Luzbel se detuvo cuando la ciudad ya no era más que un resplandor distante.
No había elegido un lugar sagrado ni un refugio especial. Solo un espacio suspendido entre el cielo y la tierra, donde el aire era demasiado denso para ser Paraíso y demasiado liviano para ser mundo humano. Allí permaneció, inmóvil, con las alas plegadas, como si el simple acto de seguir avanzando fuera una traición más.
Había fracasado. La certeza no llegó como un golpe, sino como una sedimentación lenta, una acumulación de silencios y decisiones que ya no podían deshacerse. La ciudad había elegido otra lógica. Elian había empezado a creer en ella. Y Luzbel se había retirado. No por cobardía. No por cansancio. Sino por fidelidad a sí mismo. Y aun así, el dolor era insoportable.
Extendió las alas con lentitud. Las plumas, todavía teñidas de los colores del arcoíris, parecían opacas, como si la luz que las habitaba se hubiera vuelto introspectiva, retraída. No había herida visible, pero cada fibra de su ser vibraba con una culpa antigua, más profunda que la del Abismo.
—No supe quedarme —murmuró.
La voz se perdió en el espacio sin eco..Había creído que respetar una elección era un acto de amor. Había creído que retirarse era la única forma de no imponer la luz como dogma. Pero ahora, lejos de la ciudad, lejos de Elian, esa convicción se volvía frágil, casi insuficiente.
—Tal vez confundí respeto con abandono —susurró.
Recordó los rostros endurecidos. Las palabras que justificaban el dolor. La fe torcida que crecía como una estructura invisible, firme, racional. Recordó la mirada de Elian, dividida entre la lógica y la pérdida. Y entonces el peso cayó completo.
—Fracasé —dijo, esta vez sin rodeos—. Me fui cuando debía permanecer.
Las alas temblaron. Luzbel, el Lucero de la Mañana, el que había brillado antes de toda aurora, sentía algo que no había sentido ni siquiera en su caída: la inutilidad. No del poder, sino del propósito.
—¿De qué sirve la luz —preguntó al vacío— si nadie la quiere?
El silencio respondió durante un largo instante. No hubo trueno. No hubo resplandor cegador. Solo una presencia..No descendió. No se manifestó con forma. Simplemente estuvo. Y Luzbel lo supo.
—Padre —susurró, sin alzar la voz.
La respuesta no fue un sonido, sino una comprensión directa, clara, envolvente, que no anulaba el dolor sino que lo contenía.
No has fracasado.
Luzbel cerró los ojos.
—La ciudad eligió —respondió— Y yo me aparté.
Te apartaste para no dominar.
La certeza era serena, sin reproche.
—Pero al hacerlo… los dejé solos.
No.
La palabra no fue negación, sino precisión.
La luz no siempre permanece donde es rechazada. A veces se retira para no corromperse. Eso también es fidelidad.
Luzbel sintió un estremecimiento.
—Elian empezó a creer en la lógica de Migael —dijo— Yo lo vi. Y me fui.
Hubo una pausa, profunda como el origen.
Y aun así, él te buscó.
Luzbel abrió los ojos de golpe.
—¿Qué?
En el momento en que te alejaste, comprendió el costo real de esa lógica.
La comprensión atravesó a Luzbel como un rayo silencioso.
—¿Entonces no está perdido?
Ni él, ni la ciudad.
Luzbel apretó los puños.
—Pero eligieron el dolor. Eligieron llamarlo virtud.
Eligieron comprenderlo. No adorarlo.
La diferencia era sutil. Y decisiva.
—Padre —dijo con la voz quebrada—. Yo no sé cómo luchar contra esto sin imponerme.
La presencia se volvió más cercana, no como cercanía física, sino como alineación.
No te envié a salvar mediante la imposición. Te envié a permanecer cuando otros se endurecen. A recordar, no a forzar.
Luzbel respiró hondo.
—¿Y si vuelvo y vuelven a rechazarme?
Entonces volverás a elegir.
No había promesa de triunfo. No había garantía de aceptación..Solo confianza.
La humanidad no está perdida porque aún duda. Y donde hay duda, hay grieta.
Luzbel sintió algo moverse en su interior. No un aumento de poder, sino un reordenamiento. Su luz no se intensificó. Se volvió más clara, más precisa.
—Entonces… ¿debo volver?
No aún.
La respuesta fue firme. Luzbel alzó la mirada.
Primero debes aceptar que tu misión no es ser necesario, sino ser fiel. Aun cuando eso implique ser rechazado.
El Lucero de la Mañana comprendió, con una mezcla de dolor y alivio, que su error no había sido retirarse. Había sido creer que retirarse era el final.
—Guíame —pidió—. No como antes. Como ahora.
La presencia se expandió suavemente.
La ciudad aprenderá el costo de su elección. Elian aprenderá el peso de la soledad. Y tú aprenderás a volver sin reclamar.
La luz que habitaba a Luzbel respondió, no con explosión, sino con estabilidad. Sus alas recuperaron brillo, no deslumbrante, sino firme, como un amanecer que no exige ser mirado.
—No están perdidos —repitió, como una verdad recién comprendida.
No.
El silencio regresó..Pero esta vez no fue vacío.
Luzbel desplegó las alas con decisión tranquila. No volvió de inmediato hacia la ciudad. Tampoco se alejó más. Permaneció en ese umbral, vigilante, atento, dispuesto a regresar cuando la luz ya no fuera vista como amenaza, sino como compañía.
Y en algún lugar, muy abajo, un joven de ojos celestes comenzaba a caminar hacia él..La misión no había terminado..Apenas había cambiado de forma.