Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Lo que se pierde para permanecer

Luzbel lo comprendió al amanecer. No fue una revelación súbita, ni una advertencia del cielo. Fue algo mucho más humillante y, por eso mismo, más verdadero: intentó hacer algo simple y no pudo.

Quiso disipar el cansancio de Elian con un gesto mínimo de su poder, una caricia de luz apenas perceptible. Nada grandioso. Nada prohibido. Solo un alivio breve, casi humano.

La luz no respondió. No desapareció, pero se quedó quieta, densa, como si necesitara una razón más profunda para manifestarse. Luzbel retiró la mano lentamente, con el pecho oprimido por una certeza que ya no podía esquivar.

—Está ocurriendo —murmuró.

Elian lo miró, atento.

—¿Qué?

Luzbel tardó en responder. Observó sus propias manos, tan iguales a las humanas y, sin embargo, atravesadas por una historia que ya no obedecía las antiguas jerarquías.

—Mi poder no se está yendo —dijo al fin— Se está reorganizando.

Elian frunció el ceño.

—¿Eso es bueno?

Luzbel esbozó una sonrisa cansada.

—Es inevitable.

Intentó sentir el cielo. No como invocación, sino como vínculo. La respuesta fue tenue, lejana, como una estrella vista a través de una tormenta de polvo. El cielo no lo rechazaba pero ya no lo sostenía como antes.

—Estoy dejando de ser un eje —continuó—. Ya no puedo imponer equilibrio desde arriba.

Elian tragó saliva.

—¿Y desde abajo?

Luzbel lo miró. Y por primera vez, no tuvo una respuesta inmediata. Aquella fue la verdadera pérdida: no la disminución de poder, sino la pérdida de certezas absolutas. La luz que lo había definido durante eones estaba aprendiendo a moverse con otras reglas. Ya no fluía por jerarquía, sino por relación.

—Voy a tener que reaprenderlo todo —dijo— No como ángel sino como presencia.

Elian asintió lentamente.

—Entonces no estás cayendo —dijo—. Estás cambiando de forma.

Luzbel cerró los ojos un instante.

—Las dos cosas pueden parecerse demasiado.

Elian, por su parte, sentía el mundo cada vez con mayor intensidad. No como sobrecarga, sino como responsabilidad involuntaria. Las tensiones de la ciudad lo atravesaban como corrientes subterráneas. Sabía dónde una decisión iba a romper algo, incluso antes de que ocurriera. Sabía cuándo una palabra podía endurecer o aliviar.

Y eso empezó a ser peligroso. Porque saber no obliga pero tienta. Una tarde, mientras caminaba solo, sintió una concentración anómala de dolor en un edificio abandonado. No gritos. No caos. Algo peor: personas inmóviles en su sufrimiento, como si hubieran decidido no moverse más.

Elian se detuvo frente a la entrada.

—No es asunto mío —se dijo.

Pero la grieta vibró. No con urgencia. Con expectativa. Entró. Dentro encontró a un pequeño grupo de personas sentadas en el suelo, en silencio. No se miraban entre sí. No hablaban. Era una especie de renuncia compartida.

—No viniste a ayudarnos —dijo una mujer, sin levantar la vista— Viniste a confirmarnos que no vale la pena.

Elian sintió el golpe.

—No —respondió—. Vine porque sentí que algo se estaba… endureciendo.

—Eso es crecer —dijo un hombre—. Duele, pero se pasa.

Elian comprendió, con una lucidez peligrosa, que podía intervenir. No con control mental, no con imposición directa sino con estructura. Podía ordenar ese dolor, darle sentido, cerrar la grieta localmente.

— Solo esta vez, — pensó.

Cuando salió, el mundo parecía ligeramente distinto. No mejor. Más estable. Menos vibrante. Y esa estabilidad lo aterrorizó. Esa noche, Luzbel lo sintió. No como un estallido, sino como una alineación incorrecta. Un ajuste demasiado limpio. Demasiado eficiente.

—Elian —dijo con voz grave—. ¿Qué hiciste?

Elian bajó la mirada.

—No los controlé —se apresuró a decir—. Solo les di forma. Para qu no se rompieran.

Luzbel sintió la grieta tensarse.

—Eso es exactamente lo que Migael quiere —dijo, con dolor contenido—. Un mundo que funcione sin fisuras… y sin alma.

—Pero estaban cayendo —replicó Elian—. Vos mismo dijiste que quedarse también podía ser abandono.

—Quedarse no es ordenar —respondió Luzbel— Es acompañar el caos sin domesticarlo.

Elian apretó los puños.

—¿Y si no alcanza?

La pregunta quedó suspendida entre ambos como una amenaza. Luzbel lo miró con una mezcla de ternura y miedo.

—Entonces perdemos algo —dijo—. Pero si elegimos eficiencia sobre humanidad, perdemos todo.

Elian respiraba con dificultad.

—Sentí que podía evitarlo —confesó—. Sentí que, si no lo hacía yo, alguien peor lo haría.

Luzbel apoyó una mano en su hombro.

—Ese es el argumento más antiguo del mundo —dijo— Y siempre termina igual.

Elian cerró los ojos.

—Estoy cruzando una línea, ¿no?

—La estás tocando —respondió Luzbel— Y todavía podés retroceder.

La grieta vibró con fuerza, como si escuchara. El cielo no reaccionó. El abismo tampoco. Pero Migael sonrió, en algún lugar que no necesitaba coordenadas. Porque había visto algo esencial. Elian no era solo un umbral. Era una tentación viva. Y Luzbel, al renunciar a su antigua forma de poder, estaba quedando peligrosamente expuesto.

—Esto ya no es una guerra de fuerzas —murmuró Luzbel, mirando la ciudad dormida— Es una guerra de elecciones.

Elian lo miró, con miedo y determinación mezclados.

—Entonces decime qué elegir.

Luzbel tardó en responder. Por primera vez en su existencia, no tenía un mandato superior que ofrecer.

—Elegí lo que no te convierta en indispensable —dijo al fin—. Aunque duela.

Elian asintió lentamente. Pero en su interior, la duda ya había echado raíces. Y esa duda era exactamente el terreno donde Migael sabía sembrar.




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