Lucian: Crónica del hijo sin nombre

"Testigos"

Irina era una hembra enorme, tanto en tamaño como en virtudes; trabajadora, hacendosa en los quehaceres hogareños y bastante servicial.

Todo esto tenía a Cerma jodido. Tener a esa especie de enorme hada madrina arruinaba su plan de morir de forma alcohólicamente trágica.

Su amado cuchitril se vio transformado en una limpia, aunque humilde, oficina-dormitorio, iluminada y con una buena circulación de aire; un ambiente asqueroso... militar y poco sano desde la perspectiva de Cerma.

Cerma no soportó esto mucho tiempo y enfrentó a la tigresa mientras cocinaba una mañana:

—Irina, necesito que dejes de tocar mis cosas. Si quiero vivir en un cuchitril, viviré en uno.

Al decir esto, la tigresa, que le daba la espalda, le contestó con su dulce voz:

—Claro, jefe, solo tiene que vencerme en combate y haré lo que usted quiera.

Esto le pareció muy raro a Cerma y replicó, inflando el pecho para intentar parecer más alto ante la enorme tigresa:

—¡Soy tu jefe y debes hacerme caso! —le gritó, señalándola con su pata.

De pronto, Cerma sintió presión en el aire; su instinto le decía que se alejara. La espalda de Irina pareció inflarse, las enormes zarpas se tensaron. Irina volteó lentamente y Cerma dio un salto hacia atrás, asustado.

Con voz dulce y tranquila, aunque sus ojos se abrieron con amenaza, dijo:

—En el campo de batalla se obedece a los jefes, se siguen sus enseñanzas, pero en su litera, su piso y comida, una soldado puede decidir. ¿Quieres que aquí haga lo que pides, jefe? Demuéstrame que eres mucho más fuerte que yo, que eres más animal que yo y haré lo que me pidas.

Cerma, temblando, contestó:

—No, Irina, está bien así.

Después de esto, Irina volvió a ser la dulce flor de antes.

—Irina, una pregunta —habló Cerma después de un trago de ron Cravick que le devolvió la calma.

—Claro, jefe —respondió la tigresa.

—¿Por qué no te has casado?

La tigresa, sin molestarse, respondió:

—Ningún macho ha podido vencerme hasta ahora.

A Cerma esta respuesta lo dejó pensando mucho tiempo: «pues entonces morirá soltera», se dijo; aunque él se había casado con su difunta esposa porque le demostró que era más lista que él. «En el fondo, es lo mismo».

La comida que preparaba Irina olía bien. Eso terminó por desarmar a Cerma. Suspirando, se sentó frente a su escritorio pensando: «supongo que ahora tengo que buscar más trabajos».

Olvidaba cuándo fue la última vez que tuvo un caso por el que le pagaran con monedas en lugar de alcohol, alimento o baratijas.

Sintió como si lo viera la cruz de madera sobre su escritorio.

En ese momento, escuchó que tocaban a su puerta. Estuvo tentado a pedirle a Irina que abriera, pero recordó los brazos tan gruesos como sus piernas que tenía la tigresa y prefirió abrir él, solo para sorprenderse al ver la cara del policía que consideraba más ingenuo y confiado de todos los que había conocido.

Era el sargento Rufus Lupino, un perro muy serio, metódico y que buscaba siempre seguir las reglas. No le caía bien a ninguno de sus compañeros policías, porque en una ciudad tan grande como Bestiópolis, un policía como él era la excepción y no la regla.

—Oficial Lupino —dijo sin mucha emoción y sin quitarse de la puerta—, ¿qué lo trae por acá?

—Buenas tardes, ciudadano Cerma, y ya no soy oficial, soy el sargento de detectives Rufus Lupino. ¿Acaso no pudo notar que ya no llevo el uniforme? —preguntó el perro sin segunda intención.

—Lo que noté es que no me mostró una placa, detective, y que me dijo: «ciudadano», cuando usted sabe que soy investigador privado —le respondió Cerma con suficiencia.

—No ha renovado su licencia en tres años, es un ciudadano —replicó el perro, con un tono monótono que desquiciaba a Cerma.

—¿Qué hace aquí, detective? Estoy a punto de desayunar —dijo Cerma fastidiado y queriendo deshacerse de ese animal para empezar a desayunar.

—Tengo un caso y necesito que vengas a la estación para responder algunas preguntas.

Al decir esto, el sargento Lupino puso su pie en el marco de la puerta, sabiendo que Cerma intentaría cerrarle la puerta en la cara.

Cerma no sabía cómo sentirse con esto. Por un lado, era un fastidio el perro, pero estaba aplicando los trucos que Cerma le enseñó cuando Rufus era un policía novato.

Con media sonrisa en el rostro, Cerma le preguntó:

—¿Ya desayunó, detective?

Abriendo la puerta por completo.

—No, el trabajo es primero y no tenemos tiempo para desayunar. Tenemos que localizar al otro testigo: un tigre proveniente de Urzías, aparentemente, que parecía ser muy peligroso.

Al decir esto, Irina, con toda la dulzura de la que era capaz de expresar, gritó desde el interior:

—¡El desayuno está listo!

Rufus observó a Cerma extrañado, diciéndole:

—No sabía que había vuelto a casarse, ciudadano Cerma.

El híbrido iba a responder, pero en ese instante Irina salió de la cocina, sorprendiendo bastante al sargento Rufus, quien sacó su revólver al momento, temblando un poco:

—Da… da… daté preso, tigre —tartamudeó un poco el sargento, apuntando a Irina.

Cerma se puso entre el cañón de su arma y la enorme tigresa y dijo, mientras le arrebataba el arma al perro:

—¡Guarde eso, sargento! Le presento a Irina Sokolov, la hermana menor del detective Yuri.

Y luego, dirigiéndose a Irina, agregó:

—Tranquila, es un conocido.

El perro estaba más sorprendido por esto que por el hecho de que Cerma lo había desarmado y ya vaciaba su revólver. La cara del perro se convirtió en una de sorpresa y preguntó con una exclamación:

—¡¿La hermana de Yuri?!

Lo que hizo que Irina se acercara al perro.

—¿Tú también eres amigo de mi hermano? ¿Sabes algo de nuestro hermano Rodion?

El sargento Rufus no le respondió. Miró a Cerma consternado:

—Sabes que es ilegal hospedar a un tigre sin reportarlo. Sabes lo que pasó con… con…



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 21.08.2026

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