Luzbel permaneció entre los humanos sin que ninguno supiera quién era.
No porque se ocultara —no del todo—, sino porque la humanidad rara vez mira hacia arriba cuando cree tener razón. Caminaba por calles estrechas, plazas mal iluminadas, estaciones de transporte donde el cansancio se acumulaba como una segunda piel. Nadie levantaba la vista. Nadie sentía la necesidad de hacerlo. Y eso, más que el odio, era lo que le resultaba insoportable. Los escuchaba hablar.
No con gritos, no con furia abierta, sino con una convicción tibia y peligrosa. Opiniones repetidas, frases heredadas, juicios emitidos sin reflexión. No eran monstruos. Eran personas convencidas de que el mundo les debía algo y de que alguien, en algún lugar, debía pagar por su frustración. Luzbel los observaba con una atención casi clínica.
— Así es como empieza,— pensó — No con violencia…sino con certeza.
Una mujer se quejaba de la inseguridad del barrio mientras culpaba a quienes no se parecían a ella. Un hombre justificaba la humillación pública de otro porque “algo habría hecho”. Un grupo entero asentía, satisfecho de haber encontrado una explicación simple para un problema complejo.
Luzbel sintió el impulso subir como una marea antigua. Podía callarlos. Podía mostrarles el peso real de sus pensamientos. Podía hacerlos comprender en un instante lo que tardarían generaciones en aprender. La solución perfecta volvió a presentarse, silenciosa, seductora.
— Un ajuste mínimo, — susurró la lógica.—
Solo un pequeño desplazamiento de conciencia.
Pero no se movió. Apretó los dientes. Se obligó a mirar. El desprecio humano no lo hería como antes. Ya no lo sorprendía. Lo que lo desgarraba era algo distinto: la facilidad con la que podía justificar exterminarlos sin sentirse cruel.
—No otra vez —murmuró.
Recordó con exactitud el instante de su caída, no como una escena grandiosa, sino como una idea limpia y peligrosa: ellos no están a la altura de lo que se les dio. No había odio en ese pensamiento. Había decepción. Superioridad tranquila. La convicción de que alguien más debía decidir. Y ahora ese pensamiento volvía, vestido de responsabilidad.
—No voy a salvarlos así —se dijo— No voy a repetirlo.
Así que eligió el camino más difícil: no intervenir. Cuando vio a un hombre humillado públicamente por una multitud digital, no tocó las mentes. Cuando una mentira se propagó más rápido que la verdad, no la deshizo. Cuando el desprecio se volvió norma, no lo castigó. Miró.
Y cada mirada era una renuncia. El desprecio humano no iba dirigido a él todavía, pero lo atravesaba. Porque cada vez que veía la crueldad, veía también lo fácil que sería erradicarla y lo monstruoso que sería hacerlo. Fue entonces cuando sintió a Elian. No su presencia física. Su temblor interno. Luzbel se detuvo en seco.
—No — susurró.
Muy lejos de allí, Migael había decidido moverse. Migael observaba desde la grieta con paciencia infinita.
No le interesaba la ciudad como conjunto. Nunca lo había hecho. Las masas eran previsibles, maleables, casi aburridas. Luzbel lo sabía. El error era creer que la oscuridad necesitaba multitudes. No. Solo necesitaba un punto débil con valor simbólico.
—El humano —murmuró Migael— Siempre es el humano.
Había probado presionar a Luzbel directamente. Había esperado. Había sembrado ideas, tensiones, dilemas. Y el Lucero había resistido no porque fuera más fuerte, sino porque se negaba a ser perfecto.
Eso lo volvía impredecible. Así que Migael cambió de objetivo. No atacaría la ciudad. No atacaría la humanidad. Atacaría aquello que aún anclaba a Luzbel a ella. Elian. No con posesión. No con violencia. Con comprensión. Elian estaba solo cuando ocurrió.
Caminaba por un barrio que ya no reconocía como propio. Las miradas eran distintas. Más largas. Más cargadas. Había leído su nombre demasiadas veces en redes sociales, siempre acompañado de palabras ambiguas: raro, problemático, sospechoso. No lo odiaban aún. Pero lo observaban.
Y la observación precede al juicio.
Se sentó en un banco, exhausto. Sentía la culpa todavía viva en el pecho. No por haber fallado, sino por haber comprendido demasiado tarde que hacer lo correcto no siempre salva.
—Tal vez él tenía razón — susurró, sin darse cuenta de que no estaba solo.
—¿Quién? —preguntó una voz suave, masculina, perfectamente humana.
Elian levantó la vista. Un hombre estaba sentado a su lado. Aspecto común. Ropa oscura. Ojos demasiado atentos. No había amenaza en él. Solo interés.
—El ángel —continuó el hombre— El que duda.
Elian se tensó.
—No sé de qué hablás.
—Claro que sabés —respondió Migael con una sonrisa mínima— Dudás igual que él.
Elian se puso de pie.
—No quiero problemas.
—Nunca los quisiste —replicó Migael— Y sin embargo, ahí estás.
Elian lo miró con desconfianza.
—¿Quién sos?
—Alguien que entiende lo difícil que es cargar con decisiones que otros no quieren tomar —dijo Migael— Alguien que sabe lo frustrante que es ver sufrir a inocentes mientras los poderosos debaten moral.
Las palabras se deslizaron como cuchillas suaves.
—Vos no querías controlar —continuó— Querías evitar otra muerte. Eso no es oscuridad. Es responsabilidad.
Elian sintió un nudo en el estómago.
—No —dijo— Crucé una línea.
—Solo porque te dijeron que existía —respondió Migael— Las líneas las dibujan quienes nunca estuvieron en el lugar donde vos estuviste.
Elian guardó silencio.
—Decime —insistió Migael—. Si hubieras actuado un segundo antes ¿habría muerto alguien?
Elian cerró los ojos.
—No.
—Entonces —dijo Migael— ¿por qué cargar con la culpa de quienes no hicieron nada?
El pensamiento era peligroso. Lógico. Demasiado lógico.
—Luzbel no estaría de acuerdo —dijo Elian, más para convencerse que para oponerse.