La noche no traía silencio; traía rutina.
Luces encendidas en departamentos pequeños, televisores murmurando tragedias repetidas, discusiones que no llevaban a nada, risas huecas que duraban lo justo para no pensar. Desde lo alto, la ciudad parecía un organismo cansado que se negaba a morir, aunque tampoco supiera vivir. Luzbel observaba sin moverse. No necesitaba ocultarse. No necesitaba mostrarse. En ese punto intermedio tan humano la oscuridad no era un enemigo externo, sino una consecuencia.
— No hacen falta demonios — pensó — Ellos solos sostienen esto.
Y fue entonces cuando la idea apareció. No como un impulso violento. No como una tentación grotesca. Apareció perfecta. Limpia. Silenciosa. Irrefutable.
Luzbel cerró los ojos y vio el entramado completo: la ciudad como una red de conciencias conectadas, pensamientos superpuestos, miedos replicados hasta el infinito. Vio el punto exacto donde la oscuridad se alojaba: no en actos, no en decisiones extremas, sino en la capacidad de elegir sin asumir consecuencias.
—Podría hacerse —murmuró.
No matar. No castigar. Borrar. No cuerpos, no memorias. Solo una capa sutil: la posibilidad misma de dañar desde la indiferencia..Un ajuste mínimo en la conciencia colectiva..Una corrección ética impuesta desde arriba.
La humanidad seguiría existiendo. Trabajaría, amaría, sufriría incluso. Pero ya no podría caer tan bajo. No habría linchamientos silenciosos. No habría crueldad compartida. No habría placer en la humillación ajena. No habría oscuridad.
—No lo notarían —susurró.
Y eso era lo más inquietante..No habría resistencia. No habría mártires..No habría guerra. La solución perfecta. Entonces, sin quererlo, recordó. No el cielo. No la caída. Recordó el pensamiento exacto.
Son incapaces de comprender lo que se les da.
No una acusación. Una observación. Ese fue el instante. No el castigo, no la rebelión, no el abismo. La forma de mirar. Luzbel abrió los ojos bruscamente. El mismo razonamiento. La misma claridad fría..La misma certeza peligrosa.
—Así empezó —dijo en voz baja.
No con odio. Con lógica. El recuerdo no venía acompañado de dolor, sino de vergüenza lúcida. De esa que no se puede justificar ni negar.
— No quise destruirlos — se dijo entonces —
Quise corregirlos.
Elian apareció en su memoria como una interrupción incómoda. No como símbolo. No como héroe. Como contradicción. Un humano frágil, contradictorio, capaz de fallar pero también de detenerse. Luzbel apretó los puños.
—Si aplico esto —pensó— incluso él dejaría de ser quien es.
Y por primera vez, la solución perfecta mostró su precio real. No era la muerte de la humanidad. Era su domesticación absoluta. Un mundo sin oscuridad y sin mérito..Luzbel sintió algo que no era duda, sino resistencia. No moral. No sentimental. Identitaria.
— Si hago esto —, pensó, — ya no seré quien regresó del abismo.
Volvió a mirar la ciudad. Los humanos seguían siendo pequeños.Contradictorios. A veces detestables. Nada había cambiado. Lo único distinto era él.
—No —dijo finalmente, con una calma dura—. No así.
La idea no desapareció. Permaneció allí, intacta, esperando. Como todas las soluciones verdaderamente peligrosas. Luzbel se dio la vuelta..Sabía que la oscuridad no necesitaba atacarlo.
Solo tenía que esperar a que él olvidara por qué cayó la primera vez. Y esa noche, por primera vez desde que descendió, Luzbel comprendió algo esencial: Salvar a la humanidad no significaba creer en ella. Significaba no decidir por ella, incluso cuando el desprecio parecía razonable.
Muy lejos, en un punto de la ciudad, Elian sintió un estremecimiento sin saber por qué. Como si algo inmenso hubiera decidido por ahora no caer.