Lucero De La Mañana: Regreso al Paraíso

Cuando el Cielo dejó de cantar

La ausencia de Miguel se sintió como un vacío imposible de llenar. No hubo anuncio. No hubo tiempo para duelo. El Cielo, privado de su general, quedó expuesto como un corazón sin armadura. Y la oscuridad lo supo.

Las grietas abiertas en la bóveda celeste se multiplicaron. No eran heridas accidentales: eran puertas. De ellas brotaron legiones del Inframundo, no en desorden, sino en formaciones precisas, como si hubieran estudiado cada pasillo del Paraíso, cada coro, cada punto sagrado. El primer grito fue de un querubín. No de dolor, sino de pánico.

La armonía se quebró. El canto que sostenía el equilibrio se transformó en un clamor fragmentado, y el Cielo por primera vez perdió el ritmo.

Gabriel

Gabriel fue el primero en reaccionar..Alzó la voz para ordenar la retirada de los coros, pero su llamado fue interceptado por una marea de sombra que se cerró a su alrededor como un velo sofocante. Las palabras su don comenzaron a fallar, no porque no existieran, sino porque el aire mismo se negaba a transportarlas.

—¡Protejan a los pequeños! —alcanzó a decir.

Una prisión de cristal negro surgió bajo sus pies y se elevó, envolviéndolo. No lo hería: lo silenciaba. Cada intento de hablar se convertía en un eco mudo que rebotaba dentro de la jaula.

Gabriel comprendió, con un terror sereno, que el enemigo sabía exactamente cómo quebrar a cada uno.

Rafael

Rafael corrió hacia los heridos. Las alas extendidas, las manos encendidas de sanación, se movía de cuerpo en cuerpo intentando sostener aquello que se desmoronaba. Pero por cada ángel que levantaba, dos más caían. La oscuridad aprendía a herir de un modo que no podía ser curado.

—No puedo —susurró, al sentir cómo su luz era drenada.

Una jaula de sombras líquidas lo envolvió, endureciéndose a su alrededor. Rafael quedó suspendido, consciente, viendo cómo los heridos quedaban sin auxilio. El dolor más grande no fue el suyo. Fue no poder sanar.

Uriel

Uriel se alzó como un sol furioso. Su fuego iluminó los corredores, quemando demonios, sellando grietas, conteniendo el avance. Por un instante, el Cielo recordó la esperanza. Pero la oscuridad respondió con algo nuevo: un vacío que absorbía el fuego.

Las llamas de Uriel se apagaron una a una, sofocadas por una noche sin fondo.

—¡No! —rugió.

Cadenas negras surgieron del suelo y se cerraron sobre sus alas, arrastrándolo hacia una cámara sin luz donde su fuego quedó reducido a una chispa temblorosa.

Samael y Jofiel

Samael luchó hasta el último aliento. Cada golpe suyo era preciso, letal. Pero la marea no se detenía. Finalmente, una estructura de sombra en forma de lanza lo atravesó no su cuerpo, sino su voluntad, inmovilizándolo. Fue alzado y encerrado en una prisión vertical, obligado a mirar la derrota. Jofiel intentó comprender.

Buscó patrones, fallas, respuestas. Pero la sabiduría, frente a una fuerza que no obedecía a la lógica de la Creación, se volvió insuficiente. Una jaula de espejos oscuros la atrapó, reflejándole infinitas versiones del Cielo cayendo una y otra vez. El conocimiento, allí, era castigo.

Las huestes

Los querubines fueron los más afectados.

Criaturas de custodia y pureza, no estaban hechos para la guerra. Sus alas temblaban mientras eran acorralados, encerrados en cápsulas de sombra que los comprimían unos contra otros. Sus voces infantiles clamaban por ayuda, por Miguel, por el Padre. Los serafines resistieron más tiempo.

Sus cantos se volvieron gritos de batalla, notas desgarradas que intentaban sostener la realidad misma. Pero uno a uno fueron silenciados, encerrados en círculos ardientes de oscuridad donde su fuego se consumía lentamente. Los ángeles cayeron.

No todos murieron. Peor aún: muchos quedaron atrapados, suspendidos, conscientes, viendo cómo el Paraíso era tomado palmo a palmo. La desesperación se propagó más rápido que la sombra. El Cielo lloró. Y el Inframundo avanzó.

Cuando el último coro fue acallado, la bóveda celeste quedó en un silencio antinatural. Solo entonces, una voz resonó entre las ruinas.

—El orden ha terminado —dijo Migael—. El Cielo aprenderá lo que significa caer.

En alguna parte del Abismo, Miguel resistía. Y más profundo aún, algo comenzaba a despertar con furia y dolor antiguos.




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