Cerma comenzó a escuchar música conforme se acercaba al límite de la ciudad. Era el único pasajero en el tranvía; incluso el conductor tenía miedo de llegar a esa última estación.
—Último tranvía del día, señor… ¿Seguro que quiere bajar aquí? Nadie decente baja aquí.
Cerma no respondió, le arrojó el costo del viaje al animal y bajó del tranvía. La calle estaba llena de basura y solitaria, aunque escuchaba música cada vez más cerca. Sabía a dónde debía ir, consciente de que lo observaban desde los cuchitriles mugrientos y los pocos edificios derruidos.
Suspiró y, levantando la voz, dijo:
—Papá, ¿en dónde estás?
Extendió sus brazos, agregando:
—No estoy armado ni tengo dinero.
Al hacer esto, un pequeño batallón de mapaches harapientos se abalanzó sobre Cerma sin aviso, revisando sus bolsillos y ropa sin pudor ni reparo. Cerma pudo olisquear, casi metiéndosele al fondo de la nariz, ese regusto a excremento de los cachorros que revela el descuido y el abandono… olor que él compartió en su infancia.
Cerma recordó cómo él mismo hacía eso de cachorro, por lo que tomó la cruz del perro suicida y su placa de detective en sus manos, ocultándola de los cachorros, moviendo constantemente sus manos para que no vieran sus pertenencias. Los cachorros, muy molestos porque no encontraron nada de valor en Cerma, regresaron a los cuchitriles de donde habían salido.
—¡Mi niño! —escuchó Cerma una voz cascada y exagerada.
Un mapache viejo, con ropas grises y sucias, llevaba en sus manos un par de guantes desgastados. Su cabeza estaba cubierta por una capucha raída.
—Hola, Filoctetes.
—¿Cómo Filoctetes? Ven y abraza a tu padre.
Cerma obedeció por impulso. Se dio cuenta de que su padre revisaba su ropa, buscando en lugares en los que no habían buscado los cachorros. Cerma lo sabía, pero se lo permitió por algo que él mismo le enseñó de cachorro:
—El momento más vulnerable de un ladrón es cuando roba —dijo Cerma, extrayendo un ánfora de licor de los bolsillos de su padre.
El viejo mapache quiso quitársela antes de que Cerma se la bebiera de un trago.
—Hijo mío —dijo Filoctetes—, estoy humillado y orgulloso al mismo tiempo —agregó, abrazando la espalda de su hijo, quitándole su ánfora vacía. Lo guio a su cuchitril, diciéndole:
—Estás un poco gordito, ¿no, hijo?
Le dijo entrando con él a una triste casucha con techo de lámina.
Al entrar, Cerma vio los mismos y desgastados muebles que había dejado cuando se fue a la ciudad, los mismos libros, todo más gastado, roto, mohoso. No juzgaba a su padre por esto; solo le incomodaba profundamente regresar a ese hoyo de miseria mental y física, con el mismo mapache precario ambivalente que lo miraba sonriendo: «Como si hubieras sido un padre modelo, viejo mugroso». Al necesitar la información de su padre, no se lo dijo; se esforzó en sonreírle y tratarlo bien.
—Pero cuéntame, mi niño —dijo Filoctetes—, ¿cómo has estado?, ¿cómo está tu esposa, mis nietos…?
Cerma, interrumpiéndolo bruscamente, dijo:
—Están bien, Filoctetes. No vine por eso.
Antes de continuar, miró alrededor y preguntó:
—¿No tienes licor?
—Te acabaste mi dosis semanal, hijo —respondió el mapache sin dejar de sonreír.
—Bueno —empezó Cerma—, cuando era cachorro, me decías casi a diario que habías conocido a mi madre en la universidad de Bestiópolis estudiando arqueología.
El mapache, con voz nostálgica, empezó a decir:
—Ah, tu madre, la cerda políglota más bella que he…
Otra vez lo interrumpió Cerma:
—Sí, sí, no quiero la historia completa. Recordé que, cuando nos metíamos a robar a las casas de los ricos, siempre parecías saber qué tenía más valor. ¿Eres arqueólogo, Filoctetes?
El mapache, con los ojos brillando por la emoción, empezó a buscar entre las cosas de su caótico cuchitril.
—Así es, hijo —respondió al fin, mostrándole su título de licenciatura—, y me gradué magna cum laude.
Cerma solamente sintió más desprecio por su padre, pero no era momento para reprocharle por qué nunca lo quiso sacar de ese hoyo de podredumbre.
—Pues bueno, estoy investigando algo y creo que tú eres el animal correcto para ayudarme —dijo Cerma, sacando el crucifijo de metal que le arrojara el perro suicida—. ¿Tienes idea de qué carajos es esto?
Cerma nunca había visto preocupado, asustado o tenso a su padre. Fue una sorpresa verlo así; siempre había sido un desobligado relajado insoportable.
El mapache se levantó con la rapidez del relámpago, tumbando una pila de libros. Corrió a cerrar la única puerta y tapar los agujeros que servían de ventanas, quejándose de forma patética mientras lo hacía:
—¿En qué te metiste, hijo?
No quería tocar la cruz; no deseaba que Cerma se la acercara. Después de un rato, sacó una botella de ron Cravick y bebió un generoso trago, pasándosela a su hijo Cerma.
—¿No dijiste que no tenías licor? —preguntó Cerma, tomando la botella.
Su padre respondió:
—Los dos somos alcohólicos, hijo —dijo, secándose la boca.
—Se supone que eso que tienes en la mano no existe —empezó a decir el mapache, Filoctetes.
—Alguien mató a dos animales y se suicidó por esto —contestó Cerma, sorprendido de la calma de su padre ante sus palabras.
—Si es lo que se supone que es, me sorprende que tú, hijo mío, y todos los que lo han visto aún estén vivos.
Después de esto, Filoctetes guardó silencio.
—¡Pero dime ya qué es, carajo! —gritó Cerma, impaciente.
—Claro que no, hijo —le respondió su padre, dándole un gran trago a la botella de licor—. Entre menos sepas, mejor —añadió, limpiándose la boca.
Cerma, molesto, se levantó para retirarse.
—Siempre tan confiable, Filoctetes —le dijo a su padre antes de salir…
Solo para darse cuenta, una vez afuera, de que su padre se había quedado con la cruz de metal.
—¡Maldito mapache tramposo! —exclamó Cerma al darse cuenta de que su padre le había quitado la cruz cuando él le dio un trago a la botella, sintiéndose, muy a su pesar, sorprendido y orgulloso.