Luces de londres

Piloto

Londres siempre parecía estar despierta.

No importaba si eran las seis de la mañana o las tres de la madrugada, la ciudad seguía respirando, vibrando, ignorando a cualquiera que se sintiera perdido en ella. Y Vittoria se sentía así todo el tiempo: invisible en una ciudad que nunca se detenía.

Vivía en un departamento antiguo en el sur de Londres con su mamá y sus tres hermanos. El más grande gritaba todo el día, el del medio lloraba cada noche y la menor… bueno, la menor era Vittoria, y nadie parecía notarlo.

Sus padres se habían divorciado hacía años, pero el conflicto seguía vivo. Su papá aparecía cuando quería, con promesas que no cumplía y regalos que no compensaban nada. Su mamá, en cambio, estaba siempre… pero ausente. Cansada, estresada, atrapada en su propio mundo.

Y Vittoria estaba harta.

Harta de despertarse todos los días a la misma hora.
Harta del uniforme escolar impecable.
Harta de fingir que todo estaba bien.

En el colegio, todo era apariencia. Le iba muy bien en materias que seguro ni los profesores entenderían de qué se trataban. Las chicas hablaban de fiestas, ropa cara y seguidores en redes. Los chicos jugaban a ser importantes. Nadie decía lo que realmente sentía.

Vittoria aprendió rápido a hacer lo mismo. Y se convirtió en uno de ellos.

Pero había algo dentro de ella que no encajaba hace tiempo. Algo que quería romper con todo. No sabía qué era lo que sentía, o por qué. Tenía todo lo que necesitaba.

Todo empezó una noche cualquiera.

Su mamá no estaba. Sus hermanos dormían. Y por primera vez en mucho tiempo, la casa estaba en silencio.

Vittoria miró su reflejo en el espejo.

No se reconocía.

Se cambió de ropa. Algo distinto. Más oscuro, más… ella. Se maquilló, agarró su celular y salió sin hacer ruido.

No tenía un plan. Solo quería escapar.

Londres de noche era otra cosa. Algo que anhelaba

Luces, música, gente que no preguntaba nada. Nadie la conocía, nadie esperaba nada de ella. Por primera vez en mucho tiempo, Vittoria podía ser quien quisiera.

Caminó sin rumbo hasta que escuchó música saliendo de un callejón. Risas, voces, libertad.

Y ahí los vio.

Un grupo de chicos sentados en el piso, con latas, cigarrillos y una confianza que parecía imposible. No parecían preocuparse por nada.

Uno de ellos la miró.

—¿Te perdiste? —le preguntó, con una sonrisa ladeada.

Vittoria dudó un segundo.

Podía irse. Volver a su vida. A su rutina.

O podía quedarse.

—No —respondió—. Me estaba buscando.

Esa noche cambió todo. Probó lo que necesitaba hace mucho. Un paro a su realidad.

No los conocía, pero al mismo tiempo sentía que los conocía desde siempre. Que eran igual que ella. Que eran lo que ella necesitaba.

Bebió, bailo y dejó todas las preocupaciones atrás.

Regresó a casa, y pensó en todo lo que había hecho, lo que la había hecho feliz, aunque sea por unas cuantas horas.

Cenó lo primero que encontró en su heladera, un bowl de arroz que su madre había preparado antes de irse a trabajar sin despedirse, como siempre, para supuestamente no despertarlos, pero todos sabían que en realidad no podía verlos a la cara.

Desde que su padre se fue de casa, Pia, su madre, estaba perdida; Ya lo estaba hace mucho, esa fue una de las razones del abandono, pero desde que su pilar más importante se había ido de casa todo cambió, para los adultos y para sus tres adorables hijos.

Pia tuvo una infancia dura gracias a sus padres, muy triste, a sus diez y seis años, conoce a su ex esposo, Gian Luca, rápidamente se obsesiona con él. Su familia no aprobaba esta relación, él era mayor, independiente, y Pia, por fin tenía estabilidad, que era lo que sus padres no deseaban.

Al cumplir sus dieciocho años se va de casa, feliz de no ver a sus padres cada mañana y juró no verlos nunca más.

Así fue, no fueron invitados a su casamiento, a la compra de su primera casa y mucho menos al nacimiento de su primer nieto; Pero nunca la contactaron, y a ella no le importó, hasta hace unos años.

Cuando Pia queda embarazada de su segundo hijo, Francesco, recibe una carta de su madre. En ella le contaba que su padre se había suicidado, y la culpaba por esto. En total recibió veintitrés cartas, y fue ahí cuando comenzó todo.

Esperó a dar a luz, y luego de seis meses tuvo cinco intentos fallidos de suicidio. Asistió a todos los grupos y organizaciones posibles que su esposo había encontrado para que ella mejorara. Pero no funcionaron. Fue a terapia, le recetaron pastillas, y cada vez más pastillas.

Por un tiempo estuvo bien. Volvió a ser la mamá feliz. Jugaba con sus hijos, los llevaba a la escuela, y cuando salían de ésta, les compraba paletas en la heladería del barrio. Pero como siempre, Vittoria tenía que arruinarlo, o eso le decían.

Cuando Pia, se entera de su tercer embarazo, ya era tarde para abortar como su esposo le pedía, pues ya estaba de cuatro meses. Según él, no podían tener más hijos, ella no estaba preparada para otro y el dinero no alcanzaba. Luego de otros cuatro meses, Vittoria nace, prematura, y Gian Luca volvió a tener la razón.

Desde el día uno de nacida trajo problemas en casa. Sus dos hermanos tuvieron que empezar a cuidarse solos ya que sus padres necesitaban ir al hospital para cuidar de ella. Estudios, cuidados intensivos, y dinero, dinero, y dinero.

Finalmente vuelven a casa luego de cinco meses. Todo era diferente, solo que ella no lo sabía. Pia, volvió a caer en viejas adicciones. Gian Luca, trabajaba demasiado para pagar los costos del hospital. Y sus hermanos, Francesco, y Nicolás, cuidaron de ella, una hermanita no estaba nada mal.

Luego de largos meses de peleas entre los adultos del hogar, su padre pide el divorcio, abandonando todo amor, si es que le quedaba alguno. Pero hasta hoy en día, todo sigue igual. Bueno, casi todo. Pia, en sus viejas adicciones, sus hermanos, cuidando de ella, y su padre, en algún lugar, por ahí.




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