Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

El desacuerdo

Elian no volvió a mirarlo de inmediato.

Se quedó sentado en el suelo, con los brazos rodeando sus rodillas, respirando con dificultad, como si el aire de la ciudad se hubiera vuelto demasiado espeso para sus pulmones. El orden impuesto unos minutos antes seguía vibrando en el ambiente, una quietud artificial que no pertenecía al mundo.

Luzbel fue el primero en levantarse. No había furia en su rostro. Tampoco decepción abierta. Había algo peor: una serenidad tensa, contenida a la fuerza, como una llama obligada a no crecer.

—Esto no puede repetirse —dijo finalmente.

Elian levantó la cabeza.

—¿Y qué proponés? —preguntó, con la voz rota—. ¿Mirar cómo se matan entre ellos?

Luzbel lo observó con atención.

—Propongo no convertirnos en jueces —respondió—. Ni siquiera cuando creemos tener razón.

Elian negó con la cabeza, incrédulo.

—Vos viste lo que iba a pasar. Vos lo sabías.

—Sí —admitió Luzbel—. Y aun así, no tenía derecho a impedirlo por la fuerza.

Elian se puso de pie de golpe.

—¡Eso es fácil decirlo para vos! —espetó— Vos podés mirar la crueldad como un fenómeno. Yo no. Yo la siento en el cuerpo.

Luzbel no retrocedió.

—Y por eso mismo sos peligroso —dijo con calma—.Porque tu dolor puede convertirse en justificación.

El golpe fue certero. Elian se quedó inmóvil.

—¿Me estás comparando con él? —preguntó en voz baja.

Luzbel tardó un segundo de más en responder.

—Te estoy diciendo que estás empezando a recorrer el mismo camino —dijo— Y eso es lo que más temo.

Elian apretó los dientes.

—Entonces tal vez no debería estar con vos.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos como una grieta nueva, más sutil, pero no menos profunda. Luzbel lo miró fijamente.

—Tal vez —respondió— Porque si seguís a mi lado esperando que te diga cuándo intervenir vas a odiarme por no hacerlo.

Elian dio un paso atrás.

—Y si me voy —dijo—, voy a odiarme porhacer lo que hice hoy.

El silencio se volvió insoportable. No había villano allí. No había mentira. Solo dos verdades incompatibles.

—Necesito pensar —dijo Elian al fin.

Luzbel asintió.

—Lo sé.

No intentó detenerlo. No lo llamó cuando se alejó por la calle oscura, con los hombros tensos y la cabeza gacha. No extendió la mano. No lo siguió. Porque hacerlo habría sido otra forma de control. Y esa renuncia dolió más que cualquier enfrentamiento.

Elian caminó durante horas. La ciudad lo envolvía con su ruido indiferente, pero dentro de él todo estaba en silencio. No el silencio pacífico, sino el que queda después de un grito que nadie respondió.

Tal vez tiene razón, pensó. Tal vez crucé una línea.

Pero otra voz más baja, más insistente le susurraba algo distinto:

Si no lo hacía, alguien habría muerto.

Se detuvo en un puente peatonal, mirando el tráfico pasar debajo como una corriente ciega.

—No quería ser esto —murmuró.

Y, sin embargo, lo había sido..Por primera vez desde que conoció a Luzbel, no sintió su presencia. No porque el ángel se hubiera ido, sino porque Elian había levantado algo entre ellos: culpa, miedo, resentimiento no lo sabía..Eso lo asustó más que cualquier demonio.

—No quiero convertirme en él —susurró, sin saber a quién se refería.

La grieta dentro de él respondió con un pulso leve. No doloroso..No urgente. Expectante..Elian cerró los ojos.

—No —dijo—. No así.

Pero no volvió. No esa noche..Luzbel permaneció donde estaba mucho tiempo después de que Elian se fuera. La ciudad seguía funcionando. La gente seguía viviendo, discutiendo, durmiendo. La oscuridad no celebraba. No necesitaba hacerlo. Luzbel alzó la vista al cielo invisible.

—Esto es peor de lo que imaginé —murmuró— No porque fallen sino porque yo empiezo a entenderlos demasiado bien.

El pensamiento regresó, tentador, lógico:

Si los humanos no pueden sostener la libertad
¿no sería más compasivo quitársela?

Lo reconoció al instante. El mismo razonamiento. La misma pendiente. Apretó los puños.

—No —dijo con firmeza— No sin elección.

Pero la duda ya estaba sembrada. Y sin Elian cerca, sin esa mirada humana que lo obligaba a detenerse, la tentación tenía más espacio. La oscuridad no había ganado. Pero había logrado algo quizás más peligroso. Había separado al ángel de su ancla.

Y ahora, ambos Luzbel y Elian caminaban solos, convencidos de estar haciendo lo correcto sin saber cuánto tiempo podrían sostener esa certeza.




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