Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Lo que no se dice

Elian despertó con la sensación de que algo había cambiado. No fue un sueño, ni una premonición clara. Fue más bien una ausencia. Como cuando una habitación sigue siendo la misma, pero alguien importante ya no está en ella. Se incorporó lentamente, con el pulso acelerado.

—Luzbel… —murmuró.

No obtuvo respuesta. No era la primera vez que el ángel se alejaba sin avisar, pero esta vez era distinto. No sentía distancia física, sino otra cosa: una quietud demasiado contenida, como si una fuerza inmensa se hubiese replegado sobre sí misma. Elian se llevó una mano al pecho.

—Decidiste algo —susurró— Y no me lo dijiste.

No había reproche en su voz. Solo una certeza incómoda. Desde que lo conocía, Luzbel siempre había sido una presencia clara, incluso cuando callaba. Ahora, en cambio, lo percibía como una llama cubierta por vidrio: intacta, pero separada.

Elian caminó por la ciudad con una inquietud nueva. No veía más demonios que antes.
No había disturbios visibles. Nada parecía fuera de lugar. Y sin embargo, todo estaba demasiado en orden. Las discusiones se apagaban rápido. Las miradas evitaban profundizar. La gente seguía su camino sin preguntarse nada.

—Esto no es paz —pensó—. Es cansancio.

Entonces lo entendió. Luzbel no había actuado pero había pensado. Y ese pensamiento había dejado una huella. Elian sintió miedo. No de Luzbel como enemigo, sino de lo que ocurriría si ese pensamiento volvía a imponerse con un solo gesto.

—No quiero ser la razón por la que te detengas —dijo en voz baja—. Pero tampoco quiero ser la excusa para que sigas.

Por primera vez, comprendió que estar a su lado no lo protegía del dilema. Lo colocaba dentro de él. Y eso era mucho más peligroso. Muy lejos de allí aunque no en otro lugar Migael observaba. No necesitaba ojos. La grieta le devolvía ecos, tensiones, cambios mínimos en el tejido de la voluntad. Y lo que sintió lo hizo sonreír con una calma absoluta.

—Ah —susurró— Recordaste.

No había frustración en su voz. Tampoco urgencia. Migael no esperaba que Luzbel cayera rápido. Nunca lo había hecho. Su fuerza no estaba en el impulso, sino en la claridad extrema.

—Siempre fuiste así —continuó— Demasiado lúcido para odiar… demasiado lúcido para amar sin condiciones.

Migael no necesitaba intervenir. El Lucero ya estaba enfrentando su verdadera prueba.

—Si destruyeras la oscuridad —murmuró— te convertirías en mí.
—Si la tolerás te convertirías en ellos.

Se permitió una pausa.

—Y si dudás… —sonrió—. Te quedás solo.

La grieta vibró apenas. Migael no avanzó. No ordenó nada. No infectó a nadie nuevo. Dejó que la ciudad siguiera funcionando, mediocre, gris, humana.

—Esperaré —dijo—. Siempre lo hago.

Porque sabía algo que los humanos ignoraban: Luzbel no caía por violencia. Caía por razón. Elian regresó al lugar donde sabía que lo encontraría. Luzbel estaba allí, mirando la ciudad como antes. Inmóvil. Magnífico. Peligrosamente sereno.

—No hiciste nada —dijo Elian.

—No —respondió Luzbel—. Todavía.

Elian respiró hondo.

—Pero pensaste en hacerlo.

Luzbel lo miró por primera vez en horas. No negó.

—Sí.

Elian sostuvo su mirada.

—¿Y qué te detuvo?

Luzbel tardó en responder.

—Vos —dijo al fin—. No como símbolo. Como contradicción.

Elian sintió un nudo en la garganta.

—Entonces no me apartes —pidió—. Porque si me apartás… solo te queda la lógica.

Luzbel cerró los ojos un instante.

—Y si te quedás —dijo—, te expongo a algo que no te corresponde cargar.

—Tal vez —respondió Elian—. Pero esta ciudad ya me carga igual.

El silencio que siguió no fue de ruptura. Fue de decisión suspendida. Ambos sabían que el próximo movimiento no sería pequeño. Ni visible. Ni reversible.

Y en algún punto invisible del mundo, Migael aguardaba, paciente, sabiendo que la batalla más importante aún no había comenzado. Porque no se libraría con alas ni con fuego. Sino con una sola pregunta:

¿Quién merece decidir por quién?




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