Lucero De La Mañana: El Regreso al Paraíso

Cuando la omisión también elige

La ciudad no cayó en llamas.

No hubo gritos colectivos ni cielos rasgados. Lo que ocurrió fue más insidioso: una sucesión de decisiones pequeñas, justificadas, razonables. Nadie sintió que estaba haciendo algo malo. Nadie se pensó monstruo. Eso era lo que la volvía perfecta.

Luzbel lo percibió con claridad dolorosa. Caminaba entre los humanos sin ser visto como lo que era, observando cómo las conversaciones cambiaban de tono, cómo las palabras necesario, inevitable y por el bien común empezaban a repetirse con una frecuencia inquietante. No había posesión. No había demonios visibles. Había ideas.

Algunos no merecen decidir.
Algunos no saben convivir.
Algunos son un riesgo.

La oscuridad había aprendido. Luzbel se detuvo en una plaza. Un grupo discutía en voz baja. No había furia; había convicción. Estaban organizándose para anticiparse a un posible problema. No hablaban de matar. Hablaban de aislar. De señalar. De prevenir.

—Esto ya lo vi —murmuró.

No como general celestial. Como alguien que había pensado igual. Sintió la presión interna crecer. La ciudad estaba llegando al punto exacto donde su intervención podía evitar una catástrofe… o crear otra peor.

Si actuaba, impondría un orden que los humanos no habían elegido conscientemente. Si no actuaba, permitiría que ese orden naciera igual, pero desde la crueldad compartida. Por primera vez desde que descendió, no decidir ya no era una opción neutral. En ese instante, Elian llegó corriendo.

—Luzbel —dijo, sin aliento—. Lo están haciendo otra vez.

No necesitó explicar.

—Esta vez no esperan que pase algo —continuó—. Están convencidos de que va a pasar.

Luzbel lo miró con gravedad.

—La convicción es más peligrosa que el miedo —respondió.

Elian apretó los puños.

—Entonces hacé algo.

La frase cayó entre ambos como un desafío.

—¿Qué esperás que haga? —preguntó Luzbel— ¿Que los obligue a detenerse?

—Espero que no los dejes hacerlo —replicó Elian— No esta vez.

Luzbel sostuvo su mirada.

—Si intervengo —dijo—, les quito la posibilidad de elegir. Incluso de equivocarse.

—Y si no intervenís —respondió Elian, con voz temblorosa— elegís dejar que destruyan a otros. No me digas que eso no es una decisión.

El golpe fue preciso. Luzbel guardó silencio. En lo profundo de la grieta, Migael sonrió. No habló. No apareció. Solo dejó que la lógica siguiera su curso.

Si actúas, sos tirano. Si no actúas, sos cómplice.

No había salida limpia.

—Esto es lo que querías —susurró Luzbel, sin saber si hablaba con Elian o con algo más antiguo— Forzarme a elegir entre dos errores.

Elian dio un paso adelante.

—No —dijo—. Esto es lo que yo quiero.

Luzbel lo miró, sorprendido.

—Quiero que elijas —continuó Elian—. No por ellos. No por vos. Por lo que decís que sos ahora.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Sabés por qué sigo acá? —preguntó Elian, con la voz rota— Porque sé que si decidís exterminarlos, yo voy a estar en contra. Y si decidís dejarlos caer, también. Pero si no decidís no puedo seguir a tu lado.

Luzbel sintió algo estremecerse en su interior. No era orgullo. No era rabia. Era el reconocimiento de que el humano estaba tomando partido.

—No te pedí que cargues con esto —dijo.

—Lo sé —respondió Elian— Lo hago igual.

En ese momento, la presión invisible se intensificó. No desde la ciudad, sino desde la grieta misma. Migael no empujaba con violencia; ofrecía claridad.

Podés resolver esto ahora. Podés impedir siglos de repetición.

Luzbel cerró los ojos. Vio, otra vez, la solución perfecta. Vio la ciudad ordenada, limpia, incapaz de caer tan bajo. Vio un mundo funcional y vacío de mérito. Y entonces entendió algo que no había querido aceptar: La humanidad no necesitaba ser salvada de la oscuridad. Necesitaba ser salvada de ángeles que deciden por ella. Abrió los ojos.

—No voy a intervenir —dijo.

Elian sintió que el aire se le iba de los pulmones.

—Entonces — empezó.

—Pero tampoco voy a mirar —continuó Luzbel— Voy a exponerlos.

Elian frunció el ceño.

—¿Cómo?

Luzbel alzó la mano, no para imponer, sino para revelar. No tocó sus mentes. No alteró decisiones. Simplemente retiró el velo. Las personas sintieron, de golpe, el peso completo de lo que estaban eligiendo. No culpa impuesta, sino conciencia desnuda. La incomodidad fue inmediata. Las palabras se apagaron. Las miradas se evitaron.

No todos retrocedieron. Pero algunos sí. Y eso bastó para romper la unanimidad. La oscuridad perdió cohesión. En la grieta, Migael dejó de sonreír.

—Interesante —murmuró— Elegiste el camino más lento.

Luzbel bajó la mano.

—Nunca fue rápido —respondió en voz baja— Solo fingí que podía serlo.

Elian lo miró, con lágrimas contenidas.

—No sé si va a funcionar —dijo.

—Yo tampoco —admitió Luzbel—. Pero esta vez no me estoy mirando a mí mismo cuando los juzgo.

Elian respiró hondo.

—Entonces sigo.

Luzbel asintió. Muy lejos o muy cerca, Migael comprendió algo esencial: Luzbel no había caído. Tampoco había vencido. Había elegido resistirse a ser perfecto. Y esa imperfección podía ser su mayor amenaza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.