Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Cuando la compasión no alcanza

La oscuridad no atacó de inmediato.

No como lo había hecho antes, con grietas visibles o presencias reconocibles. Esta vez eligió algo más eficaz: la crueldad sin espectáculo, el daño que no convoca testigos ni épica. Luzbel lo sintió antes de verlo. No fue un estremecimiento del aire ni un cambio en los planos invisibles. Fue una certeza amarga, casi doméstica: algo estaba ocurriendo y nadie iba a detenerlo.

—Se movieron —dijo, con la mirada fija en la ciudad— Y lo hicieron bajo.

Elian levantó la vista.

—¿Dónde?

—Donde duele más —respondió Luzbel—. Donde no hay salvadores.

No tardaron en encontrarlo. Un barrio pequeño, periférico, sin cámaras ni atención pública. Casas bajas, calles mal iluminadas, gente cansada que ya no esperaba nada. Allí, la oscuridad había actuado sin demonios visibles, sin posesiones grandilocuentes. Solo había dejado hacer. Un grupo de personas había decidido que alguien debía pagar. No por ser culpable. Por ser cómodo.

Un muchacho joven, apenas mayor que Elian, había sido señalado como origen de una desgracia menor: una pérdida, un error, una frustración acumulada. La lógica era burda, pero efectiva. El miedo necesitaba un rostro.

Cuando Luzbel y Elian llegaron, el daño ya estaba hecho. El cuerpo yacía en el suelo, torcido de una forma que no dejaba lugar a dudas. No había sangre en exceso. No había violencia espectacular. Solo la quietud final de algo que nadie había considerado importante. Elian se detuvo en seco.

—No —susurró.

Luzbel no dijo nada. Se arrodilló junto al cuerpo, no porque pudiera hacer algo, sino porque debía verlo. Sus manos no temblaron. Su rostro permaneció sereno. Pero en su interior, algo se tensó con una furia antigua.

—Esto —dijo al fin— es lo que ocurre cuando la oscuridad no necesita intervenir.

Elian cayó de rodillas también, con la respiración descompuesta.

—Podría haber sido yo.

Luzbel lo miró.

—Podría haber sido cualquiera —corrigió— Eso es lo que la vuelve eficaz.

Alrededor, las personas observaban desde lejos. Nadie se acercaba. Nadie lloraba. Algunos parecían incómodos, otros aliviados. El problema había sido resuelto.

Luzbel sintió la tentación elevarse con una claridad peligrosa.

Esto es lo que son. Esto es lo que eligen cuando no se los contiene.

La idea era perfecta. Redonda. Imposible de refutar.

—Son detestables —pensó—. Capaces de cualquier cosa con tal de no mirarse a sí mismos.

Elian se levantó de golpe.

—¡No! —dijo, casi gritando—. ¡No todos!

Luzbel alzó la vista lentamente.

—¿Cuántos se opusieron? —preguntó—. ¿Cuántos dieron un paso adelante?

Elian abrió la boca y no encontró respuesta. Ese silencio fue su primer fallo. Horas después, Elian seguía temblando. No por miedo. Por impotencia.

—Si hubiera llegado antes —repitió—. Si hubiera sentido esto antes…

—No lo sentiste —dijo Luzbel—. Y eso también es humano.

Elian apretó los dientes.

—No alcanza —dijo—. Quedarse, acompañar no alcanza cuando hacen esto.

Luzbel lo observó con atención. Había visto esa mirada antes. No en humanos.

En sí mismo.

—Cuidado —advirtió—. Estás empezando a razonar desde la herida.

Elian levantó la cabeza.

—¿Y vos no?

La pregunta lo atravesó.

—Sí —respondió Luzbel, sin mentir—. Por eso es peligroso.

Esa noche, Elian no durmió. Salió solo. No buscó ayuda. No avisó. Caminó por la ciudad con la mente en ebullición, siguiendo impulsos que no distinguían bien entre intuición y rabia. Sentía focos de dureza, puntos donde la indiferencia se había solidificado. Y eligió uno. Un lugar donde sabía que algo iba a repetirse.

No para acompañar. Para impedir. Cuando llegó, encontró a un grupo discutiendo. Las palabras eran duras, cargadas de resentimiento. Elian sintió el mismo patrón, la misma lógica previa al desastre. Y entonces falló. No de forma grandiosa. Falló como humano desesperado.

—¡Basta! —gritó—. ¡No tienen derecho!

Las miradas se volvieron hacia él, hostiles, defensivas.

—¿Y vos quién sos? —le respondieron—. ¿El juez?

Elian sintió la grieta vibrar. Por un instante, apenas uno, pensó en forzar la calma. En ordenar el caos. En evitar otra muerte a cualquier precio. Y lo hizo. No del todo. No como Migael..Pero lo suficiente.

Las voces se apagaron de golpe. Los cuerpos se tensaron. Las personas retrocedieron, confundidas, como si una mano invisible hubiera presionado sus pensamientos. El orden se impuso. El silencio fue absoluto. Elian respiró agitado.

—No —susurró— No quería…

Luzbel apareció detrás de él.

—Ya lo hiciste.

Elian se giró, horrorizado.

—Fue solo un poco —dijo—. Para que no…

—Para que no eligieran —completó Luzbel— Eso es lo que hiciste.

Elian bajó la mirada, devastado.

—Salvé vidas.

Luzbel lo miró con una tristeza profunda.

—Sí —dijo—. Y cruzaste la línea que yo temo cruzar desde hace siglos.

El silencio entre ambos fue insoportable.

—Decime —pidió Elian, con la voz quebrada—. ¿Qué tendría que haber hecho?

Luzbel tardó en responder. Porque no había una respuesta limpia.

—Tal vez fallar —dijo al fin—. Y cargar con eso. Como humano.

Elian se dejó caer en el suelo.

—Entonces los dejé morir por nada.

Luzbel se arrodilló frente a él.

—No —dijo con firmeza—. Los dejaste morir porque el mundo es cruel. Y creer que podés arreglarlo todo es el primer paso hacia algo peor.

Elian lloró en silencio. Y mientras lo hacía, Luzbel sintió cómo la tentación regresaba, más afilada que nunca:

Si ni siquiera él puede sostener esto ¿qué sentido tiene salvarlos?

Apretó los puños. No respondió a ese pensamiento. Todavía. Pero sabía que la oscuridad había logrado su objetivo..No necesitaba convencerlo. Solo empujarlo hasta el borde.




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