Lucero De La Mañana: Regreso al Paraíso

El corazón encadenado del Cielo

Miguel no podía ver el Cielo. Pero podía sentirlo morir. Desde la prisión suspendida en el Abismo, cada latido de la Creación llegaba hasta él como una punzada lenta, insistente.

La jaula que lo contenía no estaba diseñada para aislarlo, sino para mantenerlo conectado. Migael había sido cruelmente inteligente: había convertido al general del Cielo en testigo absoluto de la derrota. Miguel sintió el instante exacto en que Gabriel fue silenciado.

No lo vio, pero algo se quebró en lo más profundo de su esencia, como cuando una nota desaparece de una melodía y el vacío se vuelve insoportable. Luego vino el dolor de Rafael, expandiéndose como una herida que no podía cerrarse. Después, la llama de Uriel apagándose poco a poco..Miguel cerró los ojos.

—Detente… —susurró, sin saber a quién se dirigía—Tómalos a mí. Déjalos a ellos.

La prisión respondió. Las cadenas de sombra se tensaron alrededor de su pecho, presionando su luz hasta casi extinguirla. No era castigo: era advertencia. La oscuridad no negociaba. Enseñaba..Migael apareció frente a él, emergiendo de la nada como un pensamiento inevitable. Migael

—Sientes cada caída, ¿verdad? —dijo con una calma venenosa—. Ese era el objetivo.

Miguel alzó el rostro, exhausto, pero firme. Miguel

—No lograrás que renuncie —respondió— Mientras yo exista, el Cielo no te pertenecerá.

Migael lo observó con una expresión casi curiosa.

—Eso es lo que más me fascina de ti —confesó— Aún ahora crees que resistir es suficiente.

Extendió una mano, y la prisión reaccionó, mostrando visiones. Miguel vio.

Vio a los querubines apiñados, temblando en cápsulas estrechas..Vio a los serafines suspendidos en círculos de sombra, su fuego consumiéndose lentamente. Vio a los ángeles convertidos en estandartes de derrota, empalados en el aire sagrado del Paraíso. Y vio algo peor. Vio al Padre. No prisionero. No vencido. Silencioso.

—Él no interviene —susurró Migael—. ¿Te has preguntado por qué?

Miguel sintió que algo se desgarraba en su interior.

—Porque cree —respondió, aunque la duda se filtró como veneno—. Porque confía en nosotros.

—O porque ya aceptó el final —replicó Migael.

La prisión se cerró un poco más. Miguel gritó. No de dolor físico, sino de impotencia absoluta. Nunca había sido tan consciente de su límite. Nunca había sentido tan claramente que su fuerza no bastaba.

—Esto termina cuando tú cedas —dijo Migael— Cuando aceptes que el Cielo fue un error.

Miguel respiró con dificultad.

Y entonces sintió otra cosa..Al principio fue apenas una vibración mínima, distinta al dolor. Un pulso irregular, antiguo, profundamente familiar. Algo que no provenía del Cielo ni del Inframundo.

—No —susurró Miguel, con los ojos abiertos— Tú no…

Migael frunció el ceño por primera vez.

—¿Qué es eso?

La prisión tembló. Muy levemente..Casi imperceptible. Pero Miguel lo supo. Porque había sentido esa presencia antes, en el origen, cuando la luz aún no tenía nombre.

—Me escuchó —jadeó— Siempre me escucha.

Migael retrocedió un paso, molesto.

—No —dijo—. Él está roto. El Abismo lo devoró.

Miguel sonrió por primera vez desde su captura. Una sonrisa débil, sangrante de luz, pero real.

—Te equivocas —susurró—. El Abismo nunca pudo con él.

La prisión se estremeció con mayor fuerza. Desde lo más profundo de la oscuridad, algo respondió. Un eco. Un recuerdo. Un nombre pronunciado con amor y furia al mismo tiempo. Luzbel Migael alzó la mirada, y por primera vez, la seguridad abandonó su voz.

—No —murmuró— Aún no.

Miguel cerró los ojos, dejando que la chispa creciera.

—Es demasiado tarde —dijo— El Cielo aún vive.

La oscuridad rugió. Y en el Abismo, una luz olvidada abrió los ojos.




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