Lucian: Crónica del hijo sin nombre

Irina Sokolov

El trabajo no abunda para un detective alcohólico que no sale de su oficina.

Cerma ya ni siquiera pensaba en lo humillante que podía ser buscar algo que vender entre la basura y suciedad de su oficina. Ya no importaba el olor, ni pisar la comida echada a perder en el piso.

Los adictos no quieren ni buscan opciones, solo seguir adelante.

Recordó que alguien le había dejado una reliquia de madera; la encontró llena de alcohol y orina en un rincón. No le importó limpiar la cruz de madera; salió a la calle sin saber con claridad a dónde iría.

Dando tumbos, sintió el dolor de la abstinencia; apresuró el paso a la tienda de empeños más cercana. Paró en seco. No se había alejado demasiado; chocó contra un enorme tipo con uniforme de soldado extranjero.

El tipo se agachó y preguntó:

—¿Ty znayesh' Yuri?

Cerma observó extrañado. Su voz era muy dulce y femenina, pero era un enorme tigre blanco.

—No te entendí, rarito —dijo Cerma molesto.

El tigre respondió entonces con un fuertísimo acento:

—Mi nombre es Irina, soy una ella; preguntaba: ¿conoces a Yuri?

Cerma la miró a los ojos; el hocico le tembló.

—¿Yuri Sokolov?

—¡Sí!, ¿lo conoces?

—Está muerto, ¿no lo sabías?

La tigresa bajó la vista, asintió.

—No estás aquí por casualidad, ¿verdad, rarito?

—Busco a Lechoncito, el compañero de mi hermano.

Respondió mostrando un papel con una dirección escrita: el edificio y oficina de Cerma.

—Llevo un par de días buscándolo.

Cerma enseguida se arrepintió de haber hablado. Iba a mentir, pero los ojos de esa felina transmitían inocencia, esperanza, desesperación.

Con una mirada más de cerca, Cerma pudo ver que la tigresa no había comido muy bien últimamente; su uniforme presentaba muchas manchas de uso y estaba remendado en diferentes partes.

—Soy yo, así me decía Yuri.

Al decirlo, Cerma se sintió extraño. Eso pasó en otra vida; le pasó a un Cerma muy distinto.

—¿Lechoncito eres tú?

—¡Me llamo Cerma, gata obesa! —gritó el híbrido con furia.

Irina se alejó del híbrido asustada. A punto de llorar, dijo:

—Mi hermano me dijo que así te llamabas.

Comenzó a llorar en silencio, cayendo de rodillas.

Por segunda vez en ese día, Cerma pensó en irse, pero el Cerma de esa otra vida le había hecho una promesa a Yuri Sokolov: cuidar a sus hermanos si algo le pasaba y… «pues algo le pasó al estúpido gatote», pensó Cerma.

—No me gusta que me digan así, cría. No debí gritarte.

Al decir esto, se notó lo difícil que fue para él decirlo.

—¿Cómo sé que sí eres la hermana de Yuri?

Acercándose a ella, le puso la pata en el hombro. Irina, reponiéndose, describió al excompañero de Cerma hasta el último detalle: un enorme tigre amarillo, de sonrisa franca y ojos tranquilos, con una larga cicatriz de guerra en la mejilla derecha y una mancha negra muy amplia en la punta de la cola.

Con esto, Cerma estuvo seguro, aunque esa no era la imagen que le venía a la mente cuando pensaba en él.

Al describirlo, Irina le mostró una vieja foto. Ella se encontraba con el viejo amigo de Cerma, mucho más joven de lo que él lo recordaba.

—¿Ya comiste?

Irina negó con la cabeza.

—Acompáñame a una tienda y luego vamos a comer.

Irina, con la cara de una gata contenta, siguió a Cerma sonriendo.

Cerma tenía su ceño fruncido; todo esto le parecía mucha casualidad. Seguido por Irina, caminó hasta la casa de empeños más famosa de Bestiópolis, aunque no por las mejores razones.

La calle donde se encontraba estaba llena de casuchas improvisadas en los terrenos baldíos aledaños a la tienda, habitados por una mezcla de gatos, mapaches, animales nocturnos y uno que otro cerdo.

La gente iba ahí cuando estaba desesperada o, en su defecto, cuando quería deshacerse rápido de lo que había adquirido muy recientemente.

Al entrar en el negocio, Cerma vio a un viejo camello detrás del mostrador, que en ese momento atendía a un viejo perro con traje de soldado que gruñó al ver a Cerma.

El híbrido solo se encogió de hombros, pero se sobresaltó al escuchar un ruido fuerte detrás de él. Irina no cabía por la puerta.

Con una seña le dijo que esperara afuera y él, a su vez, esperó a que el camello despidiera a su viejo conocido, al cual saludó con una inclinación de su sombrero cuando pasó cojeando a su lado.

—Mi querido Baruch —dijo Cerma, pues era cliente habitual del camello—, te tengo una reliquia invaluable…

El camello lo interrumpió levantando su larga pata:

—Nada es invaluable —dijo, estirando su otra pata para que Cerma le diera el objeto del que estaba hablando.

Durante un largo rato, el camello Baruch observó el objeto con un lente de aumento, le soplaba levemente con su largo hocico, lo tallaba con un pequeño paño e incluso lo lamió.

Tardó mucho en hacer esto. Cerma se dedicó a curiosear en la tienda con un «si lo rompes lo pagas» de parte del camello, pero en realidad estaba interesado en observar a la tigresa que ahora le acompañaba.

Ahí estaba, sentada en la banqueta jugando con los cachorros de gato y mapache de los habitantes de esa calle.

Cerma llegó a la conclusión de que o era muy buena actriz o realmente era una tonta melosa como su hermano mayor, pero Cerma vio sus enormes zarpas callosas, la evidencia de muchas heridas en su cuerpo.

Esa tigresa era o fue una soldado… ¿Por qué se portaba como una cachorra entonces?

Baruch llamó a Cerma después, al terminar su especie de análisis, y dijo: 5 monedas.

Cerma, con cara de ofendido, regateó de forma agresiva.

—Vamos, viejo, sabes que vale al menos 100.

—Yo no sé nada y ese es el punto, cerdito. No sé si es muy antiguo o lo hicieron ayer; no sé qué representa, si pertenece a alguna cultura rara, no sé siquiera si alguien lo hizo o es el desecho momificado de un elefante. Te doy 5 monedas porque ni idea de si alguien comprará esto alguna vez.



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 21.08.2026

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