Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

El umbral y las ciudades rotas

Elian comenzó a soñar con lugares que no existían.

No eran pesadillas. Tampoco visiones gloriosas. Eran fragmentos inconexos: pasillos de luz quebrada, escaleras suspendidas en un vacío dorado, alas inmensas cayendo en cámara lenta, y una voz siempre la misma pronunciando su nombre sin sonido.

Despertaba con el pecho ardiendo, los dedos entumecidos, la sensación de haber sido atravesado por algo que no sabía nombrar.

—No son sueños —murmuró una madrugada— Son recuerdos que no son míos.

Luzbel lo observaba en silencio desde la penumbra de la habitación. No intervenía. No tocaba su mente. Había aprendido tarde, dolorosamente que no todo lo que duele debe ser detenido.

—Estás volviéndote un umbral —dijo al fin.

Elian lo miró.

—¿Eso significa que me estoy perdiendo?

Luzbel tardó en responder.

—Significa que ya no sos solo humano —dijo— Pero tampoco pertenecés aún a ningún otro lugar.

Elian bajó la mirada, inquieto.

—Entonces ¿por qué yo?

Luzbel cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había en ellos una sombra antigua.

—Porque tu mente no se defiende —respondió—. Escucha. Y lo que escucha, lo deja pasar.

Eso era lo que Migael había visto desde el principio. No un soldado. No un recipiente. Un puente. Mientras Elian se transformaba sin entenderlo del todo, la ciudad comenzaba a romperse..No hubo explosiones. No hubo incendios. La ruptura fue silenciosa y definitiva.

Barrios enteros se volvieron clínicos, eficientes, casi inhumanos. Nadie se detenía. Nadie preguntaba. Todo funcionaba, pero nadie vivía realmente allí. Las miradas eran rectas, vacías, enfocadas solo en avanzar.

Otros sectores cayeron en un silencio denso, como si el lenguaje mismo se hubiera vuelto peligroso. Casas cerradas. Ventanas oscuras incluso de día. Personas que evitaban cruzar miradas por miedo a lo que pudieran despertar.

Y, dispersos como islas frágiles, surgieron pequeños núcleos donde la compasión persistía pero a un precio alto. Quien ayudaba, perdía algo: reputación, trabajo, seguridad. Aun así, algunos seguían haciéndolo. La ciudad ya no era una sola. Era un mosaico de decisiones incompatibles.

Elian lo sentía cada vez que caminaba por sus calles. Su cabeza zumbaba, como si múltiples realidades intentaran ocupar el mismo espacio dentro de él. A veces, al cruzar de una zona a otra, veía cosas que no estaban allí: alas plegadas en esquinas, sombras que no proyectaban cuerpos, rostros humanos superpuestos con algo más antiguo.

—Se está filtrando —dijo una noche—. Todo se está filtrando a través de mí.

Luzbel no lo negó.

—La ciudad se está fragmentando —respondió—. Y vos sos uno de los pocos puntos donde esas fracturas se tocan.

Elian sintió miedo. No de morir. De no saber quién sería cuando todo terminara. Esa noche, Luzbel recordó..No como un recuerdo humano, sino como lo hacen los ángeles: de forma total, sin bordes, sin consuelo.

Recordó su caída. No el momento del juicio. No el abismo. Recordó la elección. Un tiempo antiguo, cuando el cielo aún no conocía la fractura. Cuando el orden era perfecto, pero rígido. Recordó haber visto, por primera vez, la posibilidad del dolor humano antes de que existiera. Haber comprendido que la libertad implicaría sufrimiento… y haber aceptado ese riesgo.

—Si no pueden elegir —había dicho entonces—, no vivirán. Solo existirán.

El Padre había guardado silencio. Y en ese silencio, Luzbel había decidido quedarse cuando debía obedecer. No fue orgullo. Fue compasión anticipada. Ahora, siglos después, comprendía la ironía cruel: estaba otra vez frente a la misma elección, solo que esta vez no había cielo firme al cual volver si se equivocaba.

—Estoy repitiendo mi caída —susurró.

Elian lo escuchó.

—No —dijo con una convicción que lo sorprendió a él mismo—. Esta vez no estás solo.

Luzbel lo miró. En ese instante, comprendió algo que lo estremeció: Elian no solo era un umbral entre planos era también un espejo. En él veía reflejada la razón por la que había caído la primera vez. No por soberbia. Sino por negarse a abandonar. Migael apareció en sueños. No para Elian. Para Luzbel.

Se presentó en un espacio neutro, una especie de vacío sin cielo ni tierra, donde las formas apenas se insinuaban. Su figura era serena, intacta, imposible de asociar con el caos que había sembrado.

—La ciudad se está adaptando —dijo—. Se está purificando.

—Se está rompiendo —respondió Luzbel.

—Toda evolución implica ruptura —replicó Migael—. Vos lo sabés mejor que nadie.

Luzbel no se movió.

—No uses mis recuerdos para justificarte.

Migael sonrió levemente.

—No necesito justificarlos. Solo señalar que estás cometiendo el mismo error.

—¿Quedarme? —preguntó Luzbel.

—Creer que podés acompañarlos sin intervenir —dijo Migael—. Creer que no elegir también es una elección neutra.

Luzbel sintió el golpe.

—¿Qué querés de Elian? —preguntó.

Migael lo miró con algo parecido a respeto.

—No quiero poseerlo —respondió—. Quiero que el mundo pase a través de él. Que el cielo y la tierra dejen de ser opuestos. Que el conflicto termine.

—A costa de su identidad —dijo Luzbel.

—A costa de la identidad humana —corrigió Migael—. Que ya está fallando.

El silencio se tensó.

—Si la humanidad me elige —continuó Migael—, no podrás detenerme sin convertirte en lo que siempre temiste ser.

Luzbel despertó con el corazón encendido. Elian estaba sentado en el suelo cuando Luzbel volvió en sí. Tenía los ojos abiertos, pero no parecía estar mirando nada concreto.

—Lo vi —dijo—. Vi el cielo… pero no como un lugar. Como una herida cerrándose.

Luzbel se arrodilló frente a él.

—Escuchame —dijo con firmeza suave—. No sos una herramienta. No sos un puente si no querés serlo.

Elian lo miró, con lágrimas silenciosas.

—Pero si no lo soy yo… ¿quién?




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