Luces de Medianoche

✨Capítulo 9: Los Ecos del Poder✨

París. Otoño gris.

Evelyn solía temer al invierno. No por el frío, sino por el silencio que trae. En Nueva York, cuando todo se congelaba, también lo hacían los recuerdos. Los rostros. Las calles. El tiempo. En París, sin embargo, incluso el otoño parecía cantar. Pero esa semana, las hojas no crujían como música. Crujían como advertencia.

Desde que leyó en voz alta su verdad frente a una multitud, Evelyn vivía entre dos extremos: el respeto de quienes la admiraban… y la venganza de quienes la necesitaban en silencio.

Y ahora, el juego se trasladaba a un terreno más peligroso: la política internacional.

Nathaniel no había vuelto a Washington. Tampoco a los brazos de su familia. Permanecía en París, rodeado de cartas amenazantes, llamadas sin respuesta del Comité Internacional de Comercio y suscripciones canceladas por inversores que antes lo saludaban con sonrisas falsas.

—Te lo advertí —le dijo su amigo de Harvard por teléfono—. Si no sueltas ese asunto… te hundirás con ella.

—No. Me elevaré con ella.

—¿Y si no puedes?

—Entonces la caída será nuestra. No solo mía.

Esa noche, en el pequeño apartamento que ahora compartían, Evelyn sintió que la distancia entre el amor y la ruina era un hilo tenso. Se sentó junto a Nathaniel con un dossier en la mano.

—¿Y si hacemos algo peor que hablar?

Nathaniel levantó la vista.

—¿Qué tienes en mente?

—Pedir ayuda.

—¿A quién?

Ella respiró hondo.

—Hay alguien que me debía una. Alguien del sistema. Que hoy… ya no cree en él.

El café en la Rue Lepic estaba casi vacío. Entró un hombre de traje oscuro, rostro severo, pero con ojos bondadosos. Se llamaba Armand Rousseau, antiguo embajador francés en Washington. Lo había conocido en 1927, cuando fue uno de los pocos que la trató como ser humano durante su juicio.

—Mademoiselle Dubois —dijo con una sonrisa apagada—. ¿Quién iba a decir que volveríamos a encontrarnos?

—Necesito su ayuda —dijo Evelyn sin rodeos—. Quieren destruirme. Y a él también. Pero esta vez… hay pruebas falsas. Sellos falsos. Documentos que llevan la firma de alguien que usted conoció bien.

Armand leyó con atención el expediente falsificado. Sus cejas se fruncieron. Su voz fue un susurro.

—Esto es un montaje profesional. No de prensa barata. Esto vino desde dentro… o desde muy arriba.

—¿Puede ayudarnos a probarlo?

El hombre no respondió al instante. Luego, asintió.

—No prometo limpiarlo todo. Pero puedo hacer ruido. El tipo de ruido que los poderosos detestan.

Dos días después, Armand Rousseau dio una entrevista a la prensa internacional, revelando la existencia de un operativo interno durante la administración anterior que incluía falsificación de antecedentes para silenciar figuras incómodas.

No mencionó a Evelyn directamente. Pero sí al senador Henry Whitmore.

Los periódicos volvieron a arder.

“Ex embajador revela maniobras oscuras dentro del Senado estadounidense.”
“¿Falsificaron documentos para proteger la imagen política del clan Whitmore?”
“La historia de Evelyn Dubois cobra fuerza y verdad.”

Esa noche, Evelyn miró a Nathaniel como si lo viera por primera vez.

—Lo hiciste —le dijo—. Me creíste cuando ni yo me creía.

—Y tú hablaste cuando yo apenas susurraba.

Se abrazaron frente a la ventana, con París brillando detrás de ellos. Por primera vez, sin miedo.

Pero a miles de kilómetros, en una oficina iluminada por lámparas de latón, Margaret Stanford rompía un telegrama con furia contenida.

—Se acabó el juego limpio —murmuró—. Si la mentira no funciona… entonces que caigan con su verdad.

Porque cuando todo lo demás falla… solo queda atacar el corazón.

La calma era solo una tregua.

La guerra aún no había terminado.




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