Lucifer: El despertar del dragón

CAPÍTULO 2: Los hermanos del cielo

Pasó el tiempo.

Mucho tiempo.

Lo suficiente para que el Paraíso dejara de ser el reino silencioso que había conocido Lucifer al despertar.

Ahora estaba lleno de vida.

Los ángeles habían aprendido a conocerse, a convivir y a comprender el propósito para el que habían sido creados. Cada uno había encontrado su lugar dentro del inmenso orden establecido por el Creador.

Y entre todos ellos, Lucifer había encontrado algo que jamás había conocido durante su primer despertar.

Una familia.

Pero existía uno con quien su vínculo era diferente. Uno al que consideraba su hermano más querido.

Aquel día, Lucifer caminaba por uno de los enormes senderos que atravesaban el Reino Celestial.

Sus alas permanecían plegadas mientras avanzaba tranquilamente. Entonces comenzó a escuchar algo a lo lejos…el sonido del metal chocando contra el metal, cada vez se sentía más fuerte.

A medida que se acercaba, comenzaron a escucharse también gritos.

—¡Formación!

—¡Escudos arriba!

—¡Segunda línea, avanzad!

Una voz sobresalía por encima de todas. Una voz que no parecía proceder de un solo ángel, sino de la propia tormenta.

Lucifer sonrió. Había llegado al campo de entrenamiento y tenía frente a él una visión majestuosa.

Miles de ángeles entrenaban simultáneamente. Algunos combatían con espadas y otros practicaban con lanzas.

Unos perfeccionaban sus formaciones mientras escuadrones enteros aprendían a desplazarse por el cielo manteniendo una precisión absoluta.

Y en el centro de aquel ejército se encontraba él.

Un arcángel de presencia imponente.

Sus alas permanecían extendidas mientras observaba cada movimiento de sus tropas.

—¡A la izquierda!

Los soldados giraron al mismo tiempo.

—¡Cerrad la formación!

Miles de escudos se elevaron simultáneamente.

—¡Ataque!

El ejército entero avanzó.

El estruendo fue ensordecedor.

La voz del comandante volvió a resonar sobre el campo como un trueno.

Era Miguel, el Arcángel “El Príncipe de la Milicia Celestial” El comandante supremo de los ejércitos del Cielo.

Lucifer observó durante unos segundos el entrenamiento.

Miguel no permitía el más mínimo error.

Finalmente continuó caminando hacia uno de los extremos del campo.

Allí encontró a alguien contemplando el entrenamiento con enorme interés, una figura permanecía completamente inmóvil, con las manos cruzadas detrás de la espalda.

Lucifer se acercó sigilosamente y cuando estuvo justo detrás de él...Le apoyó una mano sobre el hombro.

—Sabía que te encontraría aquí, Baal Zebul “El señor de los cielos”

El Serafín giró ligeramente la cabeza y una sonrisa apareció en su rostro.

—Me conoces bien, Lucifer.

Pero sus ojos continuaron clavados en el campo de entrenamiento.

Lucifer soltó una pequeña carcajada.

—Creo que nuestro Padre se equivocó contigo.

Baal Zebul levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Lucifer sonrió con cierta ironía.

—Debería haberte creado como soldado...

Hizo una pausa.

—O mejor aún...

Se inclinó ligeramente hacia él.

—Como el que los comanda.

Baal Zebul soltó una carcajada.

—Tengo exactamente el rango que nuestro Padre quiso para mí, Lucifer.

Volvió a mirar al ejército.

—¿Y qué mejor posición podría tener que ser el Primer Consejero del Trono?

Lucifer asintió.

—Eso es verdad.

Baal Zebul señaló entonces el campo.

—Pero me gusta observar nuestras defensas.

Lucifer contempló nuevamente a los miles de soldados.

Durante unos instantes ninguno habló.

Finalmente, Lucifer rompió el silencio.

—Vaal Zebul...

—¿Sí?

—¿Alguna vez te has preguntado para qué creó nuestro Padre un ejército?

Baal Zebul permaneció pensativo.

Lucifer continuó:

—No tenemos enemigos, no existe ninguna criatura que amenace el Paraíso, no existe nadie contra quien luchar. Entonces… ¿Para qué necesitamos un ejército?

Baal Zebul tardó unos segundos en responder.

Sus ojos seguían observando a Miguel mientras dirigía las maniobras.

—No lo sé.

Lucifer lo miró.

Baal Zebul finalmente volvió el rostro hacia su hermano.

—Al igual que tú, no tengo respuesta.

Después sonrió ligeramente.

—Pero todo tiene un porqué.

Lucifer volvió a mirar el campo.

Los dos permanecieron allí, contemplando a miles de ángeles perfeccionando el arte de la guerra.

Ninguno de los dos podía saber que algún día...esas espadas serían desenvainadas en una gran guerra entre hermanos.

Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de Lucifer.

—Me parece que hoy están un poco flojas las fuerzas celestiales.

Baal Zebul giró la cabeza hacia él.

—¿Qué has dicho?

Lucifer ya comenzaba a caminar hacia el campo.

—Voy a motivarlos.

—¿Qué vas a hacer, Lucifer?

El querubín se giró mientras caminaba hacia atrás.

—Prepárate.

Y comenzó a reír.

Baal Zebul negó lentamente con la cabeza.

—Este Lucifer... —murmuró para sí.

Mientras tanto, Lucifer se adentró entre las filas de soldados.Las voces de mando de Miguel resonaban por encima de todo el campo.

—¡Manteneos firmes!

—¡No rompáis la formación!

Lucifer siguió el sonido hasta encontrar al Príncipe de la Milicia Celestial.

Miguel se volvió al verlo acercarse.

—Bienvenido, hermano.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—¿A qué debo este placer?

Lucifer inclinó ligeramente la cabeza en señal de saludo.

—Vengo a hacerte una proposición, Miguel.

—Tú dirás Lucifer.

Lucifer miró alrededor.

—¿Me dejarías durante un momento el campo de entrenamiento?

Miguel arqueó una ceja.

—¿El campo de entrenamiento?

—He pensado que quizá tu ejército se motive viendo luchar a un Querubín contra un Serafín.




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