Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Las marcas que no se borran

Luzbel no cayó.

Se sostuvo de pie por pura voluntad, aun cuando el mundo parecía inclinarse a su alrededor. El aire pesaba como si cada partícula exigiera explicaciones. Sentía el pulso de la grieta anclada a su esencia, no como una herida abierta, sino como un nudo vivo, tenso, que vibraba con recuerdos que no le pertenecían del todo..Respiró hondo.

El dolor no era nuevo; lo conocía desde la caída. Pero esta vez tenía otro sabor: no era castigo ni exilio, sino carga compartida. Una presión constante, como si sostuviera un puente con el propio cuerpo..Sus manos temblaron.

Por primera vez desde que descendió a la tierra, su luz no respondió de inmediato. No se extinguió, pero se volvió errática, más íntima, menos obediente. La autoridad que antes emanaba sin esfuerzo ahora debía ser convocada con cuidado, como si el mundo le pidiera permiso para seguir creyendo.

—Así se siente —murmuró—. Así se siente quedarse.

Caminó unos pasos y el suelo pareció resistirse, como si la gravedad recordara su naturaleza ajena. Las sombras se alargaron con una fidelidad incómoda; ya no huían de él. Lo acompañaban. Luzbel entendió entonces que algo esencial había cambiado: ya no era solo un enviado. Había aceptado una porción de lo humano, no como disfraz, sino como consecuencia.

No había vuelta atrás. Elian abrió los ojos con una claridad extraña.

No recordó el dolor de inmediato. Recordó el silencio posterior, el peso cálido de un pecho sosteniéndolo, una presencia que no lo empujaba ni lo reclamaba. La habitación era pequeña, con una luz tenue filtrándose por una persiana rota. El polvo flotaba lento, como si el tiempo se hubiera desacelerado. Parpadeó. El mundo se veía más profundo.

No más brillante. Más estratificado. Como si cada objeto tuviera capas de significado superpuestas: la mesa, con la memoria de manos apoyadas; la pared, con ecos de discusiones pasadas; la ventana, con la nostalgia de miradas que esperaron algo.

—Luc —susurró.

Luzbel estaba sentado cerca, con el rostro pálido y los ojos encendidos de una luz cansada. No se movió de inmediato; lo observó como quien verifica un pulso invisible.

—Despertaste —dijo al fin.

Elian intentó incorporarse. Un mareo breve lo obligó a detenerse.

—Sigo aquí —dijo, sorprendido— Sigo siendo yo.

Luzbel asintió.

—Eso era lo importante.

Elian cerró los ojos un segundo y luego los abrió, concentrándose.

—Pero algo cambió.

No fue una pregunta.

—Sí —respondió Luzbel—. Sin posesión. Sin reemplazo. Pero con marcas.

Elian levantó la mano. La observó con atención, como si esperara ver algo distinto. No había nada visible. Sin embargo, sentía. Sentía los pliegues del mundo, los bordes donde las decisiones humanas rozaban lo irreparable.

—Puedo escuchar —dijo—. No voces. Intenciones. Donde el mundo se está forzando.

Luzbel tragó saliva.

—Eso te vuelve peligroso —dijo—. Y valioso.

Elian bajó la mirada.

—No quería ser un puente.

—No lo sos —corrigió Luzbel—. Sos un nudo. Y los nudos no dejan pasar sin modificar.

Elian respiró hondo, asimilando.

—¿Te lastimé?

Luzbel negó lentamente.

—Me elegí —respondió—. Es distinto.

Con el amanecer, las consecuencias se volvieron evidentes. Luzbel caminó por la ciudad y sintió resistencias donde antes había fluidez. Lugares que lo rechazaban suavemente, como si el mundo hubiera aprendido a oponer una inercia mínima a su paso. No hostil. Precavida.

Las personas no lo veían distinto, pero lo sentían. Algunos se inquietaban sin saber por qué. Otros se calmaban. Nadie permanecía indiferente. Y en los planos que no se tocan con los ojos, algo se reacomodaba.

La grieta compartida generaba ondas. No abría portales, no convocaba demonios; hacía algo más sutil: desordenaba certezas. Donde Migael había impuesto un orden rígido, surgían dudas. Donde la dureza se había vuelto ley, aparecía el cansancio de sostenerla. Luzbel comprendió el riesgo.

—Si sigo cargando esto —dijo— voy a perder acceso a partes del cielo.

—¿Y si no lo hacés? —preguntó Elian.

Luzbel lo miró con una honestidad que dolía.

—Vos te romperías.

Elian apretó los labios.

—Entonces seguimos así.

Luzbel cerró los ojos un instante.

—Seguimos —repitió.

Esa noche, Elian salió solo por primera vez. No por desafío. Por necesidad. Caminó por un barrio donde la fragmentación era evidente: una calle silenciosa y clínica desembocaba en otra donde la gente se ayudaba a puertas cerradas. Sintió el tirón interno, la tensión del nudo.

Se detuvo frente a una mujer que lloraba en una escalera. No dijo nada. Se sentó a su lado. Y algo ocurrió..No un milagro. No una curación. La mujer dejó de justificarse.

—Estoy cansada —dijo—. Y no sé si está bien decirlo.

Elian negó con la cabeza.

—Está bien —respondió—. No tenés que convertirlo en nada.

La mujer respiró. Solo eso..Desde lejos, Luzbel observó. Sintió el tirón en el pecho, la grieta vibrar con suavidad. No estaba cerrándose. Estaba aprendiendo a existir sin desgarrar.

—Así —murmuró—. Así se paga el precio sin perderlo todo.

Elian volvió horas después, exhausto.

—Puedo quedarme sin romperme —dijo—.Si no intento arreglar nada.

Luzbel apoyó una mano en su hombro.

—Y yo puedo sostener sin imponer —respondió—. Aunque me cueste el cielo.

Ambos guardaron silencio..Sabían que Migael no había terminado. Sabían que vendría una respuesta. Pero también sabían algo nuevo, frágil y poderoso:

La oscuridad no había previsto esto. No una luz triunfante. No una resistencia armada. Sino dos voluntades aceptando el costo de no abandonar. Y esa elección tan pequeña, tan humana estaba empezando a reescribir las reglas.




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