Luzbel observaba la ciudad desde lo alto de un edificio abandonado. No necesitaba altura para verla mejor, pero el gesto le resultaba familiar: mirar desde arriba siempre había sido su posición natural.
Desde allí, las luces parecían insignificantes, dispersas, como luciérnagas atrapadas en un enjambre sin orden. El ruido humano gritos lejanos, motores, risas ocasionales le llegaba amortiguado, carente de sentido.
Durante siglos había caminado entre humanos sin que eso le pesara. La Tierra nunca le había resultado hostil. No le incomodaba su densidad ni su lentitud. No era eso lo que ahora lo inquietaba..Era lo que estaba empezando a pensar de ellos.
Los veía tropezar una y otra vez con los mismos errores. Repetir crueldades con nuevos nombres. Justificar la indiferencia, abrazar el egoísmo como si fuera madurez. La oscuridad no necesitaba forzarlos, bastaba con dejarlos ser.
—Tan frágiles —murmuró— Tan ruidosos.y tan pequeños.
La palabra se le clavó en el pecho apenas fue pensada.
Pequeños.
Ese pensamiento era antiguo. Demasiado antiguo. Luzbel cerró los ojos. Recordó el instante exacto no en tiempo, sino en conciencia en que algo semejante había germinado por primera vez en su alma. No había sido rebelión abierta. No había sido desafío. Había sido una certeza silenciosa:
Ellos no comprenden. Ellos no importan tanto.
Y de esa certeza había nacido el orgullo. No un orgullo vulgar, sino uno mucho más peligroso: el orgullo de creer que se sabe mejor, de creer que exterminar el error es más compasivo que tolerarlo. Abrió los ojos con brusquedad.
—No —dijo en voz baja—. No otra vez.
Pero la tentación estaba ahí, pulida, razonable. Si exterminaba la oscuridad ahora si la arrancaba de raíz sin medir consecuencias, la humanidad se salvaría incluso contra su voluntad. El daño colateral sería inevitable, sí, pero mínimo comparado con el orden que vendría después. El mismo razonamiento. La misma lógica impecable. El mismo abismo.
—Son prescindibles —pensó, y esa vez no fue un murmullo, sino una idea clara—. El mundo continuaría sin ellos.
Sintió entonces algo distinto. No culpa. Miedo. No a la caída, sino a lo fácil que resultaba volver a ese pensamiento. Elian apareció detrás de él sin hacer ruido.
—Te fuiste otra vez —dijo, con suavidad.
Luzbel no se giró.
—Los observo —respondió—. Y cada vez me cuesta más no… despreciarlos.
Elian se apoyó en la pared, respirando hondo antes de hablar.
—No tenés que quererlos —dijo—. Nadie te pidió eso.
Luzbel arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Ah no?
—No —repitió Elian—. Solo tenés que decidir qué vas a hacer a pesar de lo que pensás.
El Lucero de la Mañana lo miró entonces. De verdad. No como especie, no como símbolo. Como individuo.
—¿Sabés lo fácil que sería? —preguntó—. Bastaría con un acto. Uno solo. La oscuridad no tendría dónde esconderse.
—¿Y nosotros? —preguntó Elian—. ¿Dónde quedaríamos nosotros?
—Ustedes—Luzbel dudó—. Serían irrelevantes en el proceso.
Elian no se ofendió. No alzó la voz. Solo lo miró con una tristeza serena.
—Eso mismo pensás de mí cuando no te miro —dijo.
El golpe fue limpio. Preciso.
—No —respondió Luzbel de inmediato.
—Sí —insistió Elian—. Cuando te gana la tentación, me convertís en excepción. En excusa. En prueba de que todavía hay algo salvable pero no en regla.
Luzbel apretó los puños.
—Vos no sos insignificante.
—Lo soy —dijo Elian— Soy uno más. Y si yo importo solo porque soy distinto, entonces no importo de verdad.
El silencio entre ambos fue espeso..Luzbel sintió algo que no había sentido ni siquiera en su caída: vergüenza, no por lo que había hecho, sino por lo que estaba dispuesto a justificar.
—Ese pensamiento —confesó— El de verlos como prescindibles… es exactamente el que me perdió.
Elian se acercó un poco más.
—Entonces ya sabés cuál no elegir.
Luzbel alzó la vista al cielo nocturno, invisible detrás de la contaminación lumínica.
—El problema —dijo— es que exterminar la oscuridad sería tan fácil.
—Y salvar a la humanidad es difícil —respondió Elian — Por eso importa.
Luzbel cerró los ojos. Por primera vez desde que regresó, no deseó intervenir. No deseó juzgar. No deseó corregir. Solo resistir ese pensamiento cómodo y letal.
—Si vuelvo a creer que son pequeños —dijo— volveré a caer. Aunque gane la guerra.
Elian asintió.
—Entonces no ganes así.
Luzbel lo miró de nuevo, y en ese instante comprendió la verdad más incómoda de todas: El peligro no era la oscuridad. El peligro no era Migael. El peligro era tener razón y usarla sin amor. Y mientras Elian existiera frágil, contradictorio, humano, esa tentación no podría consumarse del todo.
No todavía.