Luces de londres

Capítulo número uno

La semana apenas comenzaba. Vittoria odiaba los lunes, volver a estudiar luego de dos días de descanso, era delito, según ella.

Luego de la gran noche, donde Vittoria por fin sintió algo que no sentía hace tiempo, algo que no supo describir, todo parecía vacío, como si fuera irreal, ya volvía a sentirse como siempre, tan normal.

Sabía que no debía acostumbrarse, pues su madre no siempre iba a trabajar de noche, asi que las escapadas nocturnas debían esperar por algunos días.

Desayunó en la isla de la cocina, lo mismo de siempre, yogur y cereales. Y mientras giraba en la banqueta que estaba sentada, recordaba aquella noche del sábado. Intentó alejar sus pensamientos con un ladeo de cabeza y se levantó para dejar el plato en la mesada. No lo había terminado, su estómago rugía, pero debía ir a la escuela. Lavó el bowl y la cuchara. Guardó la bolsa de cereales en el cajón del bajo mesada y fue a lavarse los dientes. También se peinó el largo cabello castaño, admiraba cuan largo era este, le encantaba. Incluso se puso brillo labial, y desde el baño le grita a su hermano mayor que debía llevarla en su auto porque mamá se había ido temprano de casa.

Con su uniforme recién planchado, se sube a la Suran, que su hermano recientemente había comprado de segunda mano, para ir hasta la casa de su mejor amiga Camilla, quien la llevaría luego a la escuela en un auto más lujoso que su padre le había regalado hace un año para sus dulces diez y seis. Un MBW M3. Si bien no le importaba que auto o marca fuera, debía ser uno que costara lo suficiente como para que la gente en la escuela la envidiara. Y lo logró. Ellas eran consideradas populares, más que nada por la fama que tenía el dinero de Camilla y por la belleza de ambas.

Camilla y Vittoria eran inseparables. Se conocieron desde los ocho meses de edad. Los padres de ambas las dejaban en una guardería, ya que, la madre de Vittoria estaba muy cansada por el día como para ocuparse de ella, y los padres de Camilla, trabajaban o iban a pilates. Desde entonces ninguna de las dos pudo vivir sin la otra. No había Vittoria sin Camilla, y sin Vittoria no había Camilla. A medida que crecieron, los padres de la una y la otra, se fueron dando cuenta de la amistad que sus hijas tenían, y decidieron inscribirlas en la misma escuela. Y desde entonces, su amistad es inquebrantable. Cada una sabe los secretos de la otra, sus gustos, sus miedos, y su historia. Aunque desde hace un tiempo que Vittoria decide no compartirle a su mejor amiga este nuevo sentimiento, pero como podría, si ni siquiera saber que es, como explicarlo.

En el camino hacia lo de Camilla no se habló mucho, no porque los hermanos no hayan querido, sino porque estaban acostumbrados al silencio. Su madre decidió inventar una regla cuando eran niños. Luego de una noche de fiesta, y de haber tomado quién sabe qué, debía llevarlos a la escuela, y para que los niños no la molestaran con sus gritos y risas, dictó que en la mañana no se debía hablar, y logró su cometido. Luego de tantos años, esta regla, sigue vigente, aunque no saben bien por qué.

Al llegar a la casa de su amiga, se despide de Nicolás, y este desaparece por la esquina. Cruza el enorme umbral de la puerta, saluda con un beso en la mejilla a Ruth, su segunda madre, más bien, más madre que la propia, y sube al cuarto de Camilla. Se encuentra con que su amiga aún no había terminado de alistarse así que simplemente se queda sentada en su cama y como todos los lunes escucha que es lo que ella hizo en el fin de semana con su novio. Cuando esta por fin acaba de arreglarse, bajan por las escaleras caracol y van hacia la cochera, dejan los bolsos en el asiento de atrás, conectan el bluetooth, arrancan el motor y las ruedas comienzan a girar.

Luego de haber recogido el café mañanero de Camilla y de escuchar las mismas seis canciones de siempre, y de que las hayan cantado a todo pulmón, aparcan en el estacionamiento de la escuela y caminan hacia la entrada. Entre risa y risa, se topan con el resto del grupo, el otro dúo, branco y Damián, no siempre habían sido amigos, pero desde que hace dos años Camilla y Damián comenzaron a salir, los amigos de cada uno fueron obligados a pasar el rato con ellos. En absolutamente todas las citas, Vittoria y Branco, estaban ahí. En la primera caminata agarrados de la mano, en el primer beso, y en la propuesta de noviazgo. Estos últimos, luego de haber pasado tanto tiempo juntos, se enamoraron el uno del otro, lo intentaron algunas veces, pero la toxicidad de ambos no los dejó seguir. Aunque todos sabemos, que nunca se olvidaron, y que nunca lo harán. Sin embargo, prefieren fingir demencia y no hablar sobre esto, haciendo que sus amigos se sientan algo incómodos y que la tentación de ambos hacia el otro crezca paulatinamente.

El timbre sonó y debieron entrar a clases. Vittoria se alejó del resto y fue a dejar los libros que no usaría en su locker para luego caminar al salón. Tenía clase con el profesor más odiado en todo el colegio. Este es conocido por su enojo hacia cosas tan simples y estúpidas, por lo que debía llegar temprano, ya que llegar tarde, era una de esas razones de su enojo. Era un día largo en la escuela, con mucha carga horaria. Algunas materias eran difíciles, pero como siempre, Vittoria arrasaba con cada una de ellas. Es más, la clase que ahora le tocaba era una de sus favoritas. No por la materia en sí, sino porque el profesor, recientemente divorciado y que odiaba a la vida, lo que menos hacía era dar tareas o exámenes, sino que charlaba con cada uno de los alumnos

La clase comenzó, y Vittoria ya estaba muy aburrida. Era la quinta lección consecutiva en la que este profesor decidía contarle a toda la clase las razones por las que llegaba irritado a la escuela todos los días. A los primeros motivos les prestó atención. Generalmente era el desorden en su casa, o las heces del perro del vecino en su césped, o el tránsito, pero casi siempre, en todas esas razones culpaba la ausencia de su, ahora, exesposa. Pero luego de la quinta, no pudo escucharlo más y decidió hacer garabatos en su libreta, que estaba diseñada específicamente para estos momentos de aburrimiento. Cuando de repente siente un toque ligero en el hombro, alguien la estaba llamando. Era su compañera Lola que le estaba pasando un papel. Al abrirlo, ve que es una nota, y sin leerla, mira al autor con una sonrisa sarcástica y tira el papel al suelo para luego pisotearlo con cierto odio. Espera haberle dejado en claro el mensaje de que no quería hablar con este, pero él no le presta atención. Luego de unos minutos, vuelve a recibir otra nota, esta vez decide leerla para ver cuál era la razón de tanta insistencia.




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