Luzbel descendió sin prisa.
No porque dudara, sino porque cada metro hacia la ciudad implicaba aceptar una verdad que lo había perseguido desde su regreso del Abismo: la luz no se impone sin volverse tiranía. Y, aun así, dejar que la oscuridad crezca por omisión era otra forma de violencia.
El cielo, detrás de él, ya parecía intacto. Perfecto. Como si jamás hubiera temblado. Las huestes celestiales se replegaban con un orgullo silencioso, recogiendo espadas, cerrando formaciones, elevando cánticos bajos donde la victoria se pronunciaba como destino.
Pero Luzbel no cantó. Porque en la distancia, en el resplandor urbano que cortaba la noche, sentía lo que ninguno de ellos podía medir con armas:
La ciudad seguía endureciéndose. Y lo hacía con una paz inquietante. Volvió al borde del mundo humano como se vuelve a un lugar donde una vez se fue dejando algo sin terminar.
El aire cambió: denso, saturado de electricidad tenue, de polvo, de humo lejano, de respiraciones. La gravedad parecía un pensamiento obstinado que quería retenerlo. Cada sonido tenía peso: un motor, una risa, un grito remoto, el golpe de una puerta.
Luzbel ocultó su resplandor.
No por vergüenza, sino por respeto. Ya sabía lo que provocaba. Su presencia podía abrir grietas de fe o de odio, y ambas eran trampas. Necesitaba caminar como presencia humana, como sombra corriente en una ciudad que había decidido desconfiar de todo lo que brillara.
Cuando pisó la azotea de un edificio alto, el concreto le devolvió un frío real, terrenal. La ciudad se extendía debajo como un océano de luces blancas y amarillas. No era hermosa: era funcional. Una máquina que seguía girando aunque el corazón se oxidara.
—He vuelto —murmuró, sin promesa.
No buscó a Elian con la mente. No lo llamó. La última vez que lo hizo, el vínculo se tensó con culpa, con ideología, con miedo. Esta vez debía volver con otra forma de luz: la que no reclama. Descendió por escaleras de emergencia y salió a la calle. Nadie lo miró demasiado. Y esa normalidad le dolió como una bofetada.
Antes lo temían, lo adoraban o lo rechazaban con palabras. Ahora era peor: pasaba desapercibido. La ciudad no lo necesitaba. Había aprendido a vivir con la idea de que no había salvación, y esa idea se había vuelto orgullo.
El Lucero de la Mañana caminó por una avenida amplia, sintiendo el peso de cada mirada que se desviaba, de cada gesto indiferente. Observó a una mujer llorando sola en una parada de colectivo. Nadie se acercaba. No por crueldad explícita, sino por la nueva moral del lugar. No intervenir. No involucrarse. No debilitar. Luzbel se detuvo.
La tentación de imponer luz de envolver a esa mujer en calma con un solo acto le atravesó el pecho como una chispa. Bastaba con un pensamiento. Bastaba con recordarle al mundo lo que era la paz. Pero se contuvo. Se acercó como humano.
—¿Necesitás agua? —preguntó, ofreciendo una botella que había tomado de una tienda.
La mujer lo miró como si le hubiera ofrecido un insulto.
—No necesito nada —dijo, y su voz no contenía furia, sino una dureza aprendida— Estoy bien.
Sus ojos estaban rojos. Sus manos temblaban. Luzbel sintió la herida moral del lugar abrirse dentro de él.
—Está bien —respondió, dejando la botella en el banco, sin insistir.
Se alejó con el corazón apretado. Volver sin ser querido..Esa era la misión ahora. En un edificio de vidrio y pantallas, en una sala de reuniones iluminada por fluorescentes, un grupo de líderes sociales hablaba con serenidad. Personas admiradas, invitadas a programas, citadas en redes, repetidas por miles como si fueran brújulas.
No tenían símbolos. No tenían ritos. Tenían argumentos.
—La ciudad está cambiando —dijo uno, con sonrisa tranquila— Y el cambio duele. Es natural.
—Es crecimiento —agregó otra—. Estábamos demasiado acostumbrados a ser rescatados emocionalmente.
—Hay que dejar que la gente toque fondo —añadió un tercero— Solo así se fortalece. Sin interferencias.
La palabra interferencias fue pronunciada como si se tratara de contaminación. En un rincón de la sala, invisible para ellos, Migael sonrió sin boca. No necesitaba poseerlos. Le bastaba con dirigir su necesidad de sentido.
—No hablamos de crueldad —continuó la mujer— Hablamos de disciplina emocional. De responsabilidad. De dejar atrás el victimismo.
Todos asintieron. La idea se volvió consenso. Y el consenso, ley social. Migael, el general de la oscuridad, sabía que esa era la forma más elegante de dominar: lograr que las personas defendieran la jaula como si fuera libertad.
El costo no fue inmediato. Fue acumulativo. Los centros de salud se llenaron de casos que llegaban tarde: gente que aguantó demasiado porque pedir ayuda era vergonzoso. Crisis nerviosas ocultas. Depresiones tratadas como debilidad. Violencia doméstica interpretada como carácter. En los barrios, la solidaridad se volvió sospechosa.
Una vecina que antes llevaba comida a otra ahora evitaba tocar la puerta por miedo a ser vista como invasiva. Un amigo que antes preguntaba “¿cómo estás?” ahora se limitaba a reaccionar con un emoji neutro en redes. La ciudad se volvió un conjunto de islas orgullosas.
Y en ese orgullo, un cansancio nuevo comenzó a crecer. Luzbel lo sintió como un cambio en el aire: una fatiga colectiva que ya no podía sostenerse con discursos. La gente empezaba a quebrarse, pero lo hacía sin ruido.
Un hombre se desplomó en una vereda. Nadie se detuvo. Una joven gritó en un balcón, pidiendo ayuda. Nadie miró arriba.
Un niño lloró solo en una plaza. Los adultos apartaron la vista. La ciudad seguía funcionando. Pero el alma del lugar se estaba vaciando. Luzbel caminó entre esas escenas sin intervenir con poder. Y cada paso fue una punzada en su esencia.
—¿Cuánto más debo mirar sin romperme? —pensó.
La respuesta no vino del cielo. Vino del suelo. Un anciano, al ver al niño llorando, se acercó. Lento. Tembloroso. Se agachó con dificultad y le habló con voz suave.