Lucian: Crónica del hijo sin nombre

El ojo

Irina observaba el atardecer por la ventana de la oficina/vivienda de Cerma. Había entendido perfectamente todo lo que había sucedido hasta ese punto y analizaba dentro de su mente todos los pasos, llenando los espacios de lo sucedido cuando no estaba presente.

En su mente, frases como: «elemento Cerma, elemento Luna, cobertura, flanqueo, ataque frontal» contrastaban bastante con la forma en la que se expresaba habitualmente.

Irina había aprendido el idioma de Bestiópolis con libros de cuentos para niños, por ello algunos términos y comportamientos se le habían quedado, aunque, si era amable por voluntad, era por recomendación de su hermano Yuri:

—Estos animales de Bestiópolis son frágiles, ten cuidado con ellos.

Recordó Irina el eco de las palabras de su hermano mayor.

Esto hacía parecer a Irina como una tigresa ingenua, sin serlo en absoluto.

Irina se sabía inteligente, pero no comprendía lo que había pasado con su hermano. Sacó de su raída chaqueta la carta escrita en el idioma de Bestiópolis que la había motivado para aprender el idioma.

La había leído muchas veces. No quería entender lo que decía: «Yuri Sokolov fue asesinado por la policía después de un brutal acto de canibalismo, fue incinerado la tarde de…».

Leía Irina una y otra vez; no podía continuar. Ese no era su hermano, él nunca había sido así.

Tocaron a la puerta, sacando a Irina de sus pensamientos. Sorprendida, se levantó de la silla.

Al abrir la puerta, se encontró con Rufus.

—Ciudadana Irina, ¿me permite pasar?

Irina se sorprendió con la casualidad. La llenó de sospechas de pronto sobre el atractivo perro.

—¿Qué haces aquí, perrito? ¿Debo ir a la comisaría? —mirando hacia afuera, preguntó—. ¿Y la gatita amable?

Rufus respondió con un gesto para que le permitiera entrar.

—Se fue a dormir —dijo ya dentro de la oficina—. No es ella misma si no duerme doce horas. Creo que la veremos hasta mañana.

Rufus se sentó. Frente a él, Irina permanecía de pie. Se notaba el cansancio de ambos, pero Rufus por fin habló:

—¿Dónde está Cerma? —preguntó, buscando algo con su mirada por toda la oficina.

—Salió a una visita familiar —respondió Irina, algo desconcertada de la frialdad de Rufus—. ¿Quieres algo de comer, perrito?

—Ciudadana, dígame Rufus, por favor.

—Solo si me dices Irina —respondió ella, sonriendo y viéndolo a los ojos, acción que sonrojó a Rufus.

Rufus recuperó la compostura y siguió hablando:

—Irina…

—¿Sí, Rufus? —contestó ella con voz cálida.

—Este…

Rufus estaba atontado, pero se forzó mucho a volver a su postura profesional.

—¿Por qué le ayudas a Cerma? —preguntó con sinceridad—. Es un borracho, corrupto, infiel…

Irina lo detuvo levantando su enorme y peluda mano.

—Rufus, por favor. Cerma fue un gran mentor para mi hermano y estamos en su casa. Aunque él no esté presente, se merece mi respeto y tu respeto —dijo Irina con calma—

- pero tú no lo conoces, no le has visto hacer lo que yo- replicó Rufus.

—Rufus, es el único que puede ayudarme a entender qué pasó con mis hermanos.

Rufus, después de un rato, con timidez, dijo:

—Yuri y… ¿cómo se llama tu otro hermano?

—Rodia. Rodion, si estás en este país.

Con interés creciente, Rufus preguntó:

—¿Hace cuánto no lo ves?

Pero Irina respondió una pregunta con otra:

—¿Para qué quieres hablar con Cerma?

—El clan del ojo está ofreciendo diez mil monedas por él, vivo o muerto.

Irina no entendió.

—¿El que? —preguntó Irina, notando el gesto de Rufus al comprender que, al ser extranjera, no sabría de qué le hablaba.

—El clan del ojo. Es como se nombran a sí mismos la familia criminal de simios que lo controlan todo en la ciudad, dirigida por un par de psicópatas con ideas fascistas, padre e hijo, uno más retorcido que el otro.

—¿Por qué? ¿Cerma qué tiene que ver con ellos? —preguntó Irina con incredulidad.

Rufus la miró con ira en los ojos, aunque Irina notó que no era una emoción que ella haya provocado.

—Cerma… era su empleado.

Rufus apretó su mandíbula al decir esto. Irina no parecía entender.

—Era un policía corrupto casi desde el inicio. Aceptaba dinero del clan del ojo para dejar pasar delitos.

—No te creo.

—No es necesario. Pregúntale. No creo que se niegue a decirte la verdad.

Rufus, después de decir esto, agregó:

—Por eso los alejé de la escena del crimen. Si llegaban otros policías, podrían haber atrapado a Cerma y no lo veríamos de nuevo.

Irina se quedó pensando.

—¿Por qué me dices esto, Rufus? —preguntó con su tono dulce.

—Tengo miedo de… que te pase algo si estás cerca de él. Todos los que han estado cerca han muerto: sus hijos, su esposa… tu hermano.

—Yuri sabía lo que hacía. No es culpa de Cerma su muerte.

Rufus se dio cuenta de que esa era la respuesta de una soldado.

Rufus la miró a los ojos, esos hermosos ojos verdes que contrastaban con su pelaje blanco.

—Mataron a su familia porque no obedeció a la mafia. Si no respetó la vida de su familia, ¿cómo respetará la tuya?

—Sé cuidarme sola, Rufus —respondió Irina muy seria.

Rufus gruñó. Parecía querer decir más, pero no insistió.

—Irina, Cerma me mostró un billete en la casa de empeños. Recordé algo sobre él y quiero verlo de nuevo para revisarlo.

Se puso de pie y caminó a la ventana.

—¿No sabes dónde está?

—El jefe Lechoncito no me entregó nada —dijo Irina, metiendo sus manos a las bolsas de su chaqueta, sintiendo un pedazo de papel en su bolsillo derecho.

Sorprendida, sacó el papel, viendo un billete muy desgastado y verde, que tenía encerrado en un círculo la figura de un ojo sobre una pirámide. Al revisarlo, Irina leyó: «Dáselo a Luna», escrito del otro lado.

Irina se quedó pensando:

«Tal vez cuando lo aventé al piso me lo dio», pensó.



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En el texto hay: animales antropomorficos, detecive

Editado: 07.09.2026

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