Lucian: Crónica del hijo sin nombre

Pistas

La estación de policía era un lugar tristemente burocrático. Todo reflejaba esa indiferencia de una institución gastada y a punto de quedarse obsoleta: paredes amarillentas, que solían ser blancas; muebles de oficina monocromáticos y de los materiales más baratos; agentes de policía iluminados como fantasmas crepusculares por las luces de las lámparas incandescentes.

Al llegar al sitio, todo animal que supiera de Cerma lo vio con odio, miedo y algunos hasta con asco.

Cerma había sido un policía decente y un detective más que competente. Convertirse en agente de la ley fue la alternativa a pertenecer al crimen organizado... aunque no lo sería por mucho.

Para interrogarlos, fue necesario separarlos. Cerma sabía esto; era el procedimiento. A Irina no le importaba, pues creía en su inocencia como en el sol de mediodía que entraba en ese momento por la ventana.

Las técnicas de los detectives eran conocidas por Cerma: dejarlos solos mucho tiempo para que sintieran el aislamiento y confesaran si habían hecho algo; demorarse en llevarles agua o comida; no mencionarles que solo podían hablar con un abogado presente. Cosas que les ayudaban a cerrar casos en ocasiones.

A Cerma esto no le afectaba. No le habían quitado su botella, a la que daba tragos con disimulo, o eso pensaba, hasta que entró el sargento Rufus y le pidió que dejara de beber:

—Ciudadano Cerma, por favor, podrá beber lo que quiera cuando salga —le dijo mientras tomaba asiento—. ¿Su nombre, por favor? —preguntó, preparando papel y una pequeña libreta.

—¿Qué haces? —le preguntó el híbrido, viendo que actuaba más como un escribiente que como un detective.

—Anotaré su testimonio para no perder detalle, ciudadano. Como le dije, es un testigo, no tengo por qué ser hostil con usted —respondió el sargento, mirando sin segundas intenciones los ojos de Cerma.

Mientras, en la otra sala, eso de ser hostil con los testigos parecía ser la norma en el caso de Irina. Un enorme perro de ascendencia bulldog y de apellido Brown, que por muy grande que fuera no era ni la mitad de alto que la tigresa, le intentaba escupir preguntas a la cara de Irina:

—¡Sabemos que estaban en la tienda de empeños! ¡Dinos por qué! ¡Quiénes son tus cómplices!

Se ponía rojo como un tomate el perro, intentando intimidar a Irina, quien aplaudía divertida como si el perro fuera un muñeco de resorte.

Tomando aire, Irina infló el pecho y dijo con un enorme grito que hizo retumbar las paredes, lámparas y pesadas puertas de metal:

—¡¡Fui con mi jefe a un asunto que no me contó!! —y se echó a reír a carcajadas.

Este temblor de edificio lo notó Cerma en la sala donde se encontraba con el sargento Rufus y preguntó:

—Déjame adivinar: ¿Brown con su técnica vieja? Ese no intimida a nadie hace años —agregó sonriendo.

—No —respondió sin levantar la vista de su libreta—. Brown insistió en entrar primero, pero el plan es que la interrogue la detective Savage.

Cerma perdió la sonrisa al instante.

La detective Luna Savage era una gata calculadora, inteligente y bastante tenaz. Era la compañera del sargento Rufus y lo había sido desde que entraran a la academia de policía. Cada cosa que decía la gata de ojos oscuros y pelaje casi azul tenía un dejo de sarcasmo cruel y extraño. La mitad de los oficiales de policía estaban perdidamente enamorados de ella.

Y a ella le importaba un comino.

—Muchas gracias, detective Brown. Yo seguiré charlando con nuestra amiga —dijo la gata con un tono sutil y, caminando lentamente hacia la silla frente a Irina, se sentó mirándola directo a la cara sin decir nada por un instante.

El detective Brown no se movió hasta que la gata lo miró y le sostuvo la mirada hasta que salió.

—Muy bien, señorita Sokolov...

—Puedes llamarme Irina, gatita hermosa —le interrumpió la tigresa sonriente.

—Señorita Irina —inició de nuevo la gata—, ¿qué hacía usted con el exdetective Cerma en la casa de empeños del señor Baruch Dunehoof? —preguntó con voz suave y gentil.

—Yo no entré a la tienda, no cupé por la puerta —respondió Irina del mismo modo.

—¿Sabe a qué fue el exdetective a la tienda? —preguntó de nueva cuenta la gata.

Irina negó con la cabeza.

—¿Puede decirme quién hizo esto? —preguntó de nuevo la gata, mostrándole una foto a Irina.

La tigresa se sorprendió bastante e hizo un esfuerzo para no gritar.

En la otra sala, Rufus le había hecho las mismas preguntas a Cerma, quien había respondido con fastidio sin dejar de mirar su botella en la bolsa de su gabardina.

—Cuéntame sobre el objeto que le fuiste a empeñar. ¿Qué dices que era?

Cerma, como respuesta, sacó el crucifijo y lo puso en la mesa. Rufus miró el objeto, extrañado:

—¿Ese qué animal es?

Cerma se encogió de hombros y le respondió:

—Dame 2 mil monedas y es tuyo.

Irina no podía dejar de ver la fotografía. Un joven mapache se encontraba colocado con las piernas juntas y los brazos abiertos, formando con su cuerpo una cruz. Tenía muchos pelos de su cuerpo arrancados por golpes profundos y se notaba cómo le habían abierto desde el pecho hasta la pelvis y desde las costillas izquierdas a las derechas. Irina no alcanzaba a distinguir si le faltaba algún órgano, pero le parecía que podía verlos todos. A punto de llorar, preguntó:

—¿Quién le hizo esto al pobre señor Rocco?

—Los mismos que le hicieron esto a Baruch Dunehoof —dijo la gata, sacando otra foto con una imagen igual de grotesca, imágenes que Cerma ya tenía en sus manos.

—Las heridas de ambos son en forma de cruz, justo como este objeto que tiene en la pata, ciudadano Cerma. ¿Cómo funciona? ¿Tiene una navaja oculta o qué? —preguntó el detective.

Cerma no dejaba de ver las dos fotos. Sin duda, lo de Rocco era una sorpresa y qué bien se la guardaron, pensó Cerma.

—Espera... ¿crees que nosotros hicimos esto? —preguntó molesto.



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 21.08.2026

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