el pecho.
—Esto no es fortaleza —murmuró— Es abandono.
Y entonces lo sintió. No una presencia abrumadora, no una sombra. Una claridad fría, ordenada, perfectamente razonable.
—Ahora lo entendés.
Migael no apareció con forma definida. Su voz surgió en la mente de Elian como una conclusión lógica, no como una amenaza.
—Vos mismo lo dijiste —continuó— No colapsaron. Se adaptaron.
Elian apretó los dientes.
—Se están volviendo inhumanos.
—No —corrigió Migael— Se están volviendo responsables de sí mismos. Sin consuelos externos. Sin luces que los distraigan del dolor real.
Elian se giró, furioso, aunque no había nadie visible.
—¿Responsables? —espetó—. Se están muriendo solos.
—Algunos —admitió Migael con calma— Siempre hay pérdidas. Pero ahora esas pérdidas tienen sentido.
Elian sintió náuseas.
—Ese sentido lo estás imponiendo vos.
—No —respondió Migael— Yo solo lo nombré. Ellos lo aceptaron.
Elian recordó las palabras que él mismo había dicho días atrás. Recordó su razonamiento. Su cansancio. Su necesidad de explicar el dolor. Comprendió entonces la trampa. Migael no había vencido a Luzbel. Había usado a Elian para hacerlo innecesario.
—¿Por qué yo? —preguntó, con la voz quebrada.
La respuesta fue inmediata.
—Porque sentís demasiado —dijo Migael— Porque querés que todo tenga sentido. Porque no soportás la idea de que el sufrimiento sea inútil.
Elian cayó de rodillas.
—Eso no te da derecho.
—No —admitió Migael— Pero me da acceso.
La ciudad empezó a mostrar su verdadero rostro al caer la noche. No violencia desatada. Crueldad normalizada.
Una mujer gritaba en un balcón mientras alguien la insultaba desde abajo. Nadie llamaba a nadie. No es asunto nuestro. Un adolescente lloraba solo en una parada de colectivo. Los demás miraban el celular. Tiene que aprender. Elian sentía cada escena como una herida directa.
—Esto no era lo que yo quería —susurró.
—Nunca lo es —respondió Migael— Pero es lo que ocurre cuando se deja de pedir ayuda.
Elian levantó la cabeza.
—No —dijo— Esto ocurre cuando se confunde fortaleza con aislamiento.
Por primera vez, Migael guardó silencio. Elian se puso de pie con dificultad. El peso emocional era casi insoportable. La ciudad entera parecía apoyarse sobre su pecho, exigiéndole una respuesta que ya no podía postergar.
Pensó en Luzbel.
En su silencio. En su contención..En su retirada dolorosa, no como castigo, sino como respeto. Comprendió entonces algo con una claridad brutal. Luzbel no se había ido porque la ciudad estuviera perdida. Se había ido porque él mismo había empezado a perderse.
—No puedo enfrentar esto solo —dijo Elian en voz alta.
Migael volvió a hacerse sentir.
—Podés —respondió— Ya lo estás haciendo. Ya pensás como yo.
Elian negó con la cabeza.
—No —susurró—. Estoy viendo adónde lleva eso.
La decisión se formó en su interior como un acto de dolor y lucidez a la vez. No podía salvar a la ciudad todavía. No podía deshacer el daño causado. Pero sí podía elegir de nuevo.
—Lucero de la Mañana… —murmuró, cerrando los ojos— Donde estés escuchame.
No hubo respuesta inmediata. Pero Elian sintió algo distinto: no consuelo, no luz, sino dirección. Un vacío que ya no era abandono, sino distancia.
Comprendió que debía cruzarla. Que si quería detener a Migael, primero debía reconstruir aquello que había dejado romperse entre él y Luzbel. Alzó la mirada hacia el cielo nocturno, ahora opaco, sin promesas visibles.
—Voy a encontrarte —dijo— Aunque me lleve perder esta ciudad por ahora.
Migael rió suavemente.
—Entonces corré —susurró— Porque mientras vos buscás luz… yo sigo enseñando.
Elian comenzó a caminar..No huyendo..No escapando. Avanzando hacia lo desconocido, con la certeza amarga de que el verdadero combate apenas comenzaba..Detrás de él, la ciudad seguía funcionando.
Delante, en algún lugar entre el cielo y la tierra, el Lucero de la Mañana seguía existiendo..Y Elian ya no estaba dispuesto a perderlo.