El dolor del Cielo no gritaba. Observaba. Desde su prisión, Gabriel comprendió que aquello era peor que cualquier herida. La jaula que lo contenía no estaba hecha para quebrar su cuerpo, sino su esencia. Cristal negro, pulido como un espejo muerto, lo rodeaba por completo. No había puertas. No había grietas. Solo un silencio denso que devolvía su propia respiración como un eco ajeno.
Su voz —su don— no existía allí.
Cada intento de hablar se disolvía antes de nacer, como si el aire rechazara la palabra. Gabriel golpeó el límite invisible una sola vez. No volvió a hacerlo. Entendió el mensaje..Estaba condenado a mirar.
A través de los muros translúcidos de la prisión, el Cielo se desplegaba como un teatro de tormento. Ángeles eran capturados, elevados por estructuras de sombra que los atravesaban en el aire, no para matarlos, sino para exhibirlos. Quedaban suspendidos, inmóviles, conscientes, convertidos en símbolos de derrota.
Los demonios no se apresuraban. Aprendían. Gabriel vio a un serafín alzar el rostro, intentando cantar incluso mientras la oscuridad lo rodeaba. La nota se quebró. La luz se apagó. El cuerpo quedó allí, sostenido por la sombra, como un farol apagado. El Cielo se llenó de formas detenidas.
—Miguel —pensó Gabriel, sin voz—. ¿Dónde estás?
No hubo respuesta. Rafael gritó..O lo intentó..Su prisión era distinta: un capullo de sombras líquidas que se cerraba y abría lentamente, como si respirara con él. Cada latido drenaba su luz sanadora, convirtiéndola en un pulso débil que apenas podía sostenerse.
Frente a él, el dolor se multiplicaba..Ángeles heridos eran arrastrados ante su vista y empalados en estructuras negras que crecían desde el suelo del Cielo como raíces venenosas. Rafael sentía cada herida como si fuera propia. Su don lo obligaba a percibirlo todo.
—Déjenme —susurró—. Puedo ayudarlos.
La prisión respondió endureciéndose. Un ángel joven cayó de rodillas a pocos pasos, extendiendo una mano hacia Rafael. La mirada suplicante se clavó en la suya. Luego, la sombra lo alzó y lo fijó en el aire. El cuerpo quedó inmóvil. Los ojos, abiertos.
Rafael lloró. No por sí mismo.. Por no poder salvar a nadie.
—Esto no es una guerra —comprendió—. Es una lección.
Los querubines fueron los que más sufrieron..Encerrados en cápsulas estrechas, apretados unos contra otros, sus voces se mezclaban en un murmullo de miedo que recorría el Cielo como un temblor constante. No entendían la crueldad. No sabían por qué el Paraíso había dejado de protegerlos.
Los serafines resistían en silencio. Sus alas ardían en jaulas circulares de oscuridad, donde el fuego no podía expandirse. Cantaban sin sonido, sosteniendo la realidad con la memoria del orden. Uno a uno, sus luces se atenuaban, pero no se rendían.
El Cielo, antes infinito, se había convertido en una galería de prisiones. Migael caminó entre ellas. No tocaba a los prisioneros. No hacía falta. Su presencia bastaba para intensificar el tormento. Se detuvo frente a la jaula de Gabriel.
—Mira bien —dijo—. Esto es lo que ocurre cuando la fe se apoya en un solo pilar.
Gabriel lo miró con una calma que sorprendió incluso a la oscuridad.
—No has ganado —pensó, aunque no pudo decirlo— Solo has detenido el tiempo.
Migael sonrió.
—El tiempo es suficiente.
Se alejó. Rafael cerró los ojos. Sintió cómo el Cielo se volvía un lugar irreconocible, cómo el dolor se volvía paisaje, cómo la desesperación se asentaba como una ley nueva. Y, aun así, se aferró a una chispa mínima. Si el Cielo aún sufría, aún vivía.
Y si vivía, podía ser salvado. Muy lejos de allí, en lo más profundo del Abismo, un nombre pronunciado con fe comenzaba a arder.