Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Cuando nadie mira al cielo

I. El camino de Elian

Elian dejó la ciudad al amanecer.

No hubo despedidas ni promesas. No llevaba nada más que ropa sencilla y el peso de una decisión que ya no podía postergar. La ciudad quedaba atrás, envuelta en su rutina endurecida, funcionando con una precisión casi admirable. Nadie notó su partida. Nadie lo llamó. Y eso dolió más de lo que esperaba.

Caminó durante horas, guiado por una certeza imprecisa pero firme: Luzbel no estaba lejos, solo fuera del alcance de la lógica humana. No sabía cómo encontrarlo. Solo sabía que debía intentarlo.

A cada paso, el murmullo de la ciudad se debilitaba, pero no su eco interior. Las palabras de Migael seguían ahí, ordenadas, tentadoras, razonables.

El sufrimiento enseña. La ayuda debilita..La fortaleza nace en soledad.

Elian se detuvo en un descampado, con la respiración agitada.

—No —dijo en voz alta— La fortaleza no nace en soledad. Nace cuando alguien se queda.

Y por primera vez desde la partida de Luzbel, sintió resistencia dentro de sí. No rechazo frontal a la lógica de Migael, sino grietas. Dudas. Fricciones internas que ya no podía ignorar.

Comprendió algo esencial: había aceptado esa lógica no porque fuera verdadera, sino porque le daba alivio. Convertía el dolor en algo soportable. En algo que no exigía respuesta inmediata. Pero ahora, lejos de la ciudad, sin ruido que lo distrajera, el dolor volvía a ser solo dolor. Y no tenía sentido. Elian siguió caminando.

II. El costo de elegir

En la ciudad, las consecuencias empezaron a manifestarse sin estruendo. No como castigo divino. No como plaga ni desastre. Como desgaste humano.

Los hospitales se llenaron de personas que llegaban tarde, demasiado tarde, porque nadie había intervenido a tiempo. Los conflictos domésticos se volvieron más frecuentes, más silenciosos, más normalizados. La frase “no es asunto mío” se volvió moneda corriente.

Los grupos que predicaban la fortaleza a través del sufrimiento crecieron, pero con ellos creció también algo inesperado: culpa. Una culpa sorda, que no encontraba dónde descargarse. Algunos empezaron a quebrarse. No públicamente. No de forma espectacular. Simplemente dejaban de levantarse.

La ciudad seguía funcionando, pero ahora había huecos. Personas ausentes. Sillas vacías en trabajos, en aulas, en mesas familiares. Nadie hablaba de ello. Se decía que era parte del proceso. Migael observaba con atención. No con júbilo. Con interés.

—Todavía dudan —murmuró, sintiendo las fisuras—. Todavía sienten el peso.

Sabía que ese peso podía volverse contra él si no lo contenía. El sufrimiento glorificado tenía un límite: cuando dejaba de ennoblecer y empezaba a devorar. Necesitaba que la ciudad no colapsara todavía.

III. El umbral

Luzbel permanecía en el límite entre planos. No vigilaba la ciudad con ansiedad. No intervenía. Esperaba. No como quien aguarda una señal espectacular, sino como quien escucha un cambio de tono en una melodía lejana.

Sentía el desgaste humano..Sentía la ausencia de Elian. Y, por debajo de todo, sentía algo nuevo arrepentimiento colectivo.

No explícito. No formulado..Un cansancio distinto, que ya no se justificaba con orgullo.

—Aún no —murmuró para sí— Todavía no es el momento.

Sus alas, recogidas, vibraban con una luz estable, contenida. No deseaba ser visto. No deseaba ser invocado. Deseaba no estorbar el proceso humano, incluso cuando ese proceso dolía. Entonces lo sintió. Una presencia conocida, agotada, herida, pero decidida. Elian.

Luzbel no se volvió de inmediato. Sabía que el encuentro no podía ser precipitado. Sabía que Elian necesitaba llegar sin ser guiado.

Elian apareció al borde del claro al atardecer. Estaba sucio, cansado, con los ojos hundidos y la expresión de quien ha dejado atrás una certeza falsa.

—No sabía si te iba a encontrar —dijo, sin avanzar.

Luzbel se volvió lentamente. No desplegó las alas. No brilló. Solo estuvo.

—No estabas perdido —respondió—. Estabas aprendiendo el costo.

Elian bajó la mirada.

—Me equivoqué —dijo—. No en dudar… sino en creer que el dolor podía reemplazar a la presencia.

El silencio entre ellos fue largo, pero ya no era ruptura.

—La ciudad —continuó Elian— Está pagando su elección. Y yo fui parte de eso.

Luzbel dio un paso hacia él.

—Ser parte no te condena —dijo—. Negarlo sí.

Elian levantó la vista, con los ojos llenos de una determinación nueva.

—Quiero volver —dijo— No para salvarlos. Para no abandonarlos.

Luzbel lo observó con atención profunda.

—Entonces entendiste —respondió—. Volver no es imponer. Es arriesgarse a ser rechazado otra vez.

Elian asintió.

—Estoy dispuesto.

Luzbel cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, las alas se desplegaron con lentitud, sin estruendo, como un amanecer que no exige ser celebrado. La luz no cegó. Acompañó.

—Entonces caminaremos juntos —dijo— No como antes.

—¿Y Migael? —preguntó Elian.

Luzbel miró hacia la ciudad lejana.

—Migael perderá cuando el sufrimiento deje de ser virtud —respondió— Y eso solo ocurre cuando alguien se queda.

Elian respiró hondo.

—Entonces no me voy.

Luzbel asintió. Y juntos dieron el primer paso de regreso. No hacia una ciudad agradecida. No hacia una victoria clara. Sino hacia un mundo que aún podía ser humano.

Y mientras el cielo permanecía en silencio y la ciudad empezaba a sentir el peso de su elección, la luz regresaba sin promesas, pero con una verdad firme. La oscuridad avanza rápido..La luz permanece.




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