Luciem

III

Madame While tomó una antorcha y le entregó una Clara. Luego le indicó al mayordomo que se quedara haciéndoles compañía a las jóvenes.

—Llévalas a dar un paseo por la mansión mientras nosotras nos tomamos unos minutos para charlar.

Clara observó como la mueca del Eleonor contrastaba con la sonrisa de entusiasmos de Angélica. Era como agua y aceite pero Angélica respetaba mucho a su hermana menor y esa sumisión a su hermana mayor era lo que las mantenía unidas. Sin embargo, la dependencia de Angélica la mantenía aniñada y sin poder de decisión, lo cual el día que Eleonor contrajera matrimonio podría llegar a afectarle bastante.

Eleonor, por otro lado, si bien era más madura y con carácter, poseía una rigidez y seriedad que la hacían poco atractiva a los hombres. En las fiestas y reuniones a las que había asistido junto a ellas, era Angélica la que atraía más las miradas masculinas. Su sonrisa constante, sus ojos azules luminosos y soñadores y sus bucles dorados eran mucho más atrayentes que los ojos verdes y calculadores de su hermana, sumado a que siempre elegía vestirse con polleras de colores apagados y blusas demasiado recatadas.

Y pensar que ahora su futuro dependía de estas dos mujeres, meditaba Clara mientras seguía los pasos de la anciana que le iba iluminado el camino que requería subir por hermosa una escalera caracol que en poco tiempo le quito el aliento.

La anciana iba en silencio. Y Clara no podía dejar de pensar hacia donde la llevaba pero no le quedaba otra que confiar hasta que por fin se detuvieron en un salón de paredes rojas donde la escultura de un poderoso rey las miraba casi directamente.

—Bien, hemos llegado—dijo de pronto la anciana acercándose a la escultura. Luego dirigiéndose a ella le preguntó—.Presumo que lo conoces, ¿verdad?

—El rey del Norte—declaró Clara mientras trataba de recobrar el aliento.

—Él mismo, él mismo. Y es toda la representación lo que tengo de él. Aunque tengo una imagen en gran Atlas.

Clara sonrió. El gran Atlas uno de los tesoros más preciados que había tenido cuando era niña. Recordaba como solía pasar tardes enteras leyendo sus páginas con curiosidad incansable. Y las imágenes que poseía. ¡Tan vividas y con tanto detalle!

—Por la expresión de tu rostro que has tenido este libro en tu poder, ¿no es cierto?

—Así es, he tenido el placer de leerlo de punta a punta. Fue uno de mis pasatiempos favoritos

—Me alegro querida. Entonces debes saber bastante sobre el reino del norte, su geografía, características y reyes.

—Claro, es un lugar inhóspito pero fascinante y profundamente misterioso y desconocido. Se dice que los que los que lo habitan no son de origen humanos.

—Son sol rumores, querida—dijo Madame White con una sonrisa nerviosa—. Los habitantes de ahí se han aclimatado al lugar, eso es todo—añadió mientras colgaba la antorcha en pared y le indicaba a Clara a que hiera lo mismo.

Luego le indico a que la siguiera a la biblioteca, donde se había un escritorio con varios sobres arriba. La anciana tomo no de ellos y le mostro a Clara el remitente el cual poseía un sello real sobre el nombre de los príncipes del Norte.

—Te preguntaras porque te muestro este sobre.

Clara la miro en silencio.

—Bueno debes saber que ellos son la respuesta a lo que estás buscando.

—No comprendo…

—Tu estas buscando maridos ricos para tus hijas porque crees que así podrás pagar las deudas que tienes.

—¿Acaso hay otra la única forma, madame White? Lo que daría si la hubiera, o si podría resolverlo volviéndome a casar; pero lamentablemente ya tengo treinta años y estoy vieja para ser elegida como esposa añadiendo que ya soy madre.

—Dime Antiana, querida, ya es hora que me llames por mi primer nombre.

—Antiana—repitió Clara con voz queda.

—Te entiendo a la perfección, Clara. Sé cuáles son las alternativas y créeme qie que me encantaría poder ofrecerte una lista de hombres disponibles pero plazo que tienes y con las deudas no las hay—La tomo del brazo cuando vio como Clara se encogía—. ¿ Estas bien querida?

Clara asintió con la cabeza a pesar de que la palidez de su rostro indicaba lo enferma que estaba.

Madame White la acercó a una ventana para que le respirara el aire fresco. Clara sintió la frescura de la lluvia y la brisa fresca, pero así y todo el calor ardiente se negaba a abandonarla. Se quedaron en silencio por unos segundos hasta que Cara retomó la conversación con vos temblorosa:

—Solo tengo un mes, Sra. White aunque después de las doce tendré 29 días. Sin embargo no comprendo que tiene mi situación que ver con los príncipes del Norte.

—Bueno la noticia es que ellos están buscando esposas fuera de su tierra. Su padre les indicó que deben buscar aliarse con linajes fuera del suyo para evitar el degeneramiento del linaje real además de armar alianzas con los otros reinos.

—¡Pero eso es imposible!—exclamó Clara con expresión entre asombro y horror—. Nadie puede adentrarse a esas tierras sin un previo entrenamiento del cuerpo al frío extremo y eso requiere mucho tiempo y así todo ningún entrenamiento es seguro, dependería de la resistencia del cuerpo. Son muy pocos los que lo han logrado…

—Es por eso que este sobre me ha llegado hace un año. Un año en la que las mujeres interesadas se pudieran someter a dicho entrenamiento o búsqueda de alternativas para entrar allí.

Clara negó con la cabeza.

—No estará pensando que esta es una posibilidad para mis hijastras. No resistirían el frío, es imposible.

—Nada es imposible, Clara, si algo se desea con todas las fuerzas. Y en este caso, aunque ya no queda tiempo, tus hijastras contarían con algo que las otras jóvenes no tienen.

—No entiendo a qué se refiere

—A esto—respondió Madame White sacando un puñado de piedritas amarillentas del bolsillo de su vestido.

Clara tomo un par de piedritas entre sus manos. Eran suaves y heladas pero al poco rato de frotarlas empezaron a trasmitirle una corriente de energía que dio cosquillas.




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