Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

La luz que sobrevive en la sombra

La compasión no desapareció de la ciudad. Se volvió clandestina.

No hubo edictos ni decretos, ninguna ley escrita que prohibiera ayudar. No hacía falta. Bastó con la mirada ajena, con el murmullo desaprobador, con el peso social de una nueva moral que castigaba sin ensuciarse las manos. Ayudar se volvió sospechoso. Consolar, una debilidad. Acompañar, una interferencia.

Luzbel lo comprendió una noche, caminando sin resplandor por calles angostas donde las luces de neón no alcanzaban a borrar la oscuridad moral que se había asentado. Vio a una mujer abrir su puerta apenas unos centímetros para recibir a otra, temblorosa, herida. No intercambiaron palabras. Solo un gesto rápido, urgente. La puerta se cerró enseguida. Desde una ventana cercana, alguien observaba. No con odio. Con juicio.

—No debiste hacerlo —dijo una voz masculina, seca, cuando la mujer que ayudó intentó marcharse— Después se acostumbran.

Ella no respondió. Bajó la cabeza y se perdió entre las sombras. Luzbel sintió el golpe en lo más profundo de su esencia.

—Así sobrevive la luz ahora —murmuró—. A escondidas.

En otro punto de la ciudad, un hombre dejaba una bolsa con alimentos frente a una puerta y se alejaba antes de que alguien pudiera verlo. En una plaza, un adolescente se sentaba junto a otro sin decir nada, solo para evitar que estuviera solo. En hospitales, algunos enfermeros se quedaban unos minutos más, aun sabiendo que serían señalados por involucrarse demasiado.

La compasión no había muerto. Había aprendido a callar. Y ese silencio era peligroso. Mientras la ayuda se ocultaba, otra cosa emergía con fuerza inquietante.

No demonios. No sombras visibles. Personas. Hombres y mujeres carismáticos, con discursos claros, firmes, tranquilizadores. No gritaban. No amenazaban. Prometían orden, dirección, sentido.

—La ciudad necesita fortaleza —decían— No consuelo.

—El dolor no es el enemigo —repetían— Es la prueba.

—Hay que aprender a endurecerse —concluían— O seremos devorados por nuestra propia debilidad.

No eran poseídos..No estaban locos. Eran convencidos. Luzbel los observó desde la distancia, reconociendo en ellos algo peor que un demonio: la voluntad humana alineada con la oscuridad sin saberlo. Liderazgos nacidos del miedo y legitimados por el cansancio colectivo. Uno de ellos, un hombre de voz serena y sonrisa medida, hablaba ante una multitud pequeña pero atenta.

—No necesitamos salvadores —decía— Necesitamos disciplina emocional. Quien no soporta el dolor, arrastra a los demás con él.

La gente asentía. Luzbel sintió una punzada amarga.

—El infierno ya no necesita alas —pensó— Ahora tiene rostro humano.

Migael no estaba allí físicamente, pero su presencia era evidente. No como amo, sino como arquitecto. Había dejado que los humanos construyeran sus propios muros, orgullosos de su dureza. Y esos muros empezaban a aplastar.

Un joven fue expulsado de un grupo de apoyo por victimizarse demasiado. Una mujer perdió su trabajo por involucrarse emocionalmente con personas en crisis. Un anciano murió solo porque nadie quiso interferir. La ciudad producía sus propios monstruos.

Y los aplaudía. Esa noche, en los planos liminales, la guerra volvió a encenderse. Grietas invisibles se abrieron en los márgenes del mundo. Desde ellas, demonios intentaron avanzar, convocados no por rituales, sino por la resonancia humana. Cada acto de dureza, cada justificación del abandono, fortalecía esas fisuras. Las huestes celestiales respondieron de inmediato. El cielo se rasgó con alas y fuego.

Serafines descendieron como cometas blancos, espadas de luz trazando arcos imposibles en el aire. Demonios fueron despedazados en explosiones de sombra, sus cuerpos desintegrándose antes de tocar el suelo del mundo humano. Querubines cerraban grietas con símbolos antiguos, sellando planos con cantos que vibraban como campanas cósmicas. Era una batalla perfecta.

Hermosa.
Precisa.
Contundente.

Luzbel la observó desde el umbral. Podía intervenir. Podía desplegar sus alas y cambiar el curso del combate en un instante. Podía aniquilar legiones enteras, borrar grietas, imponer silencio. Y, por primera vez en toda su existencia eligió no hacerlo..No por indiferencia. Por comprensión.

—Si gano aquí —pensó— perderé allá.

Porque cada demonio destruido dejaba un residuo, una vibración que descendía hacia la ciudad como idea, como tentación. La guerra visible alimentaba la invisible.

Luzbel cerró los ojos mientras la batalla rugía a su alrededor. Un arcángel se acercó, herido, pero firme.

—¿Por qué no intervienes? —preguntó— Podemos vencerlos definitivamente.

Luzbel abrió los ojos.

—No esta guerra —respondió—. No así.

—Pero están avanzando.

—No —corrigió—. Están reaccionando.

El arcángel no comprendió del todo, pero vio algo en el rostro de Luzbel que lo hizo retroceder sin insistir.

Luzbel observó cómo los ángeles expulsaban a los demonios una y otra vez, sellando grietas, restaurando planos. Y supo, con una certeza que dolía más que cualquier herida, que esa victoria era necesaria… pero insuficiente. La batalla terminó.

Los cielos se cerraron.
Las grietas se sellaron.
Los demonios retrocedieron.

Y, sin embargo, la oscuridad seguía viva. En la ciudad. Cuando Luzbel volvió a pisar el mundo humano, lo hizo con una decisión distinta. No iba a combatir. No iba a convencer. No iba a salvar. Iba a permanecer.

Buscó los lugares donde la compasión aún respiraba en secreto: comedores ocultos, casas donde se ayudaba sin anunciarlo, miradas que todavía se sostenían aunque temblaran. Allí se quedó. En silencio. Sin resplandor.

Algunos lo notaron. No sabían quién era, pero sentían algo distinto a su alrededor: no poder, no promesa presencia. Y eso incomodaba a los nuevos líderes.




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