Lucifer: El despertar del dragón

CAPÍTULO 1

Abrió lentamente los ojos.
Durante un instante no existió el tiempo, ni el sonido, ni el espacio. Solo una inmensa paz envolvía su conciencia, como si hubiera despertado de un sueño que había durado toda la eternidad.

Estaba tumbado sobre un suelo de cristal vivo, tan puro que reflejaba el firmamento infinito que existía arriba,sobre su cabeza.

Frente a él había una presencia. No tenía rostro,ni tenía un cuerpo definido.
Su silueta era un océano de energía infinita, formada por millones de destellos blancos y dorados que nacían y morían sin cesar. Cada palabra que pronunciaba hacía vibrar la realidad, como si el universo obedeciera únicamente a su voz.

En aquel instante, un cálido rayo de luz descendió desde lo alto.
La luz acarició el rostro del recién nacido, iluminando unos ojos que todavía descubrían la existencia.

La presencia habló.

—Bienvenido a la vida, Lucifer... el Lucero del Amanecer.

Su voz era absoluta.

—Yo soy el Arquitecto de todo cuanto existe. Antes de mí no hubo principio, y después de mí no habrá final. He dado forma al vacío, he creado la luz y pronto crearé incontables maravillas.

Hizo una breve pausa mientras contemplaba su obra.

—Y tú... eres mi primera criatura.

La energía que envolvía a la presencia pareció expandirse hasta el infinito.

—Tu raza será conocida como ángeles, tu rango será el de Querubín…serás mi protector y escudo del trono y en ti he depositado todo mi empeño para que seas el ser más perfecto que exista bajo mi creación.

Lucifer sintió aquellas palabras recorrer cada rincón de su alma.
Apoyó una mano sobre el suelo y se incorporó lentamente.

Su cuerpo estaba cubierto por una armadura de luz que parecía haber nacido con él. Su largo cabello dorado caía sobre sus hombros como hilos de oro puro, mientras sus ojos, del color del amanecer, brillaban con una intensidad imposible de contemplar.

Entonces extendió sus dos inmensas alas. Al abrirlas, el cielo entero vibró.
Era la criatura más hermosa que jamás existiría.
Lucifer levantó la mirada.
Solo entonces contempló el lugar donde había nacido.
El Paraíso.

Era la perfección hecha realidad.
Montañas de cristal blanco se elevaban hasta perderse entre mares de nubes doradas.
Ríos de luz líquida recorrían valles infinitos, alimentando jardines donde crecían árboles cuyas hojas brillaban como diamantes y cuyos frutos desprendían el aroma mismo de la vida.
Inmensas cascadas descendían desde islas flotantes suspendidas en el cielo, transformándose en millones de partículas luminosas antes de tocar el suelo.
El aire estaba lleno de melodías que no procedían de instrumentos, sino de la propia creación.

Lucifer permaneció inmóvil, maravillado. Sentía que todo ese lugar era su hogar. Que había nacido para protegerlo.
Lentamente dobló las alas.
Inclinó la cabeza ante su Creador y, con la voz cargada de respeto, pronunció las primeras palabras de su existencia.

—Padre... gracias por darme la vida.

El creador sonrió y permaneció unos instantes contemplando a Lucifer.

La inmensidad de sus alas blancas reflejaba el resplandor del Paraíso, mientras en sus ojos nacía la curiosidad de quien acababa de descubrir la existencia.
Entonces, la voz del Arquitecto volvió a romper el silencio.

—Ven... demos un paseo.

Lucifer asintió con una leve inclinación de cabeza y caminó junto a su Padre.

El suelo cristalino respondía a su presencia iluminándose bajo sus pies, como si el propio Paraíso celebrara el nacimiento de su primer habitante.

Atravesaron jardines,bosques y ríos de luz. A ambos lados se alzaban montañas blancas tan inmensas que parecían sostener el cielo mismo.
Cuanto más avanzaban, más cambiaba el paisaje hasta que la vegetación desapareció, los caminos terminaron y finalmente llegaron al último lugar del Reino Eterno.
El borde del Paraíso.

Más allá...Solo existía el infinito.

Lucifer dio un paso al frente. Ante él se extendía una capa de oscuridad, pero aquella oscuridad no estaba vacía.
Una inmensidad de diminutos puntos de luz flotaban suspendidos como diamantes sobre un océano sin fin.

Galaxias enteras giraban lentamente formando gigantescas espirales luminosas.
Nebulosas de colores imposibles daban a luz nuevas estrellas, mientras otras morían envueltas en explosiones tan hermosas que parecían flores abriéndose en mitad del vacío.
Cometas atravesaban el firmamento dejando estelas plateadas.
Planetas cubiertos de océanos de cristal, mundos envueltos en fuego eterno, lunas hechas de hielo azul y gigantes celestes rodeados por anillos de roca danzaban en perfecto equilibrio.

Era una sinfonía silenciosa. Cada estrella ocupaba un lugar. Cada galaxia seguía un camino. Cada mundo obedecía una ley invisible escrita por la mano del Creador.

Lucifer permanecía inmóvil. Nunca había sentido algo semejante. Aquella inmensidad superaba cualquier pensamiento que pudiera nacer en su mente.

—Padre... —susurró sin apartar la vista del universo—...es... hermoso.

El Arquitecto observó la creación con serenidad.

—Cada estrella tiene un propósito,cada mundo espera el momento adecuado para cumplir el destino que le ha sido concedido…nada ha sido creado al azar.

Lucifer continuó contemplando aquel océano de luz hasta que una duda apareció en su mente.

—Padre... si todo se mueve... ¿por qué las estrellas y los mundos no chocan unos contra otros?

El creador levantó una mano y todo el universo se detuvo por un instante mostrando cada objeto su trayectoria.

—Porque cada cuerpo ocupa exactamente el lugar que le corresponde,cada estrella,cada planeta,cada galaxia...ha sido situada estratégicamente para que toda mi creación funcione por sí misma, sin necesidad de que intervenga constantemente.

Lucifer observó maravillado aquella maquinaria perfecta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.