Antes de la caída, el Cielo era armonía..No una armonía frágil ni impostada, sino una paz viva, palpitante, que se sostenía por sí misma como un corazón eterno. La luz no deslumbraba: envolvía. Se deslizaba entre los palacios de cristal y oro como un río silencioso, reflejándose en columnas infinitas y cúpulas translúcidas donde el tiempo no tenía dominio.
Los jardines celestiales florecían sin estaciones. Árboles de savia luminosa elevaban sus ramas hacia un firmamento sin nubes, y pétalos suspendidos en el aire giraban lentamente, obedeciendo a una música que no se oía con los oídos, sino con el alma. Ríos de luz serpenteaban entre praderas imposibles, y cada corriente llevaba consigo la memoria de la Creación. Los ángeles se movían sin prisa.
Querubines custodiaban los umbrales sagrados con alas recogidas, serenos. Serafines entonaban cantos suaves, no de guerra ni de gloria, sino de equilibrio. Arcángeles cruzaban los corredores del Paraíso intercambiando miradas cómplices, conscientes de que el orden permanecía intacto.
Y en lo alto, como una constante inmutable, el Cielo respiraba. Miguel caminaba entre las huestes con la espada envainada.
No era necesario portarla en alto cuando la paz reinaba. Su presencia bastaba. General del Cielo, guardián del orden, su figura irradiaba una firmeza tranquila. Sus alas, blancas y poderosas, permanecían plegadas a su espalda, y su mirada recorría el Paraíso con la atención de quien ama aquello que protege.
—Todo está en calma —comentó Gabriel a su lado, con una leve sonrisa.
Miguel asintió.
—El equilibrio se mantiene —respondió—. Así debe ser.
Nada anunciaba lo que estaba por venir. Ni siquiera el leve estremecimiento que recorrió la bóveda celeste, tan sutil que pudo confundirse con el eco distante de un canto extinguiéndose.
El Inframundo
Muy lejos del Cielo, en un lugar donde la luz no había sido invitada jamás, el Inframundo se agitaba.
Allí no existían jardines ni palacios. Existían cavernas infinitas, abismos superpuestos, estructuras de piedra negra que parecían crecer como huesos retorcidos desde la nada. El aire era espeso, cargado de un murmullo constante: lamentos antiguos, promesas rotas, deseos de destrucción. En el centro de aquel reino sombrío, un trono de obsidiana se alzaba sobre un lago de sombras vivas. Sentado en él se encontraba Migael.
Su nombre había sido una burla desde su origen, un reflejo distorsionado del general del Cielo. Donde Miguel representaba el orden, Migael era la negación. Sus alas, enormes, estaban formadas por fragmentos de oscuridad sólida, como si la noche misma hubiera aprendido a volar. Sus ojos no tenían brillo alguno: eran pozos sin fondo.
Ante él se arrodillaban legiones de demonios.
—El Cielo cree que la paz es eterna —dijo Migael, con una voz que no resonaba, sino que se filtraba en la mente—. Cree que la luz es invulnerable.
Se levantó lentamente. Cada paso que daba hacía temblar el suelo del Inframundo.
—Pero toda luz proyecta sombra —continuó—. Y nosotros somos esa sombra.
Las criaturas alzaron la cabeza, expectantes.
—Miguel custodia el Paraíso —prosiguió—. Es fuerte. Es disciplinado. Es amado.
Una sonrisa torció sus labios.
—Por eso caerá primero.
Un demonio deforme dio un paso adelante.
—¿Cuándo atacaremos, señor?
Migael extendió una mano, y sobre su palma se formó una visión: el Cielo, intacto, luminoso, confiado.
—Ya lo estamos haciendo —respondió—. Cada instante de paz es una invitación.
La oscuridad se agitó a su alrededor, obediente.
—No iremos como una horda —ordenó—. Iremos como una herida. Silenciosa. Profunda. Imparable.
Las sombras comenzaron a moverse.
La primera grieta
En el Cielo, Miguel se detuvo. Algo no estaba bien. No era una alarma, ni un grito, ni una señal visible. Era una ausencia. Un silencio donde antes había canto. Un punto ciego en la perfección.
—¿Lo sientes? —preguntó Rafael, frunciendo el ceño.
Miguel no respondió de inmediato. Alzó la mirada. El firmamento se oscurecía.
No como cuando cae la noche porque en el Cielo no existía la noche, sino como si alguien hubiera derramado tinta sobre la luz. Una grieta se abrió en la bóveda celeste, extendiéndose lentamente, y de ella comenzó a filtrarse una negrura espesa, antinatural.
—¡Formaciones defensivas! —ordenó Miguel al instante.
Las huestes reaccionaron con precisión perfecta. Alas se desplegaron, espadas de luz se encendieron, los coros cambiaron su canto. Pero ya era tarde. La oscuridad entró.
No descendió como un ejército. Se deslizó como un pensamiento prohibido. De ella emergieron demonios de formas imposibles: alas desgarradas, cuerpos retorcidos, ojos múltiples brillando con hambre. El primer impacto fue devastador.
Un querubín fue alcanzado antes de poder reaccionar, atravesado por una lanza de sombra. Un serafín cayó envuelto en fuego negro. El orden se quebró en un instante.
—¡Resistan! —gritó Miguel, alzando su espada—. ¡Protejan los jardines!
La batalla estalló. El Cielo, que jamás había conocido una guerra así, ardió.
Palacios de cristal se resquebrajaron bajo el choque de energías opuestas. Columnas doradas colapsaron. Ángeles luchaban cuerpo a cuerpo con demonios que no sentían dolor, que no conocían miedo.
Miguel avanzó como una tormenta. Cada golpe de su espada era un mandato. Cada demonio que caía se desintegraba en ceniza oscura. Su voz se alzaba sobre el caos, ordenando, sosteniendo, negándose a ceder. Entonces lo sintió. Una presencia. Frente a él, la oscuridad se condensó, tomando forma. Migael emergió del abismo abierto en el Cielo.
—Hermano —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Por fin nos encontramos.
Miguel apretó el puño sobre la empuñadura.
—No eres mi hermano —respondió—. No perteneces aquí.