Luciem

II

Madame White poseía una de las mansiones más lujosas de la ciudad de Londres con una magnifica ubicación en un vecindario tranquilo donde la entrada a su mansión permanecía oculta detrás de un pequeño bosque muy bien cuidado cuyo sendero principal pasaba por unos puentes antes de llegar al gran portón de hierro ornamentado con famosas figuras mitológicas, custodiado, además, por dos guardias de estancia permanente. De modo que los visitantes (especialmente los que no deseaban ser vistos) estaban agradecidos por permanecer fuera del alcance de aquellos vecinos demasiado curiosos.

Clara, por su parte, ya había estado allí en algunas ocasiones en las que la Sra. White había hecho alguna que otra fiesta o reunión y la había invitado, pero para sus hijastras era la primera vez que tenían oportunidad de entrar a ese lugar del que habían oído tantas veces; sin embargo ni las descripciones que habían oído o leído sobre su glamour ni los cuadros que habían visto retrataban lo que sus ojos empezaron a ver ni bien pusieron sus pies dentro de la residencia. Desde los coloridos jardines con sus fuentes de mármol hasta los grandes muros ornamentados de la mansión era un cuadro muy superior a cualquiera otro condominio de la nobleza de la tierra del interior, al menos los que ellas habían visitado, dejando de lado, por supuesto, el palacio del rey.

—Esta mujer es más rica que las mujeres nobles, nunca había visto un parque tan vistoso y delicado a la vez—comentó Angélica con un brillo de muda emoción.

Clara no le respondió no por descortesía sino que en ese momento su mente se encontraba invadida por miles de preocupaciones y una presión en el pecho que apenas la dejaba respirar. A su lado Eleonor le seguía el paso sin pronunciar palabra. En la rigidez de su cara se podía ver claramente la desconfianza que tenía acerca de cualquier persona que se relacionara con su madrastra a quien despreciaba con todo su ser y no había nada n nadie en el mundo que le pudiera hacer cambiar de opinión.

Y si caminaron, cada una sumergida en sus propias reflexiones, cuando se toparon con la figura del mayordomo que le venía al encuentro. Clara se detuvo indecisa pensando que quizá no serían atendidas pero se sintió aliviada cuando el hombre le hizo una indicación para que se acercara, saludándolas con una reverencia:

—Señora Johansson, señoritas, por favor acompáñenme, Madame White la espera en el salón principal,

El salón fue otra sorpresa para las hermanas. Los tapices de las paredes las sumergieron en un mundo de historias antiguas a la luz de los gigantescos candelabros de hierro con decenas de velas encendidas que les encendió el rostro y alargó sus sombras; clara suspiró, el aroma a incienso de rosas la dejó embriagada. Todo allí era tan exquisito que por un instante olvidó sus pesares. Pero solo fueron unos segundos, pues cuando vio la figura de azul zafiro caminar hacia ellos, la realidad volvió a ella como un ancla pesada y puntiaguda que la dejó paralizada. Miles de preguntas se aglomeraron en su garganta pero solo una importaba. ¿Sería su única amiga capaz salvarla? Y más importante aún, ¿podría todavía contar con sus ayuda o ahora que era pobre le daría la espalda? La respuesta la encontró en la calidez de los ojos y los ojos (según dicen) son los espejos del alma.

—Bienvenidas, que hermosa sorpresa. —Les dio un ligero abrazo a cada una de las jovenes antes de centrarse en Clara—¡Clara querida mía como has estado! Ya era tiempo que vinieras a verme. Por favor acérquense más al fuego, espero no se hayan mojado mucho con esta lluvia torrencial.

Clara procedió a disculparse mientras le daba el abrigo a uno de los sirvientes:

—Madame White, lamento mucho haber venido sin previo aviso; pero le agradezco infinitamente el habernos recibido. Le juro que si no fuera porque la urgencia del asunto, no habrá venido de este modo tan apresurado.

—No te preocupes querida—Madame hizo un gesto con la mano—.En este momento no debes preocuparte por las formalidades; he oído lo de tu esposo, que terrible noticia; una gran pérdida para ustedes sin duda alguna.—Miró a las jovenes—. Y estas hermosas niñas deben ser las hijas de tu esposo ¿verdad?

Clara asintió con la cabeza.

—Esta es La señorita Eleonor y su hermana menor Angélica.

Las jóvenes hicieron una breve reverencia mientras le agradecían por haberlas recibido. Madame White volvió a repetirles que era un placer tenerlas allí antes de señalarles que se sentaran en los sillones que rodeaban una pequeña mesitas redonda de mármol donde había una campanita que madame hizo sonar. Al instante aparecieron unos sirvientes trayendo unas bandejas con cuatro tacitas acompañadas de unas selección de masas finas y pequeñas por porciones de torta con las más bellas decoraciones. La vista de aquel majar les ilumino el rostro a las jóvenes cuya alimentación venía siendo de lo más simple; pero a Clara no le hizo la diferencia. Sin embargo cuando Madame White las instó a que bebieran el té, un poco de glaseado y té caliente le dio la energía suficiente para empezar hablar.

—Supongo que ya ha oído las noticias sobre el cambio de situación que ha sufrido nuestra familia.

Madame White hizo apenas una inclinación de la cabeza. La pequeña tacita china apenas si se balanceo en sus manos cuando ella la alzó para dar un pequeño sorbo sin dejar de mirarla fijamente atravesó de vapor. Clara de acomodó en el sillón sin saber bien que decir, a su lado las jóvenes bebían y comían un poco por hambre y otro poco con el fin de mantenerse ocupadas tras un silencio incómodo que no duro mucho cuando Madame White por fin se decidió hablar.

—Los rumores siempre serán rumores querida y a la gente le encanta tener de que hablar, especialmente cuando la desgracia es del otro. Por lo tanto, en estos momentos difíciles solo voy a escuchar lo que salga de tus labios. O

Y diciendo esto se incorporó y las instó a seguirla hacia las paredes se un pasillo iluminado por varias antorchas, donde colgaban los retratos de varias mujeres famosas por sus hazañas a lo largo de la historia. Madame se detuvo brevemente.




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