El jefe de policía Silas Snout era un cerdo en toda la extensión de la palabra.
Tenía una barriga enorme, lleno por completo de grasa; nunca salía de su escritorio, comía casi a cada hora del día y, lo más importante, era completamente incompetente, hijo del nepotismo.
Su asistente, por otra parte, el capitán Tobías Vixen, era un zorro delicado, que se las daba de ser sofisticado, algo soberbio, un poco cobarde a su pesar y, de vez en cuando, le preocupaba su trabajo. Este zorro era quien dirigía el departamento en realidad. Para Rufus Lupino, ambos eran animales insoportables.
El sargento Rufus se presentó ante estos dos animales, esforzándose por recordar que eran sus superiores y debía respetarlos:
—Jefe Snout, capitán Vixen —saludó el sargento Rufus mientras ponía su puño sobre su corazón—. Hubo avances en el caso del ciudadano Baruch Dunehoof.
Mientras comía un enorme pedazo de pastel, el jefe Snout preguntó entre sonidos de masticación y arrojando comida de sus fauces:
—¿Quién?
Al hacer esta pregunta, el capitán Vixen se acercó con un pañuelo y limpió la cara del jefe Snout como si de un cachorro se tratara, diciendo:
—El prestamista del barrio pobre, al que abrieron en canal.
El jefe Snout dio un sonoro manotazo en su escritorio y gritó de forma desagradable:
—¡Tobías, estoy comiendo!
El zorro agachó la vista y se disculpó.
El jefe Snout miró de reojo al sargento Rufus y preguntó:
—¿Por qué vienes a molestar a la hora de la comida? ¡Dime qué quieres y lárgate!
El sargento Rufus, muy consciente de que faltaban horas para la hora de la comida, se disculpó y comenzó a narrar los avances que habían tenido, ante lo cual el capitán Vixen sacó una libreta en la que anotó todo lo que consideró importante.
Rufus había omitido el nombre de Cerma y solo había dicho que: «un ciudadano exmiembro de las fuerzas del orden había cooperado con el caso, llevándolo a un importante avance».
Cuando Rufus dijo esto, el capitán Vixen arqueó sus largas y plateadas cejas y preguntó:
—¿Y ese ciudadano de qué especie es?
Solo para recibir un puñetazo en el estómago de parte del jefe de policía.
—¡No interrumpas, Tobías! Muy importante, Rufino.
El sargento Rufus no sabía si pronunciaba mal su nombre a propósito.
—¿Ese ciudadano pagó su cuota para que lo dejara salir?
Rufus sintió que le daban una patada en las gónadas.
—No, señor... De hecho... es un investigador privado... y requiero que se le renueve su licencia... para que siga cooperando con el caso.
El jefe de policía no había parado de arrojarle objetos y comida desde el momento que dijo que no.
—¡No me interesa lo que hagas! ¡Tráeme 2 mil monedas hoy mismo o te encierro una semana! A ver si así vuelves a dejar a alguien sin cobrarle, perro imbécil! —gritó el jefe de policía sin dejar de arrojarle objetos y comida, agotándose por esto.
Rufus asumió que ya había concluido su reporte con el jefe y decidió retirarse, pues el cerdo obeso había caído dormido por el esfuerzo que acababa de hacer.
No había salido de la oficina cuando el capitán Vixen lo alcanzó, lo tomó del hombro y, acercándose a su enorme oreja, le preguntó en un susurro:
—¿Quién te ayudó con el caso? ¿Fue Cerma? —le dijo mientras le indicaba que siguieran caminando.
—¿Quién le dijo algo tan absurdo, capitán?
Este no respondió; solo señaló con la nariz al detective Brown, que luchaba contra un cigarrillo que no podía encender. Ante esto, Rufus asintió con la cabeza.
—Escúchame, Rufus: Cerma es un híbrido, es inestable por naturaleza. No confíes demasiado en él y deberás considerar si quieres traerlo de vuelta a la comisaría. El jefe no solo lo odia...
El zorro se interrumpió a sí mismo, miró a todos lados, se acercó a la pared del pasillo y le susurró al perro tan bajo que se tuvo que esforzar en escucharlo:
—Alguien ofreció muchas monedas por Cerma.
Rufus miró extrañado al capitán Vixen.
—¿Por qué no le dijo al jefe que estaba aquí?
Vixen respondió con cara de asco:
—No todos somos como ese cerdo y tú lo sabes.
Al decir esto, se retiró, agregando:
—No confíes en Cerma; en nadie, si puedes.
Rufus se apresuró a buscar a Cerma, pues las noticias sobre recompensas en esa comisaría corrían muy rápido. Lo único que le explicaba a Rufus que no hubieran agarrado al híbrido antes era que corrieron con mucha suerte... o que el jefe Snout era para los excompañeros de Cerma más desagradable e insoportable que el híbrido.
Pero, aunque el sargento Rufus buscó de manera metódica a Cerma por toda la comisaría, no lo encontró, pues este, en cuanto terminó de darle el trago a su botella, se había ido y ahora ya estaba allanando la escena del crimen en la casa de empeños.
Cerma entró rompiendo las líneas policiacas. No le fue necesario romper ninguna cerradura, pues la tienda ya no tenía ventanas y, con una linterna que siempre llevaba consigo, comenzó a revisar la casa de empeños.
Era noche cerrada. Los habitantes de la calle ya habían saqueado la tienda al ver que no quedaba ningún policía, aunque al ver pisadas de zapatos policíacos, cenizas de cigarro y varias botellas de alcohol, se dio cuenta de que habían sido los policías cuando vieron que no quedaba ningún superior o testigo.
Con calma, caminó hacia donde estaban las marcas de cadáveres que habían dejado los peritos de la policía, esas siluetas blancas ante las cuales sentía un poco de aversión mientras las miraba. No podía soportar la idea de que mostraban algo sin terminar.
Cerma no había sido completamente sincero con el sargento Rufus. Por supuesto que había notado que el camello señalaba los cuchillos y puñales que había en la tienda, pero también había notado que el camello tenía su larga nariz extendida hacia el mostrador de su tienda.
Esto le parecía intencional a Cerma; tuviera o no razón, era una buena oportunidad para investigar.