Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Las guerras que no salvan

La guerra visible puede ganarse, la verdadera guerra no.

El cielo no se rompió de inmediato..Primero tembló. No como lo haría una bóveda de piedra, sino como un espejo de agua cuando algo inmenso se mueve bajo la superficie. Las nubes se abrieron en capas superpuestas, revelando planos que no pertenecían ni al mundo humano ni al Paraíso, regiones fronterizas donde la creación aún recordaba el impacto de antiguas batallas.

Allí comenzó la guerra. No sobre la ciudad.
No frente a los hombres. Sino en los márgenes de la existencia.

Luzbel permanecía en el umbral, suspendido en el aire, con las alas recogidas y la luz contenida como una respiración profunda. Desde esa altura contemplaba el despliegue de las huestes celestiales, descendiendo como relámpagos vivos hacia las grietas abiertas por la oscuridad. El primer choque fue silencioso.

Un ángel atravesó el velo entre planos con la espada en alto, su armadura forjada de luz antigua, y al otro lado lo esperaban las criaturas del Abismo: cuerpos imposibles, alas desgarradas, mandíbulas abiertas como grietas en la realidad. Cuando las hojas de luz impactaron contra la carne oscura, el sonido fue el de un mundo siendo corregido a la fuerza. Explosiones de energía sacudieron el vacío.

Los ángeles avanzaban en formaciones perfectas, alas desplegadas como murallas vivientes. Cada golpe era preciso. Cada movimiento, aprendido en eras donde la guerra era un lenguaje conocido. Las espadas trazaban arcos luminosos que cortaban demonios en fragmentos humeantes, desintegrándolos en polvo oscuro que se disolvía antes de tocar nada.

Los demonios retrocedían y regresaban. Una y otra vez. Como si la derrota física no significara nada. Desde lo alto, Luzbel lo veía todo.

Veía a los serafines envolver el cielo en círculos de fuego blanco, incinerando enjambres enteros de criaturas infernales. Veía a los querubines lanzarse como flechas vivientes, atravesando cuerpos oscuros con lanzas de pura voluntad. Veía arcángeles levantar escudos de luz que resistían embates capaces de fracturar montañas.

Era una coreografía perfecta. Hermosa.
Devastadora. Y, sin embargo…

—Nada cambia —murmuró.

Un demonio cayó atravesado por una espada de luz, su cuerpo desintegrándose en fragmentos que no sangraban, sino que se convertían en sombras densas, vapores oscuros que eran absorbidos por las grietas del plano. Luzbel frunció el ceño. No regresaban al Abismo. Se filtraban. Las batallas se multiplicaron.

En otro punto del cielo fragmentado, una legión entera de ángeles descendía como una tormenta ordenada, aplastando una fortaleza demoníaca erigida sobre restos de realidades muertas. Torres de hueso y obsidiana colapsaron bajo el impacto de martillos de luz. Los gritos de las criaturas infernales resonaron como ecos rotos, desprovistos de súplica. Los ángeles ganaban. Siempre ganaban. Pero cada victoria dejaba algo atrás.

Luzbel lo sintió como una vibración incómoda en su interior, una disonancia que no provenía del combate sino de lo que escapaba del mismo. Cada demonio derrotado dejaba una estela intangible, una especie de residuo conceptual que no podía ser cortado con espadas. Miedo. Orgullo. Indiferencia. No eran entidades. Eran semillas.

—Migael —susurró— Esto también lo calculaste.

Un arcángel descendió cerca de él, cubierto de luz y cicatrices recientes.

—Los estamos conteniendo —dijo, con voz firme—. Las huestes del Abismo retroceden.

Luzbel no apartó la mirada del campo de batalla.

—¿Y sentís que estamos ganando?

El arcángel dudó.

—Militarmente sí.

Luzbel asintió.

—Eso temía.

El arcángel quiso decir algo más, pero fue llamado de inmediato a otro frente. Desplegó las alas y se lanzó al combate sin mirar atrás. El cielo seguía ardiendo.

Espadas chocaban. Alas se desgarraban. La luz cortaba la oscuridad con una precisión casi quirúrgica. Cada batalla era digna de ser cantada en himnos antiguos. Cada victoria, irrefutable. Y aun así, Luzbel sentía que observaba una repetición inútil.

En uno de los planos más inestables, un grupo de demonios intentó rodearlo. No eran poderosos. Eran provocadores. Sus formas fluctuaban, como si no estuvieran completamente anclados a la realidad.

—El Lucero observa —se burlaron— Pero no lucha.

Luzbel giró lentamente. No desplegó todo su poder. No gritó. Solo abrió una de sus alas. La luz se expandió en silencio, envolviendo a las criaturas en un resplandor tan puro que sus cuerpos no resistieron ni un segundo. Se disolvieron sin dolor, sin gritos, sin restos. El vacío quedó limpio. Luzbel cerró el ala. No hubo satisfacción.

—Esto ya lo sé hacer —murmuró— Y no alcanza.

Volvió a observar. Las huestes celestiales seguían avanzando, empujando a los demonios hacia las grietas. En términos estratégicos, era una victoria impecable. Pero mientras más demonios caían, más el aire se cargaba de algo invisible, una densidad que no pertenecía al combate. Luzbel cerró los ojos. Y entonces los sintió. No demonios. Humanos. La ciudad.

Cada residuo oscuro que escapaba de las batallas encontraba eco en algún lugar del mundo humano. No como posesión directa, sino como idea. Como razonamiento endurecido. Como justificación del dolor.

—Estamos limpiando el cielo… —susurró— Y ensuciando la tierra.

El golpe de comprensión fue brutal. Las batallas continuaron durante lo que, para los ángeles, fueron horas; para el mundo humano, apenas segundos imperceptibles. Cuando la última grieta fue sellada y el último demonio expulsado de los planos liminales, el cielo volvió a estabilizarse. Las huestes celestiales se replegaron, exhaustas pero victoriosas. Silencio. Un silencio solemne, casi orgulloso.

—Hemos vencido —dijo alguien.

Luzbel descendió lentamente, posándose en el umbral una vez más. Miró el cielo restaurado, impecable, como si jamás hubiera sido atravesado.




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