Lucian: Crónica del hijo sin nombre

En el infierno

Cerma fumaba un cigarro en la azotea del edificio desde el que se había arrojado el viejo perro.

Los detectives Luna y Rufus lo observaban sin decir nada. Rufus estaba sorprendido e intrigado; Luna, bastante molesta.

Después de pensar durante un par de minutos, Cerma notó que los curiosos comenzaban a agruparse alrededor del cuerpo del perro muerto. Irina los veía confundida, sin saber qué hacer en medio de la calle.

Cerma se levantó, sacó una hoja y un bolígrafo, escribió:

Haz un perímetro.

Metió el papel en la botella vacía de ron Cravick y se la arrojó a Irina.

La tigresa recibió la botella, leyó el mensaje, asintió con la cabeza y, haciendo un leve gruñido, pidió a los curiosos que se alejaran. Todos obedecieron ante el tamaño de la felina.

Luna decidió bajar hacia donde estaba Irina para ayudarla, no sin antes mirar a Cerma con desprecio.

—¿Qué sigue? —preguntó Cerma a Rufus.

El perro, todavía sorprendido, respondió:

—Usted dígame, ciudadano Cerma. Me ha traído de aquí para allá sin decirme nada.

Gruñía al decir esto.

—Tenemos que encontrar a alguien que nos diga qué es esto —dijo Cerma, ignorando a Rufus y mostrando la cruz que le había entregado el perro suicida.

El detective Rufus Lupino asintió, pero, molesto, comentó:

—Siempre hay problemas contigo, Cerma.

Ya no le hablaba de usted.

Cerma levantó las cejas.

—Apenas y pude dejar de soñar con tus hijos muertos y tú...

Cerma no lo dejó terminar.

Le dio un fuerte puñetazo en la nariz.

Rufus cayó al suelo. Cerma se acercó a él y le gritó:

—¡Cállate, perro de mierda! ¡Cállate o te mato!

Rufus lo miró con ira, gruñendo amenazante. Se levantó y lanzó una mordida violenta.

Cerma dio un paso atrás.

Durante unos segundos, Rufus permaneció frente a él, amenazándolo con los dientes desnudos. Finalmente se tranquilizó y soltó un largo suspiro.

—Váyase de aquí, ciudadano Cerma. Tome a su amiga y váyase. Ella no tiene nada que ver con sus pecados.

Le arrojó una placa de detective.

—A ver de qué le sirve tener este permiso, borracho infeliz.

Cerma estaba arrepentido. Él mismo llevaba años sin pensar en sus hijos.

—Discúlpame, Lupino. Yo...

El detective levantó su peluda mano para interrumpirlo.

—Yo no soy el que está en el infierno.

Se retiró después de decir aquello.

Cerma bajó lentamente a la calle, pensando en quién podía ayudarlo a descifrar aquel objeto que ya había costado la vida a tres animales.

Sabía quién podía ayudarle.

Pero no quería pedirle ayuda.

También pensaba en el cambio repentino del detective Rufus Lupino, que había pasado de cooperador a agresivo con él en cuestión de minutos.

Al ver a Irina en todo su esplendor, evitando que los curiosos se acercaran al cuerpo del perro suicida, Cerma se dio cuenta de que ya había llegado a la calle.

Le hizo una seña a la tigresa.

Mientras los detectives Luna y Rufus se encargaban de la escena del crimen, Cerma caminó hacia Irina. Ninguno de los dos policías lo miró. Solamente Luna se despidió alegremente de Irina y, casi inmediatamente después, le hizo una seña obscena a Cerma.

—¿Por qué la gatita amable está enojada con usted, jefe? —preguntó Irina con su voz tierna, pero grave.

—Hay una lista enorme, Irina. Pero, en este momento, puede que sea porque les acabamos de provocar mucho papeleo.

Irina comprendió.

—¿Llenando el reporte de misión hasta el toque de diana?

Cerma únicamente asintió.

—Jefe —siguió preguntando Irina mientras caminaban lejos del centro, con rumbo incierto—, ¿por qué el perro guapo tenía una herida en la cara?

Cerma no respondió.

Aunque sí había notado el «perro guapo».

—Irina —dijo Cerma, rompiendo el silencio—, tienes que quedarte en la oficina. Haré un viaje corto.

Irina preguntó con confianza:

—¿A dónde irá, jefe? ¿No puedo acompañarlo?

Cerma negó con la cabeza.

—Tengo que ir solo. Llamarías mucho la atención a donde voy y necesito que te quedes a cuidar el fuerte.

Irina se quedó parada en medio de la calle.

—Jefe, no me trate como a una cachorra. ¿Qué sucede?

Cerma volteó a verla.

Aunque seguía siendo la misma tigresa enorme, de mirada tierna, pudo ver una luz interna que emanaba de ella.

Mucha fortaleza.

Eso, o era la combinación del ron con las farolas de la calle.

—Voy a... voy a ver a mi padre —dijo Cerma con un gesto de repulsión en la cara.

Irina se emocionó.

—¡Jefe Lechoncito, me encantaría conocer a su padre y hablar de...

Cerma la interrumpió:

—¡No puedes!

Se detuvo.

—Es que...

Dudó en decirlo, pero pensó que Irina se había ganado ese derecho.

—Es un animal esquivo y tramposo. No aparecerá si me ve con un animal de tu tamaño.

Irina, extrañada, preguntó:

—Pero es tu papá, jefe. ¿No confiará si me ve contigo?

Cerma suspiró.

—Me debe dinero. Puede que piense que llevo a un matón para cobrarlo.

Irina solamente lo escuchó, desconcertada.

—Pero también hay otra razón. Quiero que mantengas contacto con la detective Luna y el detective Rufus.

Al decir esto, Irina se emocionó. Le agradaban los detectives.

Cerma continuó:

—Quiero saber qué descubren. Quién era ese perro realmente, qué contactos tenía, todo lo que averigüen. Podrías invitar a comer al «perro guapo», a ver si tiene novia.

Irina se sonrojó y le dio un fuerte empujón a Cerma, lanzándolo contra la banqueta.

Apenada, levantó al híbrido.

—¿Está bien, jefe?

Cerma se rio.

—No me arrepiento de nada.

Seguía riéndose mientras se dolía del golpe contra el pavimento.

—Sabía que te gustaba Rufus, Irina. Tal vez debas reconsiderar tu regla de no salir con machos más débiles que tú.

La tigresa no respondió. Apartó la cara y asintió con fuerza.



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 07.09.2026

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