La ciudad no estaba preparada.
No para demonios.
No para ángeles.
Ni siquiera para la verdad.
Todo comenzó con un apagón. Uno breve, apenas unos segundos, lo suficiente para que el murmullo urbano se detuviera y el silencio tomara forma. Cuando las luces regresaron, lo hicieron de manera irregular, parpadeante, como si la electricidad dudara de su propio derecho a existir.
Luzbel lo sintió de inmediato. No fue una señal celestial ni una visión profética. Fue un desgarro. Una presión invisible que se abría paso entre edificios, grietas minúsculas en el aire mismo, demasiado pequeñas para ser vistas pero no para ser atravesadas.
—Ya no se esconden —murmuró.
Elian estaba a su lado cuando el suelo tembló por primera vez. No fue un terremoto. Fue algo peor: un latido. Las sombras se alargaron de forma antinatural. Las luces de los semáforos se distorsionaron. El aire se volvió denso, cargado de un olor metálico que no pertenecía a la noche.
—Luzbel… —susurró Elian, con la voz quebrada—. Esto es por mí.
El ángel no respondió. Miraba el cielo. Las nubes comenzaban a girar lentamente, formando un remolino oscuro sobre el centro de la ciudad. No había relámpagos, ni truenos. Solo un movimiento constante, deliberado.
—No —dijo al fin—. Esto es para que lo veas.
La primera grieta se abrió en mitad de una avenida. No explotó. No rugió. Simplemente cedió.
Del asfalto surgieron figuras deformes, humanoides, cubiertas de sombras vivas que parecían respirar. Sus ojos ardían con una luz enferma, no roja ni negra, sino de un gris profundo, como ceniza consciente. La gente gritó. El pánico estalló de inmediato.
—¡Corran!
—¡¿Qué es eso?!
—¡Ayuda!
Los demonios avanzaron sin prisa, seguros de sí mismos. No atacaban aún. Observaban. Buscaban. Elian sintió el tirón en su mente.
—Me están buscando —dijo, llevándose una mano a la cabeza— Me sienten.
Luzbel apretó los dientes.
—Entonces se equivocaron de presa.
No hubo más advertencias. El aire vibró cuando Luzbel desplegó sus alas. No fue un gesto contenido. No fue discreto.
Las alas iridiscentes se abrieron con un estruendo de viento y luz, llenando la calle entera. Colores imposibles recorrieron cada pluma como fuego líquido: dorados, azules, violetas, rojos suaves, vivos como un amanecer fragmentado. Los gritos humanos cambiaron de tono. Ya no eran solo de miedo. Eran de asombro.
—¿Qué… qué es eso?
—¿Un ángel…?
—¿Estamos soñando?
Los demonios reaccionaron al instante. Tres de ellos saltaron al mismo tiempo, deformando el aire a su paso. Luzbel se elevó con un solo movimiento y los recibió en el aire. La batalla fue brutal. Ala contra garra. Luz contra sombra.
Luzbel no gritó. No maldijo. Cada golpe era preciso, calculado. No buscaba exterminar, sino contener, desintegrar sin dañar lo que había detrás.
Un demonio fue atravesado por una lanza de luz y se deshizo en ceniza negra antes de tocar el suelo. Otro fue arrojado contra una fachada, dejando una grieta profunda en el concreto. Pero eran muchos. Demasiados.
—¡Luzbel! —gritó Elian.
Un demonio había logrado acercarse a él, deslizándose entre el caos, invisible para los humanos que huían. Su presencia era asfixiante, una presión directa sobre la mente. Elian cerró los ojos por reflejo. Y algo respondió. No fue un rayo. No fue un ataque.
Fue un silencio mental absoluto. La criatura se detuvo en seco, como si hubiera olvidado cómo existir. Su forma se fragmentó y cayó al suelo sin vida. Elian abrió los ojos, temblando.
—Yo… no quise…
Luzbel lo vio. Y por primera vez esa noche, sintió miedo. No por la oscuridad. Por lo que Elian podía llegar a ser si seguía siendo empujado.
Un rugido sacudió el cielo. Desde lo alto descendió una figura más grande, más densa. Un general oscuro, alas rasgadas, cuerpo cubierto de símbolos ardientes. No era Migael. Era un mensaje.
—Lucero de la Mañana —dijo la criatura, con una voz que resonó en todos los rincones—. Nuestro señor te observa.
Luzbel aterrizó frente a él, protegiendo a Elian con su propio cuerpo.
—Decile que no me interesa —respondió con frialdad.
La criatura atacó. El impacto fue devastador. Ambos se elevaron en combate, chocando contra edificios, rompiendo ventanas, haciendo vibrar la estructura misma de la ciudad. Cada golpe iluminaba el cielo nocturno como una guerra de estrellas caídas.
Luzbel comenzó a perder la paciencia. Lo sintió. La tentación volvió a abrirse paso: aniquilar, acabar con todo de una vez. La solución perfecta ardía en su mente.
—¡Luzbel! —gritó Elian, sintiendo el cambio— ¡No lo hagas!
El ángel dudó. Solo un segundo. Pero ese segundo fue suficiente.
Elian se levantó, ignorando el miedo, el ruido, los gritos humanos. Cerró los ojos y proyectó su voz directamente en la mente de Luzbel.
—Si los destruís así ya no me quedo.
El golpe fue más fuerte que cualquier arma. Luzbel rugió, pero no de furia. De contención.
Con un último ataque, atravesó al general oscuro con una espada de luz pura. La criatura se desintegró en una explosión de sombras que se disiparon como humo al amanecer. Los demonios restantes retrocedieron, arrastrándose de vuelta a las grietas. El silencio cayó de golpe. La ciudad quedó devastada, pero en pie. La gente observaba desde lejos, con miedo… y con algo más. Desconfianza.
—Mirá lo que trajo…
—Ese chico…
—Desde que aparecieron…
Elian bajó la cabeza.
—Lo sabía —susurró—. Ahora me van a odiar.
Luzbel miró a la multitud. Y sintió el desprecio humano sin intervenir. No los castigó. No los silenció. Solo los miró.
—No te odian —dijo— Te necesitan como excusa.
El cielo volvió a cerrarse lentamente. Muy lejos, en la grieta, Migael sonreía. No había perdido. Había conseguido algo mejor. La humanidad ahora temía al ángel y dudaba del humano.