Las luces de Bestiópolis peleaban contra el amanecer. El sol subió sin piedad, dejando la bruma de la mañana como única evidencia de la lucha. Los animales, pintorescos, diversos, salieron poco a poco de sus casas, covachas y madrigueras para buscar su lugar en la ciudad grisácea por la luz del alba.
El caos muestra su orden: perros con uniforme de policía, simios con trajes y corbata, cerdos elegantemente vestidos yendo al palacio de gobierno, aves pescando en el muelle, con bermudas y sombreros de pescador.
Todos hablando, gritando y gimiendo, buscando tener un espacio en los oídos de la ciudad indiferente; se estresan por sus problemas, lloran a sus muertos, celebran sus nacimientos, trabajan, temen y son felices a su modo.
La ciudad guarda su memoria de cicatrices, convulsas e incomprensibles, que llegaron con el fin del siglo XIX de estos animales; un siglo lleno de revoluciones y una guerra mundial.
Muchos animales usaban sus heridas como el único modo de alimentarse por la piedad de los extraños.
Los ladrones y el crimen eran habitantes habituales de los callejones, aún en el día soleado e inclemente.
De entre tanta mezcla, hay un ser mezclado en sí mismo, un extraño capricho natural. Sus ojos, enmarcados por un antifaz de mapache, transmitían la indiferencia de una madre incómoda de haberlo parido; su nariz y hocico de cerdo, húmedos por la ebriedad, delataban a un padre fascinado pero distante por su naturaleza.
Este ser estaba parado en una esquina observando a un viejo perro que vestía un gastado uniforme de soldado.
Caminando con dificultad por la falta de su pata derecha, pedía una caridad frente a una concurrida iglesia. El híbrido, bajo su ancho sombrero, observaba al perro robar las carteras y bolsos de los animales que se le acercaban, le dieran su limosna o no.
Sigiloso, se acercó al viejo animal y lo abrazó fuertemente.
—Hola, viejo amigo, ¿qué tal van tus lesiones?
Al decir esto, con un rápido corte de cuchillo que el híbrido sacó de su gabardina, cortó la venda que cubría la pierna herida del animal, dejando ver una hermosa, aunque vieja, pierna de perro: muy sana, algo entumecida por la posición.
Los animales alrededor se enfadaron al ver esto y avanzaron decididos a golpear al viejo soldado.
El híbrido se adelantó y, mostrando un objeto brillante, dijo:
—Oficial de policía Cerma, me llevaré a este criminal.
Nadie lo cuestionó, aunque había mostrado un pedazo de metal que sacó de su baño esa mañana. Los animales sabían que un policía de Bestiopolis era peor que un ladrón.
—Camina, ladrón —le dijo al perro, apretándolo con fuerza y mostrándole el cuchillo.
Agarrando al viejo perro muy fuerte del brazo, lo alejó de la multitud hacia una calle lateral poco transitada.
Asegurándose de que no los observaban, agarró al perro del cuello y, acercándose a su oído mientras le apretaba su navaja en el estómago, le dijo:
—Dame el dinero que le robaste a la zarigüeya.
El viejo perro comenzó a ofender al híbrido, con una voz que intentaba ser dura, pero que se quebraba por la edad:
—¡Sucio engendro! ¡Yo no me robé nada!
—¿Qué tal si te hago otro ombligo? —Cerma dijo esto en un susurro, apretando más el cuello del perro y punzándolo ligeramente.
El perro lanzó un quejido y dijo:
—¡Está bien! Está en mi pata de palo.
Al decir esto, señaló la falsa prótesis de madera que se había quedado en el piso. Cerma se abalanzó sobre el objeto, lo que aprovechó el perro para sacar también una navaja y atacar al híbrido:
—¡Muere, engendro asqueroso! —gritó mientras embestía.
Cerma, ebrio, pudo esquivar al perro y darle un fuerte puñetazo con su mano, mezcla de duros cartílagos con dedos, dejando al animal desmayado al momento.
El híbrido se quedó quieto un instante, miró en todas direcciones y rápidamente desvalijó al animal, encontrando varias monedas, una botella de aguardiente de manzana y una navaja nueva. Cerma, con una gran sonrisa, escapó del lugar; el aguardiente de manzana Cravik era su favorito.
***
Mientras esto sucedía, una zarigüeya macho esperaba en una oficina sucia, con luces descompuestas que parecían encenderse y apagarse a voluntad.
Parecía muy angustiado; llevaba en ese literal cuchitril desde muy temprano y ya era entrada la tarde.
Se repetía con angustia en bucle los recuerdos del día: había entrado en ese edificio destartalado buscando a un tal Cerma para que le ayudara a encontrar el dinero que le habían robado la noche anterior en el centro de la ciudad.
Con ansiedad creciente, recordó que el extraño híbrido apenas y estaba consciente, pues lo encontró dormido de borracho en una silla vieja frente a un escritorio que se caía a pedazos.
—No se preocupe, estimado mamífero —le había dicho Cerma, arrastrando las palabras y arrojándole un tufo terrible a la cara—. En unas horas tendrá su dinero de vuelta.
Al decir esto, el híbrido se puso su sombrero y salió tambaleándose de la oficina.
Cuando la zarigüeya estaba a punto de irse, la puerta de la oficina se abrió violentamente, dejando entrar a Cerma, que ya estaba en el último trago de la botella.
Al terminar, Cerma arrojó la botella a un rincón y dijo con alegría alcohólica, mostrándole al animal frente a él una vieja bolsa:
—¡Zeñor garizueya!, aquí está du sinero… ¿ru sinero?
Al decir esto, lanzó una carcajada y gritó:
—¡Su dinero! —y cayó dormido a los pies de la zarigüeya macho.
Al ver toda esta escena, el primer impulso de la zarigüeya fue tomar su dinero y huir, pero el híbrido había cumplido su palabra, según comprobó la zarigüeya al ver que su dinero estaba intacto.
Cuando Cerma despertó al día siguiente, se sorprendió de estar en el piso. La puerta de su oficina estaba cerrada y junto a él había una nota:
«Señor Cerma, le agradezco que pudiera recuperar el dinero que me ayudará a salvar la granja de mi familia. Mis hijos y yo estamos muy agradecidos. No tengo mucho que darle, sólo un poco de dinero y este objeto extraño que ha pasado de padres a hijos en mi familia con la idea de que es valioso.»